Sillas Voladoras

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  • Derecho: Réplica
  • Reacción Parecida

Recuerdo la discusión que sostuve, en una emisión radiofónica, con uno de los voceros más conocidos de la “novia de Chucky” sobre la figura del secretario de Gobernación, cada vez más acotada en razón a la ausencia de operatividad política de sus titulares. Insistí en la condición de “jefe de gabinete” que va inmersa a la designación si bien ahora se subraya otra: es el “segundo”, se dice, en el listado de los funcionarios con poder. Mi interlocutor, desdeñoso y con acento de suficiencia, alegó que no había ordenamiento alguno en el cual se asentara tal jerarquía y defendió la paridad legal de todos los miembros del gabinete presidencial. Recuerdo el punto final de aquella controversia:

–La praxis política no está determinada por funciones específicas. Sería imposible registrar, por señalar un ejemplo, la capacidad intrínseca del responsable de la política interior del país para negociar acuerdos entre las distintas fuerzas partidistas. No hay una norma al respecto y, sin embargo, tal función es la de mayor peso. Y esta calidad de gran mediador, para deshacer entuertos y resolver conflictivas incluso sociales, es la que le otorga preeminencia al titular de Gobernación.

Por ello, quizá, hasta el régimen de Miguel de la Madrid, quien ocupaba tal cargo solía acompañar al presidente en funciones durante la mayor parte de su recorrido constitucional; y, en todo caso, la separación se daba cuando se debían cubrir los escenarios electorales e iniciar a campaña proselitista desde el Palacio de Bucareli, la sede del ministerio –otro término que molesta a los ortodoxos por las reminiscencias de la añeja dictadura porfiriana que entraña-.

Pues bien, el ahora fogoso e inquieto Manuel Bartlett –jamás a un personaje estorbó tanto su pasado y su perfil como a éste-, fue el último titular de la cartera que permaneció en su sitio a lo largo de un sexenio completo, entre otras cosas por haber perdido la carrera sucesoria ante Carlos Salinas, favorito del señor De la Madrid por cuanto a sus alcances como programador financiero en una etapa marcada por las renegociaciones de la deuda externa asfixiante y el consiguiente acoso de los inversionistas foráneos. Además, el entonces mandatario también provenía de la misma posición, la Secretaría de Programación y Presupuesto, confirmando con ello la estela crítica del renglón y el imperativo de asegurar la continuidad conforme a los lineamientos dictados por el Fondo Monetario Internacional.

Bartlett fracasó en su propósito de suceder a De la Madrid y se sostuvo en el cargo a pesar de la manifiesta desconfianza de cuantos fueron claves en la compleja transición que alcanzó el punto más álgido con la célebre “caía del sistema” –cibernético, claro-, cuando más se había expresado el propósito de limpiar de sospechas los comicios. Ocurrió exactamente lo contrario, por supuesto, y el fraude electoral acompañó a quien fue señalado como usurpados hasta el final de su periodo. Y Bartlett sobrevivió políticamente: fue designado secretario de Educación, primero, y luego resultó ungido gobernador de la sacrificada Puebla. Por algo sería, naturalmente.

Salinas, copado por las sospechas y las malquerencias, atrapado también por la historia –la suya personal y la de su partido hegemónico-, optó por designar a “una leyenda”, como le nombró, en la Secretaría de Gobernación: Fernando Gutiérrez Barrios, un personaje con fama de haber desarrollado un archivo confidencial muy cercano al que mantuvo en la cúspide del poder real a Edgar Hoover, fundador del FBI, incluso por encima de la Casa Blanca, durante varias décadas. Al veracruzano, en cambio, sólo le alcanzó para conservarse allí cuatro años y treinta y cinco días. El 4 de enero de 1993, con su salida, marcó el punto de inflexión, esto es desviándose de las férreas líneas originales, y el deterioro de la dependencia fue evidente.

Al substituto de Gutiérrez, el chiapaneco Patrocinio González Blanco Garrido, heredero político de su padre, la rebelión neozapatista le sorprendió mientras pasaba el año nuevo muy cerca de San Cristóbal de las Casas, la plaza tomada por los rebeldes en su primera acción bélica, rebasado por el hecho y sin el menor control. Y se fue tras un año para que cerrara la cuenta Jorge Carpizo McGegor, a quien se ubicó en el sitio por eliminación y sin el menor perfil político. Ni quien se acuerde siquiera que él estaba en este sitio cuando el magnicidio de Lomas Taurinas y luego el asesinato de Ruiz Massieu sustituyeron las formas por la barbarie.

El desastre de la dependencia se daría, sin duda, bajo la férula de Ernesto Zedillo: pasaron por allì, nada menos, cinco titulares a saber: Esteban Moctezuma, el imberbe que duró siete meses sin enterarse de que iba la cosa; Arturo Núñez Jiménez, en calidad de subsecretario encargado durante casi una semana; Emilio Chuayfett, “importado” del Estado de México en donde dejó la gubernatura como si se tratara de un trasto para después caer en el abismo de la intrascendencia; Francisco Labastida Ochoa, con el tiempo justo para convertirse en el primer candidato presidencial de PRI derrotado; y Diódoro Carrasco Altamirano, otro heredero de apellido y gubernatura –la de Oaxaca-, para cerrar la etapa. Dos de ellos, por cierto y no es cualquier cosa, se mudaron de partido: Núñez al PRD y Carrasco al PAN violentando formas y disciplinas. Fue entonces cuando Gobernación se volvió amorfa y descuadrada.

Con Fox aparecieron Santiago Creel, quien festejó haber permanecido “más tiempo que Don Fernando” subrayando con ello la vuelta a una supuesta estabilidad hasta que pretendió una candidatura inalcanzable por su falta de apoyo al interior del PAN –lo que devela su escasa cobertura en el renglón-, y Carlos Abascal Carranza, de franca formación cristera a la vera de la fama de su padre Salvador –a quien nombraron los enemigos del sinarquismo “el Hitler con huaraches”-. Un desastre también en términos de ejercicio político. No podía haberlo sencillamente con un mandatario claudicante, incapaz de negociación alguna, mucho menos con los legisladores contrarios, y tan solo animado por las “muchas faldas” de su señora cogobernante.

Debate

Tragedia de por medio, el régimen de Felipe calderón ya ha requerido de cuatro titulares de Gobernación: Francisco Ramírez Acuña, ex gobernador de Jalisco, cuya salida, en enero pasado, tras apenas un año y una quincena en el cargo, se dio bajo severas interrogantes jamás aclaradas –una rutina perfectamente aprendida por los “democráticos” panistas que gobiernan en petí comité-; Juan Camilo Mouriño Terrazo, cuyo perfil jamás fue el adecuado no sólo por su ausencia de experiencia son también por las lagunas de su origen y su limitado conocimiento de la geopolítica nacional; Abraham González Uyeda, en calidad de subsecretario encargado y herencia de Ramírez Acuña, y el recién nombrado Fernando Gómez Mont Urueta.

Basta repasar los antecedentes para entender el desafío que enfrenta el abogado penalistas a quien sólo Felipe Calderón, y bastó con eso, tuvo en mente para llenar el vacío –también emocional- que dejó el colapso –me resisto a designarlo accidente aunque se incomoden cuantos insisten en cerrar las compuertas al mínimo ejercicio de inteligencia- del Learjet oficial en el centro de la ciudad de México el martes 4 de noviembre.

¿Será capaz Gómez Mont de superar la cuesta, amainar la maledicencia de los lópezobradoristas, expertos en mirar la paja en el ojo ajeno sin percatarse de que llevan la viga en el propio –en materia de impertinencias e intransigencias ni modo que aleguen otra cosa-, mantener en su sitio a los priístas cada vez más desbordados a la vista de los vacíos de poder evidentes, y controlar a las distintas corrientes del panismo, los fundamentalistas reunidos en el llamado “yunque”, los foxistas irredentos y los calderonistas todavía agazapados? Son demasiados frentes porque, como nunca antes, cada instituto político presenta varios a la vez y cada uno con capacidad de convocatoria y maniobra. Un auténtico galimatías.

Dicen del abogado Gómez Mont que es hombre de solemnidades y formas. Amigo de Diego Fernández, ello no le convierte en parte de un rebaño en el que sólo el pastor mantiene la cabeza, y de sólida raigambre partidista, tiene también la oportunidad de reconvertir a la dependencia a su cargo en el motor para transitar, en serio, hacia una reforma integral del Estado, esperada desde 1994 y fracturada por la barbarie y las simulaciones posteriores.

En el exterior se afirma que Calderón ha vuelto a quedar sujeto a la guardia antigua, a los ultras que curiosamente apañan a Fox –quien fue visto otrora como uno de los “bárbaros” por los tradicionalistas y ahora es puntal de éstos a contracorriente-, y limitan el liderazgo presidencial. La realidad es otra: Calderón sigue siendo vulnerable porque llegó por la puerta falsa y no ha sido capa, hasta hoy, de abrir alguna ventana.

El Reto

Mientras tanto, Andrés Manuel López Obrador, guarecido de la tempestad tras la muerte de Mouriño, volvió a saltar a la palestra reclamando su derecho a réplica a Televisa, sobre todo. No fue el mismo trato para los accionistas de Televisión Azteca, cabe subrayar, aun cuando son evidentes los vínculos de éste con el salinismo “químicamente puro”.

No seré yo quien defienda a la empresa señalada, a la que mucho he cuestionado durante mi larga trayectoria, pero es obvio que tampoco pugnaré por el privilegio de ningún político, esté donde esté, para marcar pautas y delimitar criterios. ¿O acaso no afloró en él la intolerancia cuando no pudo superar, en los estudios televisivos, una entrevista incómoda, agresiva si se quiere pero formalmente periodística en cuanto al uso de la crítica como contrapeso? Estalló, y con ellos sus incondicionales –ninguna postura es más degradante que la sumisión intelectual absoluta-, por haber sido cuestionado ligeramente, ni siquiera de manera severa. ¿Qué busca entonces? ¿La difusión gratuita de su esquematizada propaganda? ¿O imponer una censura disfrazada a los medios no afines a cambio de que dejen él y sus huestes de injuriar, con palabras soeces y juicios sumarios, a cuantos no lo reverencian?

La Anécdota

Recién terminado el proceso pectoral de 2006, Felipe Calderón acudió a los estudios del noticiario matutino de Televisa y solicitó al conductor que le dispensara el trato de “presidente electo”. No aceptó porque la querella poselectoral estaba en desarrollo y el Tribunal Electoral todavía no daba cuenta de su definición. El invitado, a regañadientes, continuó con la entrevista y, al final, francamente molesto espetó:

–Subiré a ver a Emilio Azcárraga; no se vale esta falta de respeto.

No pasó nada naturalmente salvo la penosa exhibición de prepotencia. Lo grave del asunto es que en el extremo contrario se copian tales posturas. López Obrador también acude ahora a los accionistas de la misma empresa para exigirles “derecho a réplica”, esto es que lo dejen hablar sin interrupciones ni cuestionamientos estorbosos ni ninguna crítica. En esencia, lo mismo.

¿Así es como va a construirse el futuro de un país sumido en vaivenes partidistas y ayuno de debates de nivel?

WEB: www.rafaelloretdemola.com

Esta anotación fue escrita el Wednesday 19 de November, 2008 a las 4:46 am por Rafael Loret de Mola y está clasificada dentro de: Desafío, Nacional, Política.

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