
- Austeridad Electoral
- Fidelidad por Etapas
Llueven las multas acaso para intentar una redención imposible. Los hechos están consumados según alegan quienes apostaron por la continuidad política “a como diera lugar” creyendo con ello preservar a la patria de aventureros, mesiánicos y anarquistas; y no hay manera de revertirlos. En materia electoral los árbitros destinados a regular campañas y desenlaces funcionan como los del fútbol: de manera discrecional y absoluta, sin hacer caso de reclamos ni tener que soportar interminables apelaciones. Si uno dice que fue gol, aunque la historia demuestre que se utilizó la prohibida mano para ello –la de Dios y su apóstol Maradona-, así se queda por los siglos de los siglos. Lo mismo cuando se trata de determinar al vencedor de una contienda comicial viciada y, como tal, perniciosa.
La ilegitimidad del mandatario cuestionado y actualmente en funciones, de demostrarse, podría haber causado una catástrofe jurídica sin precedentes. Ello porque todas las acciones y decisiones de un usurpador tendrían que ser declaradas nulas de origen. Para infortunio general quienes se resistieron a aceptar el veredicto en 2006 no tuvieron manera de demostrar, con pruebas documentales en la mano, las desviaciones y marrullerías, con inclusión de cuatro o cinco “laboratorios” de votos regionales suficientes para alterar los escrutinios finales, y confluyeron hacia la parodia de un movimiento con un abanderado autonombrado “presidente legítimo” como caricatura de sí mismo.
Otra cosa hubiera sido situar la controversia en su exacta dimensión para rebatir, con elementos de prueba insisto, los argumentos de la oficialidad y exhibir a los defraudadores. Pero no. La oposición cayó redonda ante el mantenimiento de los usos alquimistas y una mayor sofisticación para emplearlos. Una versión corregida y aumentada, como hemos señalado, de la resistente hegemonía priísta.
En esta columna hemos señalado al viciado dictamen del Tribunal Electoral del Poder Judicial Federal –conocido como el Trife-, presidido e 2006 por Leonel Castillo González –no debe olvidarse su nombre para que la afrenta infringida tenga respuesta en la historia-, como el punto álgido de la controvertida actuación de los órganos comiciales que dieron al traste con la todavía tímida tendencia hacia la democracia. El personaje “reconvino” al entonces presidente Fox y al Consejo Coordinador Empresarial, encabezado por el chihuahuense José Luis Barraza González, por haber alentado y promovido la “campaña negra” que inhibió a un número impreciso de votantes potenciales, considerando, al mismo tiempo, que tales conductas no habían sido “determinantes” para modificar el sentido de la elección, ¡cuando la ventaja entre los dos más votados fue de apenas medio punto porcentual! Esto es, cualquier incidencia, aún la mínima, pudo significar la variación definitiva de los escrutinios y, sin embargo, los “magistrados” pasaron por encima de la lógica más elemental.
Pese a ello, el fallo fue inapelable como marcan los cánones vigentes. ¡Y ni siquiera este punto se ha alterado ni reformado a través de más de dos años de deliberaciones bizantinas en el Legislativo! Todo fue instrumentar vendettas institucionales, para quitarle el “hueso” al presidente consejero del Instituto Federal Electoral (IFE), el delicado Luis Carlos Ugalde, quien concluyó, en un análisis también extemporáneo, cuando todo se había consumado, que “una ley ambigua” –en materia electoral- no pudo responder “a las exigencias populares” (de limpieza, sobre todo), explicando así el porqué de la crispación política general. Una confesión de parte, en toda regla, ni siquiera tomada en cuenta a la hora de garantizar, contra el viento y la marea de las protestas de millones de mexicanos –no sólo el 35 por ciento de los votantes en pro de la izquierda sino bastantes más sorprendidos por el cinismo oficial-, la transición del Ejecutivo federal.
Y todavía agregó el protagónico Ugalde:
–La carencia (de una legislación adecuada), hizo que el IFE, por ejemplo, no pudiera acallar el activismo verbal del presidente Vicente Fox que pudo haber puesto en riesgo todo el proceso electoral.
A la vista de los resultados y la polarización política vaya si los escenarios se alteraron –“Confesiones y Penitencias”, Océano, 2007-. Y, sin embargo, las consecuencias han sido sólo para las víctimas, lo mismo los votantes que se sintieron afrentados por el desaseo manifiesto de los escrutinios como cuantos optaron por el partido gobernante y perciben el entorpecimiento de la funciones públicas como efecto de los sectarismos enfrentados, en la calle y en los diversos niveles de gobierno. Todos somos damnificados de una manera u otra. Por desgracia, no hay manera siquiera de aspirar a la justicia que emana de la verdad.
En estas circunstancias indigna que el TRIFE pretenda ser fiel de la balanza a toro pasado y endilgue multas al PAN y al PRI por no haber promovido ante el IFE las sanciones que merecían quienes fraguaron la inductiva campaña negra en los medios masivos de comunicación. Esto es: se confirma que las faltas existieron y modificaron el curso de los acontecimientos ¡a dos años del consumado hecho de la asunción presidencial del beneficiario! Una atrocidad jurídica sin parangón posible y una burla, además, hacia una ciudadanía que respondió de manera ejemplar –no lo olvidemos- a diferencia de sus representantes y de los supuestos garantes del proceso.
Si se habla de “fiscalías especiales” para dar seguimiento a los “crímenes del pasado”, ¿acaso la reiterada violación a la voluntad general, so pretexto de proteger a la nación a través de los grupos que mantienen el poder, no merecería alguna instancia para ventilarla en obsequio a la justicia elemental? Pero no. Los legisladores parecieron conformarse con la cabeza del pobre Ugalde, protegido lastimosamente aun cuando intente buscar su redención por sí solo –su testimonio escrito llegó, evidentemente, demasiado tarde-, sin apurarse a mejorar, en serio, las condiciones para el desarrollo de las próximas justas.
Debate
El IFE sigue su marcha. Orgulloso, su actual consejero presidente, Leonardo Valdés Zurita, festina el presupuesto que habrá de administrarse en el 2009, el año de las elecciones llamadas “intermedias”: 12 mil 880 millones de pesos, nada menos. La “rebaja” tiene que ver, más bien, con el evidente deterioro del poder adquisitivo y las devaluaciones consiguientes que en los montos aun cuando se insista en que representa apenas el 0.45 por ciento del Presupuesto de Egresos de la Federación. Una bicoca, aseguran, considerando el tamaño de la administración pública.
El caso es que se recortaron las disponibilidades de los presuntos postulantes a cargos de elección popular sin merma de la estructura comicial agigantada. Dicho de otra manera, los sueldos de los funcionarios, sobre todo los consejeros incontestables, y los gastos operativos permanecen en los niveles acostumbrados. Los privilegios de la burocracia electoral son intocables. Nada ha variado a través de los años, las alternancias y las tantas proclamas al cambio. Vivir fuera del presupuesto –electoral- es mantenerse en el error.
Por cierto, más allá de las generosas derramas económicas, auditadas con esmero cuando se trata de fiscalizar a los partidos y con “flexibilidad” manifiesta cada que se refiere a los controles internos de los órganos comiciales, las acciones coercitivas destinadas a quienes, cínicamente, reconocen haber sufrido y aceptado presiones, tal el caso del delicado Ugalde, con menoscabo de sus respectivas responsabilidades oficiales, brillan por su ausencia. Las “lagunas” jurídicas, evidenciadas por el propio ex presidente del IFE, son demostración palpable del entrampamiento del modelo bajo el peso de la simulación. Y nos cuesta, además, una barbaridad a los mexicanos.
Esto es: se gastan más de mil millones de pesos al mes, y no bajamos de este nivel ni por casualidad, sobre todo en mantener la estructura electoral incluso durante los años en los que no hay convocatorias federales; la preparación se multiplica por tres, como si de ciclos se tratara, encareciendo la vida democrática de un país en donde priva, con razón, la desconfianza y la impudicia política que tiende a proteger los intereses del apretado grupo de beneficiarios del poder central.
No olvidemos que el IFE nació en los albores de la década de los noventa bajo los auspicios del salinato trágico que así pretendió una redención imposible tras la afrenta comicial de 1988. Siquiera eso.
El Reto
¿Cuál ha sido la aportación de Calderón, en una baza similar? ¿Y cuál fue la de los Fox, perdidos en la demagogia ramplona? Tanto que hablan sus correligionarios y adoradores de sus inclinaciones a la causa de la democracia para concluir y observar que llevan las manos vacías, los Fox sin remedio y el michoacano consumido el primer tercio de su sexenio en medio de una batahola de causas aparentemente perdidas. ¿O alguien se acuerda, en serio, de la pretendida “reforma integral al Estado”, propuesta desde 1994 antes del magnicidio de Lomas Taurinas, con la cual se pretendían romper, en 2000, los candados “heredados” del priísmo hegemónico?
El hecho es que los partidos, todos ellos, se inconforman contra los árbitros electorales. El PAN, por ejemplo, el gran beneficiario del confuso dictamen de 2006, cuando el TRIFE ensayó los más avezados galimatías para tratar de resolver la crisis de los escrutinios sucios, tan negros como la campaña ilegítima desde el poder, le avaló entonces; y ahora, aunque dice aceptar la multa impuesta por no “avisar” sobre los comerciales tendenciosos, esto es como si los magistrados se mantuvieran en una nube inaccesible a la que no llegan las ondas electrónicas ni cibernéticas, reniega del mismo al sentirse afrentado en su peculio.
Lo mismo sucede con los demás institutos políticos: aplauden sólo cuando les convienen y se quejan casi siempre. ¿No es ésta suficiente prueba de que la solvencia política, jurídica y moral de tales instituciones hace agua?
La Anécdota
En agosto de 2006, Dante Delgado, presidente de Convergencia, salió demudado de la “carpa” que servía de despacho a Andrés Manuel López Obrador durante su plantón en el zócalo capitalino. Instantes antes, los gritos del ex candidato presidencial resonaban en los apretados espacios de alrededor:
–¡Nada de claudicaciones, Dante! Ceder ahora es una traición –se llegó a escuchar ante el escozor de los allí reunidos.
Dante flaqueaba y pretendía suavizar posiciones de cara al inminente VI Informe del presidente Fox. Hoy, a dos años y tres meses de distancia, enfrenta a la nueva dirigencia perredista, la desconoce y asume indispensable que la izquierda combativa se una porque el arribo de Jesús Ortega a la presidencia del PRD hace imposible, según dice, el encuentro de voluntades.
Las circunstancias obligaron a la transformación del perfil del veracruzano Dante: de negociador dúctil a intransigente postulante de la resistencia. Son las dotes, aseguran los entendidos, del buen político a la mexicana.














