- Atentados, Crímenes
- El Pasado nos Llega
La violencia generalizada, entre otras razones por los reacomodos de cárteles y otras bandas delincuenciales -¡cuidado con los ex judiciales y ex militares!-, con las instituciones encargadas de la seguridad general rebasadas, habilita las conjuras contra la libertad.
Recuerdo que, hace una década, cuando iniciaba la escalada de asaltos en el Distrito Federal, un sujeto, a mano armada, y con la ayuda de otros más que rondaban por la calle, llegó hasta mi domicilio y me encañonó al tiempo de descender de mi vehículo para abrir la reja del garage. Pese a ello sólo se llevó mi cartera, y no el automóvil que permaneció encendido, profiriendo amenazas soeces. Intuí que podría ser un mensaje por cuanto había escrito sobre algunas autoridades venales; así lo expuse en la denuncia respectiva, a la que no se dio seguimiento a pesar de que el mismo individuo volvió a robarme una semana después en las mismas circunstancias para subrayar las ventajas de la impunidad y carcajearse del iniciado proceso judicial. No olvido que el agente del Ministerio Público, con un cierto dejo de sorna, intentó “calmarme”, según dijo, aduciendo la recurrencia de los delitos patrimoniales en el Distrito Federal:
–No es nada contra usted –resumió-; se trata, nada más, de un hurto domiciliario más que forma parte de la estadística. No le busque tres pies al gato.
Y, sin embargo, la reincidencia, con las mismas armas e idénticas advertencias, confirmó lo contrario aun cuando, por supuesto, jamás se me brindó satisfacción alguna, ni siquiera la menor protección para prevenir nuevas afrentas. Una y otra vez, los funcionarios insistieron en que era un caso típico como si, en el fondo, fuera conveniente para el sistema diseminar las agresiones contra los informadores dentro de las rutinas criminales cotidianas.
Desde entonces la tendencia es la de situar las afrentas contra la libertad de expresión como consecuencias del mal clima social imperante. Así, claro, los responsables del gobierno, siguiendo la añeja tradición bíblica de Poncio Pilatos, se lavan las manos y hasta se solazan cuando perciben la angustia de los informadores amenazados y vulnerados por la intranquilidad en la que dejan a sus familias. La ponzoña, claro, hace más efecto cuando jamás se encuentra a los culpables ni existe la menor posibilidad de alcanzar el nivel mínimo de justicia. Este columnista, la verdad, hace tiempo perdió la fe en las instituciones mexicanas encargadas de administrarla y con motivos sobrados.
No pocas veces he subrayado que la tendencia criminal llegó al extremo durante el malhadado periodo presidencial de Miguel de la Madrid –entre 1982 y 1988-, cuando setenta y cuatro colegas fueron asesinados, incluyendo el publicitado caso de Manuel Buendía y la burda escenografía montada en torno al crimen contra Carlos Loret de Mola Mediz. Sin embargo, ello no significa que la situación haya mejorado. Al contrario, en los últimos meses, a ocho años de distancia de la alternancia que nos prometió un cambio estructural, los incidentes destinados a amedrentar a las empresas periodísticas independientes y ejecutar a los críticos que no cesan en sus denuncias, se han multiplicado de manera por demás dramática. También, por supuesto, se ha elevado la impunidad ante la notoria ausencia de gobierno.
Aunque suene dramático, los periodistas y sus casas editoriales parecen haberse convertido en los blancos preferidos de quienes saben muy bien negociar, de manera soterrada, con la clase política corrompida y obviamente infiltrada. Lo mismo sucedió con las conjuras que sumieron a México, en 1994, en la barbarie política modificando con ello el perfil histórico del país. Los brazos ejecutores se situaron en las mafias, las grandes beneficiarias de los reacomodos incesantes dentro del sistema, mientras los autores intelectuales disimulaban sus cobardías.
¿Cuántos “accidentes” de carretera, en secuela dramática, exhibieron los hilos conductores desde el poder y no fueron siquiera motivos de seguimiento en su verdadera condición de atentados? Y ahora se engarzan los colapsos de aeronaves acaso como muestras extremas de las vendettas entre mafiosos que han logrado penetrar, con éxito, la estructura gubernamental. ¿Cuántos funcionarios, incluso legisladores, están hondamente vinculados con los “cárteles” y los “capos” siempre en cíclica renovación? Estas son las interrogantes que debieran plantearse las autoridades antes de lanzar infundios contra las víctimas –periodistas, líderes de opinión y ahora hasta pilotos a los que se niega pericia después de treinta y siete años de carrera-, y cerrar los expedientes con la comodidad de registrarlos como “informaciones reservadas”.
No hablamos del pasado, qué conste. En la actualidad, subrayo otra vez, se han alcanzado cotas insólitas. No sólo la secuela de asesinatos contra informadores sigue extendiéndose –recientemente fue acribillado, a las puertas de su domicilio, el reportero Armando Rodríguez de “El Diario de Ciudad Juárez”-, sino que ahora los ataques contra las empresas periodísticas que mantienen la dignidad informativa han llegado a los extremos. Tal ha sucedido, como si de un rosario de fatalidades se tratara, en la sede de los diarios “El Debate”, en Culiacán, Sinaloa, contra la que se lanzaron granadas de fragmentación. Por desgracia no es la primera vez: varios cotidianos de la frontera, en Nuevo Laredo específicamente, sufrieron lo mismo con invasión artera de sus redacciones e incluso el asesinato del director de “El Mañana”, Roberto Javier Mora García, que obligó a la empresa en cuestión a manifestar públicamente su claudicación, esto es cerrando sus páginas a cualquier información relacionada con narcotraficantes y sus protectores.
El pasado más atroz, el que deviene del fascismo y la intolerancia represora, nos esta alcanzando cuando creímos, sólo eso, señalar y marchar hacia el futuro.
Debate
Si en la década de los ochenta de la centuria anterior hablamos de que no había periodista independiente a quien no se hubiera amenazado o sufrido, en carne propia, el peso de la represión, ahora la perspectiva no es otra. Seguimos situándonos entra las naciones con más asesinatos contra comunicadores, al nivel de Irak en donde hay una guerra declarada de por medio. Vamos, se habla mucho de la censura que ejerce el gobierno cubano contra quienes osan cuestionarlo y, sin embargo, la estadística nos indica que en México la perspectiva es más lacerante y dramática desde hace varios lustros.
A nuestros “probos” gobernantes, a quienes tanto fascina la comparación estadística para suavizar los rigores de las crisis interna sobre todo, les valdría bien asomarse al símil anterior para ver si se animan a referirlo en sus ampulosos discursos rebosantes de demagogia y cifras maquilladas. Hablamos de hechos, una vez más, y no de especulaciones. Para que nadie se pierda en la palabrería hueca y en los sofismas habituales.
Porque, sin duda, la impunidad es causa de la reincidencia y ésta, insisto, mantiene el estado de cosas. Esto es: mientras las sospechas puedan distribuirse, como las tajadas de un pastel, los verdaderos culpables podrán seguir disimulando, dentro y fuera del aparato oficial. Y, por supuesto, los riesgos para ejercer la azarosa profesión del periodismo, una de las más peligrosas según los organismos internacionales destinados a la protección de los derechos humanos, aumentan y asfixian. El silencio cómplice siempre será redituable para cuantos operan en la clandestinidad y extienden sus contubernios entre los políticos intocables, con fuero claro, o sus familias ambiciosas.
Para decirlo sin eufemismos: si ningún ex presidente está libre de sospecha, ¿qué puede esperarse de otros personajes quienes les fueron afines, lacayunamente, y se sostienen con firmeza en el andamiaje gubernamental, sorbiendo de la ubre interminable del presupuesto? No se requiere ser un sabio para responder a esta cuestión; basta aplicar el sentido común.
Así están las cosas en nuestro México. Como la violencia es imparable y las guerras entre grupos criminales se recrudecen, es muy sencillo alegar que las granadas estalladas en las redacciones de los periódicos forman parte del ámbito general, como si con tal se desentendieran las autoridades incapaces de cumplir deberes primigenios, entre ellos garantizar el ejercicio de la libertad sin la que ningún otro valor puede mantenerse.
El Reto
Lo único que cabe es, desde luego, asumir los riesgos y compartirlos. De allí el esfuerzo de algunos periodistas por preservar la unidad del gremio para formar un frente común de lucha en pro de la libertad de expresión. La iniciativa por formar una Comisión Nacional avocada al tema, que surgió de los directivos de los diarios Síntesis, debe convertirse en un auténtico valladar para preservar valores superiores a los de la competencia mercantil y los celos profesionales. Sobre todo porque una de las armas más socorridas contra los informadores es el vacío que los medios no afines a quienes son afrentados les hacen. Esto es: sólo se defienden las causas propias, jamás las ajenas. Y tal nos hace terriblemente vulnerables.
Por otra parte, ¿hasta cuándo la “fiscalía” encargada de investigar los “crímenes del pasado” seguirá velando ancianos en vez de iniciar nuevas pesquisas sobre casos no tan viejos –digamos los de la década de los ochenta-, y cuyos perpetradores principales siguen gozando de la impunidad política? Si me preguntan por donde empezar está señalado el punto. Otra cosa, claro, es que exista verdadera voluntad en la cúpula del poder para iniciar el andar de la justicia sin simulaciones de por medio.
Mientras tanto, las redacciones, los diarios en general y los periodistas seguiremos en calidad de blancos para los grandes cazadores de la libertad.
La Anécdota
Algunas semanas después de la conclusión de la campaña electoral de 2006, en Irapuato, muy cerca de Celaya en donde este columnista presentó querella –sin que se le diera seguimiento alguno- por un evidente atentado, aunque fuera en el nivel de advertencia, en el estacionamiento del hotel Fiesta Inn de esta ciudad, una señora de avanzada edad me espetó:
–Fíjese: de no haber ganado el PAN usted no podría hablar como lo hace, criticando tanto. Y eso debiera agradecerlo.
Le respondí con la mayor consideración de que fui capaz dado el talante de la dama y su evidente vinculación partidista:
–Debo decirle que, durante la hegemonía priísta, no cesé de denunciar los vicios y desviaciones de la clase política. Puedo citarle, por ejemplo, mi libro “Radiografía de un Presidente”, editado por Grijalbo en 1987, cuando rompimos el estigma de no cuestionar a un mandatario en ejercicio. Luego vendría “Presidente Interino”, en 1991, con el despiadado Salinas en la cúspide del poder. Puedo, entonces, hablar con autoridad moral y decirle que es ahora, a partir de la crispación política, cuando percibo los mayores riesgos contra la profesión periodística.
Dos años y meses después, la marea aumenta y la libertad amaina. Debiera ser lo contrario si viviéramos, de verdad, en una democracia.
















November 25, 2008 a las 1:07 pm
TV5 de Francia presento hace poco un reportaje sobre los fraccionamientos amurallados y pertechados con camaras, guardia privada, en la Ciudad de Mexico. Si las autoridades son corruptas y criminales solo nos queda el atrincheramiento como modus vivendi. Una ciudad donde las salidas a la calle se contaran solo una o dos veces por semana, una ciudad donde trabajaremos unicamente en internet, compraremos por internet los viveres que seran dejados en la reja de la colonia, con los policias privados, donde tomaremos clases virtuales sin arriesgar ir a la Universidad y viviremos en casas con ventasa con barrotes, o solo claraboyas para la luz, con dos o tres puertas blindadas en la entrada y rodeados de otras casas igualmente blindadas en colonias amuralladas y vigiladas…Ni modo, Mexico lindo y querido, se me volvio futurismo y ciencia ficcion.