
- Mafias en Operación
- Coberturas como sea
Los individualismos, que no los liderazgos, mandan en los partidos políticos. Esto es: los grupos se estrechan al calor de las ambiciones, los mesianismos y las componendas, en lugar de ampliar sus propias expectativas asimilando pequeñas diferencias y fundamentando las coincidencias. Tal ha sido, por desgracia, el efecto más visible de la crispación general que fue efecto de la polarización política de 2006 y del derrumbe de la figura presidencial mancillada por las alianzas soterradas y el pago de facturas a cuantos sostuvieron, exaltaron y proyectaron la continuidad en el ejercicio del poder central.
El fallo del Tribunal Electoral Federal sobre los desaseados, escandalosos comicios internos del PRD, por una parte, y las sospechas sobre las muertes de Mouriño, Vasconcelos y demás victimas del colapso del Learjet oficial el pasado 4 de noviembre, por la otra, han exhibido no sólo las tremendas diferencias conceptuales entre las dirigencias partidistas sino también develaron la vulnerabilidad de las instituciones situadas en la coyuntura de los incesantes reacomodos y la violencia de las mafias que contaminan la estructura gobernante.
En el PAN lo sucedido al anterior secretario de Gobernación no parece disiparse con la rapidez pretendida. Todavía es muy temprano para que la medicina del tiempo, proveedora de la amnesia colectiva, haga el necesario efecto para atemperar dudas, señalamientos y forcejeos al interior del partido supuestamente ganador de los comicios federales pero incapaz de crecer desde entonces.
¿Cómo explicarse que un instituto político capaz de imponerse en dos justas presidenciales consecutivas no pueda avanzar estructuralmente para consolidar posiciones estatales y regionales y se encuentre en desventaja evidente de cara a las campañas de 2009? Cuando menos, desde la asunción a trompicones del señor Calderón a la Presidencia, en diciembre de 2006, el PAN no ha podido siquiera mostrar una tendencia ganadora en los comicios subsecuentes ni ha sido capaz de ampliar sus propias coberturas de cara a sus adversarios que van recuperando terreno acaso por eliminación o por la intervención de autoridades locales, de distintas militancias políticas, que no ceden sus controles y ejercen de lleno el poder.
Ello, desde luego, complicará seriamente las interrelaciones entre los poderes Legislativo y Ejecutivo en el próximo Congreso cuando los chantajes rebasen la capacidad operativa de un gobierno acotado y semiparalizado como consecuencia de su propia vulnerabilidad de origen. Una composición que reduzca la presencia de panistas en sendas Cámaras e incluso sitúe a sus bancadas en condición de tercera fuerza, posibilidad no muy lejana a la vista de los recientes resultados estatales y el deterioro evidente de la estructura política nacional, podría ser catastrófica para la estabilidad general y acaso aceleraría la descomposición del andamiaje gubernamental.
Pero, además, priva en el PAN una lucha sorda entre grupúsculos opuestos. De allí que el señor Calderón, motivado por el dolor de perder a su más cercano colaborador en circunstancias bastante turbias –si todo hubiese sido claro no se habría dado un discurso tan cargado de reproches-, hablara de mezquindades y envidias en torno a la muerte de Mouriño para precisar así los profundos desacuerdos que generó la actividad de éste entre quienes, a pesar de su filiación panista, se niegan a aceptar la jerarquía presidencial y buscan erosionarla a cada rato buscando la sombra de la pareja ex presidencial con ambiciones imprecisas, si se quiere, pero igualmente distorsionadoras.
La respuesta de Manuel Espino Barrientos, ex dirigente nacional panista y operador del foxismo, dentro y fuera del país, acerca de los señalamientos sobre la mala relación que los integrantes del fundamentalista “yunque” mantuvieron con Mouriño, perfila las dimensiones del conflicto: “A Juan Camilo –expresó- lo amenazó y combatió el “narco” no nosotros”. Esto es confirmando que son ellos, los resentidos y ahora emboscados, un ente distinto al núcleo partidista en el que debía basar su capacidad política operativa el llamado “primer mandatario”. Mientras, los Fox se dejan ver, reciben en su casa a presidentes y líderes partidistas, presumen de su capacidad para placearse en foros internacionales y siguen maniobrando a sus anchas cumplimentando a sus grandes aliados financieros. Nunca un titular del Ejecutivo federal había estado tan solo y acotado.
La mera expresión de Espino debiera abrir indagatorias si, de verdad, se tuviera intención de abrir las cloacas. Esto es sin dobles lecturas ni interpretaciones diversas ni eufemismos ni espejismos. Porque, sencillamente, si las versiones acerca de que no hubo atentado alguno contra los altos funcionarios que viajaron en el vuelo fatal pudieran sostenerse, no habría lugar para reconvenciones, insinuaciones, advertencias soterradas ni, mucho menos, a aseveraciones tan contundentes como las del procurador Eduardo Medina-Mora en el sentido de que se había desdeñado la capacidad de las mafias para “destruir instituciones”. No pudo ser, desde luego, más específico con toda y la parafernalia montada para vadear el escándalo.
Al respecto resultó grotesco que fuese el embajador de Estados Unidos, el texano Tony Garza, de actuación tan deplorable a lo largo de su misión –misma que se espere termine en cuanto el demócrata Barack Obama despache en la Casa Blanca-, quien saliera a “confirmar” la hipótesis del accidente respecto a la caída del avión que fue asignado a Gobernación, para intentar con ello ganar en credibilidad ante un colectivo escéptico y hastiado de medias mentiras. Nunca, tampoco, se había llegado a este grado de supeditación tan lacerante.
Y todo ello demuestra, por supuesto, que en la trastienda se dice y hace cuanto no se sostiene ante la opinión pública. Loor a los “demócratas” de la derecha mexicana.
Debate
Quítate tú para ponerme yo. A esto se reduce la política de alturas en el PRD asfixiado por su propia soberbia. Más daño le causan sus propios militantes desarbolados que los adversarios listos a descalificarlo por todo. Véanse los resultados y compruébense sus consecuencias. Ni modo que Jesús Ortega, beneficiario de la sentencia del Tribunal sobre las desaseadas elecciones internas de su partido, sea capaz de unificar a los miles que se sienten afrentados por la intervención de un órgano ajeno al propio instituto. Es imposible un acuerdo entre posturas tan equidistantes.
Si Alejandro Encinas pecó de sectario al significarse como brazo ejecutor de López Obrador, Ortega contradice la teoría toral del perredismo acerca del veredicto electoral: si el Tribunal actuó con dolo entonces, admitiendo que hubo excesos pero sin considerarlos determinantes para los resultados –una postura, insisto, tan absurda como torpe-, ¿cómo puede justificarse ahora un veredicto cargado hacia el sector menos identificado con Andrés Manuel al interior del PRD? Esto es si se insiste en que los árbitros y los jueces del proceso electoral fallaron, ¿por qué ahora se apoya el desenlace como si los magistrados del TRIFE hubieran ganado autoridad moral por el solo hecho de inclinarse por la causa afín?
No hay manera de admitir las posturas de Encinas y Ortega, cada cual declarado vencedor en momentos distintos de una justa obviamente viciada, ante la ventilación de coyunturas y fallas en organismos externos. Y ello porque el sectarismo obnubila cualquier análisis desde una perspectiva parcial y evidentemente viciada por los personalismos extremos. Hay en todo ello más elementos de corte fascista más que democrático y eso lo saben, a perfección, los protagonistas principales de una farsa comicial que infama, más bien, a una militancia bastante crédula.
Colgados del mesianismo exultante, algunos de quienes se nombran intelectuales, incluyendo a algunos personajes glamourosos y como tales ansiosos de reflectores, soslayan las calamidades ideológicas del perredismo, rebasados los fundamentos por las circunstancias, y mantienen apoyos mediando la filosofía oportunista tendiente a adaptar los hechos a las justificaciones ramplonas con tal de mantenerse en sus trece. Esto es se beben hasta el aliento del líder, cada vez más descuidado en su apariencia personal, con tal de salir en la foto y asegurarse un sitio dentro de la izquierda intransigente. Mientras no los llamen del otro lado, claro. Es así como se mantiene la hoguera callejera de un partido amorfo y, como tal, variable e impredecible.
El Reto
¿Y el PRI, tercero en discordia? Se solaza ganando elecciones estatales con el apoyo irrestricto de sus gobernadores –algunos de los cuales optaron por dejar solo a su candidato presidencial para rendirse ante los grandes consorcios financieros interesados en asegurar la continuidad en el Palacio Nacional-, y las semiocultas líneas que emanan de dos ex presidentes recientes: Carlos Salinas y Ernesto Zedillo. Un pulso que se prolonga sin el juicio histórico que debiera ser obligado.
A estas alturas es interesante hacer notar que, pese a todo, el priísmo mantiene mayor cohesión si lo comparamos con sus rivales. Los golpeteos internos, entre las mafias conocidas, no parecen tan severos como para fracturar las bases. Al contrario: se tiene plena confianza en la recuperación de posiciones camarales en 2009 para forjar en ellas la esperanza de volver por los fueros presidenciales. Un retorno, sin duda, a contracorriente de la historia, esto es sin que hayan podido cuajar otras opciones sumidas en la soberbia y la impericia.
Habrá que ver si la calma aparente se mantiene hasta la hora de las definiciones, sobre todo entre mandatarios estatales con altos puntajes políticos. De ellos hablaremos en entrega próxima.
La Anécdota
La condición amorfa del PRD, en donde el propósito de lealtad se altera cotidianamente según soplen los vientos, acaso deviene de un error de cálculo de quien hoy pretende seguir moviendo todos los hilos. En 1999, Andrés Manuel López Obrador, en condición de presidente nacional de este partido, avaló la incorporación de elementos segregados del PRI, sobre todo porque habían sido relegados de las ansiadas candidaturas, aun cuando se tratara de personajes que otrora hubieran mermado al perredismo incluso con fogosidad y virulencia encendidas. Cuando le interrogamos al respecto, el aludido respondió:
–Por ahora es necesario ampliar coberturas; y hacerlo rápidamente lo que se da con estos elementos que se nos están uniendo. Ya después habrá tiempo de limpiar la casa.
Casi una década después, el pernicioso acento de las indefiniciones, consecuencia de puntos de vista permanentemente encontrados, es la amenaza mayor contra la viabilidad del propio partido de izquierda que tampoco ha podido crecer, estructural e ideológicamente, desde el sacudimiento de 2006. Valdría la pena que sus dirigentes reflexionaran sobre ello.
WEB: www.rafaelloretdemola.com
Foto: La Crónica














