Los Privilegios

Marta Sahagún y Vicente Fox en su Rancho San Cristóbal.

  • Rancho de Muerte
  • Y no se Divorció

Nadie duda acerca de la buena vida que se dan los ex presidentes de México, en su mayoría bastante longevos. Nadie los fiscaliza, salvo en cuanto a las informaciones que generan, y con ello ya es bastante. Ninguno, desde luego, se apuntó a la “digna medianía” de la que hablaba el Benemérito Juárez para señalar el estatus de los funcionaros públicos honestos. Son todos millonarios y con excepcional capacidad para ocultar sus haberes gracias a los eficientes servicios de sus granes prestanombres. Bueno, algunos cuentan hasta con servidores que están prestos a detectar y combatir las críticas contra ellos y con cargo, naturalmente, al erario público.

Luis Echeverría, por ejemplo, ideó la manera de solventar la nostalgia al término de su mandato constitucional: se creó su propio instituto, el del tercer mundo, y lo instaló en los jardines colindantes con su mansión de San Jerónimo, una espléndida heredad que fue creciendo al paso de los ascensos de su propietario quien, claro, fue ganando espacios hasta constituir su propio latifundio urbano. Hoy, además, la magnífica residencia debía servirle como una especie de prisión de lujo para cumplimentar los requerimientos del Ministerio Público sobre las indagatorias relacionadas con las matanzas de Tlatelolco, en 1968, y el Jueves de Corpus, en 1971. Hasta allí, sólo a este punto, llegaron las intenciones de resolver los “crímenes del pasado”.

Echeverría, con ochenta y ocho años a cuestas, viudo y achacoso como es natural, vive de sus antiguas glorias y lleva la nostalgia por el poder en el alma. Incluso su casona de Cuernavaca, otra mansión, fue bautizada como “Los Laureles” acaso como una reminiscencia, bastante cursi, de “Los Pinos” entrañables. Y allí pasa, en el eterno ámbito primaveral de la capital de Morelos, la mayor parte de sus días muy a pesar de las supuestas restricciones judiciales. Ya se sabe que no se le confinó, cuando una sentencia le calificó genocida, por razón de su ancianidad y, sin embargo, no puede hablarse de que esté arraigado en su domicilio.

Durante el sexenio de su sucesor, José López Portillo, dos incidentes marcaron la inevitable entrada al ostracismo institucional: primero, cuando semanas después del finiquito presidencial, intentó convencer al nuevo mandatario para que elaborara una iniciativa destinada a “aprovechar” la experiencia de los políticos veteranos, como él, en calidad de “senadores vitalicios”. Esto es una especie de “consejo de ancianos” a la manera de la Roma Imperial. El resultado inmediato fue que lo mandaron a Canberra, como “embajador plenipotenciario” –“plenhipotecario”, leyeron sus críticos-, el punto más alejado de la geografía nacional.

López Portillo, a su vez, alegó depender, al término de sus responsabilidades, de la “generosidad” de sus amigos. El mayor de sus mecenas fue el célebre profesor de Santiago Tianquistenco, Carlos Hank González, el mayor de los políticos-empresarios de la época. Fue éste tan bondadoso que no sólo le obsequió los terrenos de “la colina”, en Cuajimalpa, donde asentó sus gregarias residencias –una para él, otra para su primera esposa que nunca la ocupó y una tercera para el primogénito, “orgullo” de su nepotismo, José Ramón-, sino incluso la construcción y hasta el mantenimiento de las mismas. Un acto casi de obligada vindicación financiera sobre las cenizas de la especulación que él prohijó y protegió. A Hank, por supuesto, no le fue nada mal.

Fue López Portillo quien, en alguna ocasión, me confió en corto:

–Yo cometí el error de crecer hacia fuera. Mis propiedades están demasiado a la vista. En cambio, Miguel de la Madrid fue más inteligente: creció hacia dentro y pocos repararon en ello.

En efecto, como Echeverría, el señor De la Madrid, cuyos negativos saldos no fueron óbice para proteger e impulsar a su especial grupo de efebos que permanece incrustado todavía en la estructura gubernamental, algunos con funciones en el Legislativo como es el caso de Emilio Gamboa Patrón, no hizo sino comprar casas y terrenos colindantes para convertir su antigua casa en Coyoacán en un verdadero baluarte, casi inexpugnable, con militares asomándose a la avenida Universidad, muy cerca del Altillo. Y nadie, en la perspectiva de los órganos de justicia, le ha requerido una explicación por la evidente bonanza que le llegó a la sombra del poder presidencial.

Como Echeverría y De la Madrid, Vicente Fox creció lo suyo a través de su periodo presidencial. Hacia dentro, esto es adquiriendo no pocas hectáreas circundantes al rancho familiar de San Cristóbal, en el municipio de San Francisco del Rincón, Guanajuato. Pero también hacia fuera, como López Portillo, adquiriendo de más incluso al lado de donde la Procuraduría General descubrió, tiempo atrás, uno de los mayores laboratorios de cocaína de los que se han tenido informes en el país. (Por lo general, esta droga solía refinarse sólo en los centros de Colombia, mientras en México se privilegiaban los cultivos de marigüana y amapola; con el “boom” de los cárteles mexicanos se hizo imperativo abrir otros sobre territorio nacional).

Sin duda, los Fox reunieron las experiencias de sus antecesores y las acrecentaron notoriamente. Si Echeverría fundó el centro de estudios del “tercer mundo”, ellos, los de la primera alternancia que tanto insistieron en el cambio, mintiendo y jugando con la credulidad de sus incondicionales, se inventaron su propio “centro”, copiando el esquema a los ex mandatarios estadounidenses, y mantienen a una parvada de empleados revoloteando por el mundo cibernético para proteger los intereses de la pareja ex presidencial y descalificar y amenazar a cuantos les cuestionan, como este columnista. En tales tareas gasta lo suyo el personaje mientras prepara periplos y “conferencias” por foros en los que pagan por tomarse la foto con una celebridad así esté severamente cuestionada como es el caso. Se cotiza la fama y el relumbrón, no la condición moral ni, mucho menos, la solvencia académica de los placeados.

La manipulación sigue reinando.

Debate

El poder corroe, agobia, destruye, sobre todo cuando no se tiene cabal conciencia para ejercerlo o llega de rebote, como en el caso de Marta Sahagún, la reina de la inmunidad, también de la impunidad. Ella, ambiciosa desde que no quiso asumir el rol de ama de casa clasemediera obligando a su primer marido a invertir en una campaña desbordada por la alcaldía de Celaya, que perdió ruidosamente cuando su partido, el PAN, había ganado la posición y luego la recuperó tras el periodo que debió llenar la señora, se encaramó a Los Pinos sin límite de ninguna naturaleza. Y se quedó con el premio grande, aprovechando las debilidades de carácter de su marido, Vicente, atrapado bajo las muchas faldas.

Para quienes me piden, cobrando sueldos en el “centro Fox” –en donde el ex presidente que jamás ha leído un libro se preocupa por fundar una biblioteca como camuflaje-, que deje de hablar de la pareja –porque, alegan, no me sé otra-, listos a administrar la medicina del tiempo para adormecer la conciencia colectiva, va esta historia, que se oculta en los archivos muertos de la impudicia desde hace tres años.

El 19 de noviembre de 2005, dos Guardias Presidenciales adscritos a la seguridad de la “señora Marta”, aparecieron, muertos, flotando en un estanque cercano a la finca rural de la poderosa pareja que formó cogobierno. Y durante cinco días, los superiores de los mismos, acaso siguiendo consignas superiores, evitaron rendir el parte respectivo. Cuando lo hicieron, evitando que a los cadáveres se les realizaran las autopsias respectivas, se insistió en que ambos elementos, cuan niños traviesos, “nadaban en un depósito de agua” –una mini presa construida ex professo para dotar al “ranchito” de cuanto fuera necesario-, en horas fuera de servicio.

Pero el asunto no es tan sencillo, sobre todo cuando corren otras versiones que relacionan a uno de los custodios como el “más cercano” a la señora Fox, subrayándose la confianza que ésta le tenía para insinuar otras posibilidades. De este punto, precisamente, surgen las conjeturas acerca de móviles –la traición y el chantaje incluidos-, y desenlaces en plena eclosión de poder absoluto.

Los pobladores del área, por el rumbo de la Fábrica de Congelados “San José”, a pocos metros del “ojo de agua” reseñado, insistieron entonces y aseguran hoy que lo sucedido “fue muy raro” por cuanto al silencio impuesto por la soldadesca que les visitó pidiéndoles abstenerse de hacer comentarios al respecto. De haberse tratado de un simple accidente, es obvio que tal gestión no habría tenido lugar.

El Reto

¡Ay, estos accidentes perturbadores! ¿No sería mejor que se decretara una sentencia de muerte contra la inteligencia colectiva para que nadie sospechara, nadie especulara y todos creyéramos en las elucubradoras versiones oficiales? Lo mismo sobre los “errores humanos” que convirtieron un aterrizaje rutinario, a siete millas de distancia del aeropuerto de la ciudad de México, en una de las mayores controversias del presente apenas hace diecisiete días, que en cuanto a otros “incidentes”, como el reseñado líneas arriba, que debieron haber tenido un tratamiento distinto con plena intervención de peritos criminales.

Los accidentes también se institucionalizan a golpes de complicidades soterradas. A grado tal que es preferible infamar el prestigio de las víctimas –como al capitán y su copiloto del Learjet en el que viajaban Mouriño, Vasconcelos y otros funcionarios, quienes ya no pueden defenderse de los infundios-, antes que pretender resolver, en serio, los casos. Ni siquiera se modifica tal rutina cuando está de por medio la dignidad de un cuerpo armado, en este caso el Estado Mayor Presidencial, cuya fama de lealtad se acrecienta con ingresos espectaculares incluyendo canonjías diversas. Así las cosas, la oficialidad opta por desaparecer rastros comprometedores extendiendo así los privilegios del poder.

Por cierto aseguran que Mouriño aconsejó a Felipe Calderón dejar de proteger a los Fox para elevar el prestigio del régimen en curso. Si Calderón ha dicho que el ejemplo del desaparecido debe servir de impulso, ¿para cuándo, entonces, dará seguimiento a una de sus propuestas más sentidas?

La Anécdota

Los hilos del destino son inescrutables. Cuando, a principios de 2003, la influencia de la “señora Marta” –ella escribe su nombre sin hache y por ello la nombramos así sin que, como dicen sus torpes defensores, se trate de equipararla con algún animal-, se hacía cada vez más evidente, un fraile franciscano, en el Convento de la Cruz de Querétaro, reflexionó en voz alta con este columnista:

–Dígame usted –preguntó-, ¿qué haría usted si estuviera en lugar de Vicente?
–Bueno –contesté un tanto evasivo-, desafíos por enfrentar no faltan.
–Yo le digo lo que debía hacer enseguida: divorciarse de Marta.
Y al expresarlo, naturalmente, se santiguó y puso el punto final:
–Él era otro cuando llegó al poder. ¡Y todavía hay quienes preguntan por qué mantenemos el celibato sacerdotal!

La misoginia fue del fraile, no mía. No vaya a ser el diablo.

WEB: www.rafaelloretdemola.com

Foto: Quién

Esta anotación fue escrita el Friday 21 de November, 2008 a las 9:37 am por Rafael Loret de Mola y está clasificada dentro de: Desafío, Nacional, Política.

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