Pesadilla y Candados

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  • Dos Años de Vaivenes
  • Las Visiones Paternas

El primer tercio del periodo de Felipe Calderón está consumido. Las buenas intenciones, cuestionables por su llegada al poder a través de la puerta falsa del desaseo electoral –un pecado original cuya huella es mayor a falta de un bautismo que le redima-, van estrechándose como el tiempo del que dispone para cumplirlas. Y son ocho años completos ya desde el inicio del gobierno de derecha cuya apuesta toral fue la continuidad y no el cambio. Acaso por ello la inercia domina y el vacío de poder se extiende.

Esta columna pretende ser equilibrada, en obsequio a la objetividad –elemento fundamental del buen periodismo-, sin ponderaciones desbordadas por las cercanías con el poder ni fobias enfermizas que devienen del rencor insoportable por las afrentas comiciales jamás presentadas correctamente para cerrar la historia deplorable; y se dejaron abiertas, como las heridas del alma –que no sanan con los remiendos quirúrgicos superficiales-, desangrando paulatinamente al cuerpo místico de la nación. Por ello, claro, la reconciliación supuesta sólo se ha dado, muy parcialmente, por la vía de los chantajes y la consiguiente habilidad de las empresas encuestadoras al servicio del establishment que han sostenido en niveles aprobatorios máximos a cuantos han pasado por la Primera Magistratura en las últimas dos décadas, esto es cuando comenzó a imponerse la moda de las estadísticas y los sondeos. ¿Por qué será entonces la distinta percepción del conglomerado sobre las actuaciones de Salinas, Zedillo y Fox?

Son pocos, muy contados y perfectamente situados por la opinión pública, quienes se animan a presentar defensa a favor de alguno de los ex mandatarios mencionados. Salinas –como De la Madrid y antes López Portillo- optó por presentar su propio testimonio guiado por l ansia de intentar ganar el juicio de la historia, tan adverso para él por el saldo de barbarie política y quiebra financiera que fue su legado. Fox ha intentado lo propio con algunos brochazos editoriales soporíferos, pretenciosos y escritos por una docena de corifeos con sueldo permanente en la redituable fundación-templo de San Cristóbal.

Sólo ellos mismos intentan sus propias redenciones en ausencia de voces que los secunden aun cuando, tímidamente, no faltan correligionarios obsesivos que les hacen la corta aspirando quizá a un espaldarazo soterrado en esta época de ausencias gubernamentales imposibles de matizar. Les basta con mirar alrededor y encontrar, ocupando cargos variopintos en el gobierno y los distintos partidos que le acompañan, a puñados de ex colaboradores suyos disfrazados de “renovadores” mientras protegen los intereses de sus afines, sólo los de éstos, simulando preocupación por los quebrantos sociales que devienen del acaparamiento de riquezas y la usura consiguiente. No estamos, por favor, descubriendo el hilo negro sino exhibiéndolo una vez más. Siquiera eso.

Sólo las encuestas, habitualmente tendenciosas, pueden reflejar niveles favorables para el desempeño de Felipe Calderón. Bastaron unos meses para que proclamaran, tras la asunción presidencial a trompicones, que la crispación y la crisis política habían cesado gracias a la confianza emanada de quien desempeña la titularidad del Ejecutivo federal. Como un borrón a punta de concesiones. Lamentablemente, el pago de facturas, incluyendo las de los sondeos apretados, elevó la vulnerabilidad de un régimen copado e incluso maniatado. Insisto, tal es un diagnóstico no un “ataque” incombustible. Las evidencias están muy a la vista.

Los hechos, al día de hoy, revelan una aguda descomposición en todos los órdenes de la vida colectiva, sobre todo en el de la moral. Las confusiones rebosan por doquier e incluso impulsan a justificar amafiamientos por el prurito de sobrevivir en una sociedad hondamente infectada. Al interior del gobierno, como ha podido demostrarse con los últimos acontecimientos –desde el colapso del Learjet hasta la aprehensión de altos mandos policíacos-, la puja entre grupos antagónicos se agudiza a la sombra de un presidente rebasado cuya sensibilidad no alcanza para superar los tremendos escollos que va encontrándose en la sinuosa ruta de su administración.

Creo que le resultará difícil a Calderón, al otear hacia su alrededor, encontrarse con alguna lealtad firme y absolutamente confiable para él. Quizá en la secretaría particular y nada más. Debe ser tremendo el peso de la soledad, más ahora y en las circunstancias descritas, que es compañera inagotable del poder. La debe haber sentido, sobre todo, al perder a su entrañable amigo, Juan Camilo, a quien ubicó torpemente en la Secretaría de Gobernación cuando carecía de controles y recursos para solventar los desafíos tremendos de la política interior del país.

Y copado como está ya parece tarde para iniciar una verdadera, profunda renovación en los cuadros militares, posiblemente infectados, y en los políticos en donde privan como ya expusimos, los representantes del pasado quienes no han podido ser reemplazados, mucho menos perseguidos, a falta de elementos con capacidad para desarrollar, con eficacia, los roles gubernamentales. Para infortunio general, Calderón llegó al poder encabezando a un reducido grupo de personajes con caras de monaguillos regañados –tal es una característica de sus personeros como si de un sello imborrable se tratara-, y muy escaso poder de convocatoria; esto es más bien aislado y comprometido, tanto que debió aceptar los apoyos de aquella “vieja guardia” jurásica que conforma y mantiene al México del corporativismo, renuente al cambio estructural.

Bien reza el refranero popular: “dime con quien andas y te diré quien eres”. En el caso de Calderón la sentencia podría ser injusta porque ha debido arrimarse al calor de las mafias, acaso contra lo que le gritaba su fuero interno, para asegurar su propia supervivencia política. Los hechos, sin embargo, la confirman.

Debate

Si me preguntan cuál es, hasta ahora, el mayor de los éxitos del régimen de Calderón apuntaré, sin duda, hacia su capacidad para asegurar alianzas en el Legislativo, a pesar de las resistencias conocidas y de los extremismos paralizantes, a favor de sus iniciativas de mayor calado, la reforma energética sobre todo. No ha dejado de tender la mano y eso demuestra que no ha perdido el piso y conoce a perfección razones, orígenes y chantajes de sus adversarios e incluso de no pocos de sus correligionarios. La cuestión estriba en si, andado el tiempo restante de su gestión –aun si ésta se acorta como no pocos calculan-, podrá sobrellevar la carga tremenda.

Seamos precisos: si Fox no fue capaz en seis años de aprender la lección sobre sus facultades y limitaciones –por ello terminó arrinconado dando manotazos por doquier para preservar los espacios que le restaban-, Calderón, en dos años, no ha podido salir de la ratonera heredada ni, mucho menos, se proyecta como un visionario capaz de superar la crisis de mayor profundidad: la que deviene no de los avatares financieros, muy grave desde luego, sino de la descomposición comunitaria en un entorno en el que el imperativo de supervivencia marca, define y arraiga las nuevas normas del comportamiento social.

Cada vez, y esto es lo más preocupante tras la tragedia del 4 de noviembre último, se acorta su círculo y su capacidad de maniobra. Y, lo que es peor: en la misma medida crece su dependencia, la personal y la del gobierno por él encabezado, respecto a los arraigados grupos de presión, desde la cúpula militar hasta los narcopolíticos camuflados –sea como legisladores, dirigentes partidistas e incluso financieros-, sin capacidad real de respuesta ante los desafíos que los mismos plantean.

Insisto: más allá de la mancha negra de su asunción cuestionable, con todo y el reacomodo de los perniciosos, observo a Calderón con un cúmulo de buenos propósitos, aquellos que alentó desde el origen de su larga convocatoria política –como rebelde ante el estado de cosas y apasionado propulsor de una democracia contraria al autoritarismo presidencialista-, si bien sin plena capacidad, ni controles diríamos, para asegurar la ruta hacia las transformaciones necesarias. Fíjense: la emergencia política le llevó a extremar dependencias, incluso en cuanto a su seguridad personal, respecto a los mandos castrenses a sabiendas de la infección por éstos sufrida por el sostenido fuego de los grupos delincuenciales multinacionales.

Si Fox canceló el cambio prometido al rendirse ante la oficialidad militar, ofreciendo la titularidad de la Procuraduría General de la República a quien había desempeñado la Procuraduría Militar en la etapa más contaminada y controvertida, al general Rafael Macedo de la Concha, el actual mandatario, Calderón, de plano, asumió la agenda que diseñó para él el secretario de la Defensa Nacional, el general Guillermo Galván Galván.

El Reto

No todo es negativo en el balance pero, sin duda, lo positivo no alcanza para aprobar al depositario del Ejecutivo. Pero tampoco alcanza para justificar a los opositores, los institucionales y los emboscados. Todos, sin duda, reprueban en un primer examen sobre comportamientos y resultados.

Desde luego, no faltarán quienes justificarán sus quehaceres, sobre todo desde el Legislativo, por haber aprobado la reforma energética y el presupuesto para el 2009 basado en los precios del petróleo –a setenta dólares por barril-, y un tipo de cambio “estables” –esto es en once pesos por dólar-. Lo malo es que el baril está a menos de cuarenta dólares por barril y el dólar ha llegado a cotizarse, en los últimos días, a más de catorce pesos. Una distancia abismal en términos financieros.

Entre tales vaivenes extremos, con las crisis floreciendo por aquí y por allá –no todas imputables a los fenómenos “del exterior”-, se han ido ya dos años de un sexenio situado en los pantanos. Y no se avizora una rama para asirse de ella y salir a flote. ¡Cómo desearía ser optimista pero implicaría caer en la demagogia ramplona!

La Anécdota

De acuerdo a su propio testimonio –“El Hijo Desobediente”, Nuevo Siglo, Aguilar, 2006-, Felipe Calderón asegura que en 2025 recordaría a sus hijos cuáles eran sus mayores preocupaciones en 2006 cuando asumió la Presidencia:

  1. Que la media de secuestros en el Distrito Federal, era 3.2 al día.
  2. Que México estuviera convirtiéndose “en uno de los mayores consumidores de droga en el mundo”.
  3. Que había alta toxicidad en el aire que respirábamos.
  4. La miseria, sobre todo la de los niños “que crecían sin sus papás”.
  5. Y garantizarles una actuación presidencial “de acuerdo a sus convicciones”.

Póngase, señor Calderón, la mano en el corazón, sobre esa banda que le cruza el pecho en los días de gala. Y vea, de nuevo, el rostro de sus hijos para decirles si, andado el primer tercio de su sexenio, puede ofrecerles resultados o si, por el contrario, las conflictivas más lacerantes se han agudizado.

La ciudadanía, por supuesto, ya tiene la respuesta.

WEB: www.rafaelloretdemola.com

Esta anotación fue escrita el Monday 01 de December, 2008 a las 12:13 pm por Rafael Loret de Mola y está clasificada dentro de: Desafío, Nacional, Política.

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