- Regresos Ansiosos
- Obsesión: Repetir
Presumen los observadores del exterior sobre las intenciones de George Bush junior para cuanto resta de su mandato, es decir hasta el 20 de enero del próximo año cuando se posesione de la Casa Blanca la familia Obama. Seguramente, tomará parte de su tiempo para asimilar la inminente transición aun cuando, habilidoso, extienda el peso de la continuidad a través de personajes como Colin Powell, antiguo estratega de guerra con el aliento del clan Bush y ahora simpatizante del mandatario electo de los Estados Unidos. Una especie de Téllez Kuenzler pero con una hoja de servicios construida en los campos de batalla y no en la burocracia dorada.
Por cierto, el propio Obama, en un recuento de su vida, recordó cómo había sido su primer encuentro con Bush junior en la Casa Blanca tras haber ascendido al Senado. Sin disimulo, el presidente más belicista de la historia, pidió agua desinfectante a sus ayudantes luego de estrechar la mano del legislador de color; y, sin pudor alguno, se frotó las manos. Obama, naturalmente, fijó en él su mirada, desconcertado por un gesto que podría interpretarse como racista:
–Es sólo por higiene, senador –subrayó Bush-. ¿Quiere usted hacer lo mismo?
Y, por supuesto, Barack Obama debió aceptar la oferta para vadear el escándalo que podría haberse desatado. Sin perder de vista al mandatario, se esmeró en enjuagarse perfectamente evitando con ello que los gérmenes avanzaran, sobre todo los de la política, tan perniciosos, en un escenario insólito. ¿Sucederá lo mismo a la hora en la que Bush le entregue las llaves de la emblemática residencia de la avenida Pensilvania?¿O se atreverá Barack, contra las normas del establishment, a sentar en el banquillo a su predecesor por las graves fallas, desviaciones y perversidades que colocaron a la humanidad al filo del abismo?
Mientras tanto, Bush junior tiene diez semanas para intentar salvar su propia historia. Para lograrlo “sólo” tiene que superar la crisis financiera provocada, según aceptó él mismo, por los especuladores de Wall Street, capturar a Osama bin Laden y comenzar el retiro de las tropas estadounidenses en Irak asegurando que con ello no se desate una guerra civil. Casi cualquier cosa, diríamos, tras la sacudida electoral que fue, claramente, una profunda sanción histórica a las políticas del republicano y a su desaseada permanencia. No se olvide que sus dos elecciones, en 2000 y 2004, debieron resolverse en el límite y gracias a los vuelcos en dos entidades claves: primero, Florida; después, Ohio.
El intento por resarcir al mundo de sus quebrantos económicos tendrá en Washington, a partir de mañana mismo, su mayor oportunidad con la reunión del llamado “grupo de los veinte” al que se ha agregado, gracias a la intervención del francés Sarkozy, a España, nada menos la octava economía más sólida del planeta excluida inicialmente como parte de los interminables desaires del “amigo George” que insiste en su aserto obcecado: “quien no es mi amigo, es enemigo de los Estados Unidos”. Desde luego, para merecer el fraterno calificativo es menester dejar la dignidad personal a un lado para sumarse a los corifeos incondicionales.
Recuérdese que José Luis Rodríguez Zapatero, producto del Partido Socialista Obrero Español, rechazó de plano la decisión del derechista José María Aznar, su antecesor en la presidencia del gobierno español, de acompañar a Bush y Tony Blair, el aliado inmutable de Gran Bretaña, en la invasión a Irak en busca de armas químicas y biológicas de gran alcance supuestamente en poder de las huestes del dictador Sadam Hussein. Por ello se arrasó al país, cuya posesión estratégica, en una región con enormes reservas petroleras, permitió a los Estados Unidos asegurar su propio abasto de crudo por más de una centuria sin necesidad de mermar sus propios yacimientos.
Quien crea que la intención de los marines y sus dirigentes era sana, esto es ir al rescate de un pueblo atenaceado por un genocida, debieran antes sopesar los intereses en juego y asegurarse de no ceder ante la malsana publicidad del gobierno estadounidense. Por ello, la mayor parte de los mandatarios –incluyendo la mayoría de los integrantes de la Unión Europea-, optaron por oponerse a los proyectos expansionistas del clan Bush, salvo los citados Blair y Aznar. A éste, por cierto, le vino estupendamente aparecer como parte integrante del trío invasor como demostración de que, gracias a sus gestiones, España había obtenido el beneplácito absoluto de la mayor potencia de la historia. Mejor que Franco, sin duda, aun cuando éste consiguiera dar el vuelco excepcional: de simpatizante del nazismo a presunto socio de la Unión Americana tras recibir, jubiloso, a Ike Eisenhower, en Madrid. Una coyuntura a la que sólo se adaptó mejor el emperador Hirohito del Japón.
Pues bien, a Rodríguez Zapatero el mandatario estadounidense sigue cobrándole el gesto contra toda coherencia. Sobre todo porque, al asumir el español su responsabilidad en 2004, como consecuencia además de los efectos del terrorismo y las consiguientes torpezas del gobierno de Aznar al respecto, rectificó en cuanto a la presencia de las tropas españolas en Medio Oriente –aun cuando siguen desplazados varios destacamentos-, y dio un vuelco al respecto asegurando que, paulatinamente, los elementos militares regresarían a casa, un objetivo no alcanzado, insisto, por temor a que sirviera como pretexto para extremar las condiciones en la convulsa región que ha mantenido en jaque al mundo entero.
Una vez más, Bush junior ha mostrado el rostro de la insolencia, además de sus desplantes intolerantes, aun cuando ya no mantenga todos los controles. Ninguna mafia es invulnerable ante la fuerza de los colectivos. Valga esta lección pare intentar redimirnos todos.
Debate
Lo anterior podría ser un signo positivo de la democracia, entendida como la facultad de las sociedades para sacudirse a los malos gobiernos y a los simuladores por la gracia de sufragio universal. Incluso, con toda la fuerza de la institución presidencial en los Estados Unidos las alternancias cíclicas matizan e incluso atemperan las controversias políticas de alto riesgo. Por ello se requería, crispada como está aún la ciudadanía estadounidense, la exaltación de un hombre de raza negra que construyó buena parte de su carisma –otra le pertenece a él, por supuesto-, a partir de una insólita derrama de verdes divisas: nada menos 650 millones de dólares.
Pero hay otro efecto, el anverso de la medalla de las democracias en cierne: la tendencia reeleccionista que parece imparable. Ahora es Ricardo Lagos, ex presidente de Chile, quien está dispuesto a seguir la rutina de esperar un periodo para retornar al poder exultante, liberado ya de los juicios sumarios inevitables tras un ejercicio de gobierno. Desde luego ello se debe, en buena medida, a la amnesia tradicional de los electores.
Obsérvese, para corroborarlo, el caso de Alan García, en el Perú. Al asumir la presidencia por primera vez, en 1985, fue exaltado por una emocionante convocatoria popular. Cinco años más tarde, con el país en estado de desastre por las crisis financieras, un hombrecillo clasemediero, sin apenas experiencia política, Alberto Fujimori, lo dejó tendido. Pero retornó tres lustros después, pidiendo “perdón” y asegurando que merecía una nueva oportunidad sacudiendo con ello la adormilada conciencia de una ciudadanía más emotiva que analítica. Ganó con ello un segundo mandato en cuyo ejercicio se encuentra. Un vaivén que es, en sí, una profunda radiografía a la infectada estructura gubernamental. Y el diagnóstico, por supuesto, no puede ser optimista.
Por desgracia ya no es dable hablar de casos aislados. Las historias se repiten por doquier, desde Venezuela hasta Nicaragua, pasando por todos los matices imaginables. Argentinos, chilenos, brasileños, colombianos, todos los latinoamericanos, salvo los mexicanos por ventura, parecen encontrarse en el punto sin retorno de los arraigados caudillajes, prefabricados al gusto de los diseñadores de imágenes. Nosotros no porque nos pesa la historia y acaso contamos con una más larga secuela de amarguras. Pero no cantemos victoria: por allí hay voces que insisten en exaltar a los ex mandatarios cobijados bajo la impunidad por obra y gracia del presidencialismo inalterable. La alarma está encendida.
El Reto
Nada sería más riesgoso para México que la vuelta hacia el antiguo modelo reeleccionista. Lo hemos dicho en diversas ocasiones pero ahora es momento de reiterarlo porque, sin duda, no faltan los francotiradores que alegan en el imperativo de rescatar la experiencia a la vista de la hiperdinámica exhibida por algunos de los personajes más turbios del pasado, desde Carlos Salinas hasta Vicente Fox pasando por Ernesto Zedillo. El primero parece haberse convertido en una especie de oráculo para los priístas deseosos de reconquista; y el segundo, acicateado por las muchas faldas, no cesa en su placeo internacional erogando muy buenas cantidades de dólares. ¡Y dice que no cuenta con peculio propio!
En el Congreso, por cierto, duermen dos iniciativas que pudieran encender, aún más, el complejo panorama político. Una se refiere a los mecanismos para cubrir la ausencia definitiva del presidente de la República con elementos afines a su grupo partidista, esto es bajo el alegato de que se vota también por los organismos y no sólo por el hombre y la mujer que lo abanderan; y otra argumenta que los legisladores deben merecer la reelección directa –actualmente deben esperar un periodo entre una y otra postulaciones-, para asegurarse una carrera en el Congreso al estilo anglosajón. Las dos exhiben las ansias de algunos protagonistas por sacar provecho, sí, de la ausencia notoria de gobierno.
En la antesala de su tercer año de gobierno –cuando su reemplazo ya no daría lugar a elecciones extraordinarias-, Felipe Calderón no ha sido capaz de cubrir los vacíos. Le falta acaso un arsenal político similar al de fuego incautado en la frontera norte, recientemente, al narcotráfico. Abundaremos.
La Anécdota
La disidencia, al parecer, no se sabe otra cantaleta. Sus abanderados se resisten a perder. Lo observamos en España, con Mariano Rajoy, del Partido Popular, empeñado en una tercera candidatura presidencial para 2012; y en México en donde se mantiene la campaña presidencialista de Andrés Manuel López Obrador, cada vez más solo en su empeño de bloquear las iniciativas del Ejecutivo en ejercicio, todas ellas, tan sólo por su origen. Antes, el PRD nominó a Cuauhtémoc Cárdenas, fundador del partido, tres veces a la Presidencia.
Menos mal que en los Estados Unidos los repetidores han sido más bien escasos. Uno de ellos es Richard Nixon, derrotado por Kennedy en 1960 y luego triunfador en 1968 cuando el Partido Demócrata, no lo olvidemos, se fracturó al escindirse un numeroso grupo de racistas disgustados por los proyectos igualitarios defendidos por Hubert H. Humphrey. Quienes se marcharon dieron vida a otro instituto, el Independiente Americano, para lanzar a George Wallace, entonces gobernador de Alabama, hacia la Casa Blanca. Fracasaron rotundamente.
Nixon ganó gracias a la división de sus opositores. Y el racismo de aquellos separatistas demócratas, cuarenta años exactos después sólo parece un referente más para explicar el hito, es decir el fenómeno, de Barack Obama.
















November 14, 2008 a las 10:48 am
Si fuera racista diria que las razas mas pobres en recursos geneticos son las mas puras, igual que los perros y los gatos, entre mas pura la raza, mas cuidados necesita.
Los mexicanos en este aspecto somos una raza fuerte, mezcla de otras.
Debil es la raza blanca, envejece rapido, se llena pronto de enfermedades y necesita mas cuidados…Fuerte la raza negra por haber estado expuesta mas tiempo a la seleccion natural en Africa.
Pero estas ideas son seguir el juego venenoso del racismo y solo nos llevan a mirar con desconfianza todo lo distinto. En Europa no logran superar estos conceptos, preguntenle a cuaquier persona no guera…por mucho que Europa proclame el no racismo como bandera, las miradas hablan…