- Voz de dos Océanos
- En el Primer Nivel
A México pocas veces le ha ido bien con los embajadores estadounidenses. La fama de intervencionistas, en la mayor parte de los cosas -siempre hay excepciones, claro-, se la han ganado a pulso, digamos desde el ominoso paso de Henry Lane Wilson, el gran apoyo de la contrarrevolución que situó al ‘chacal’ Victoriano Huerta en la Presidencia en febrero de 1913 tras los asesinatos de Madero y Pino Suárez. Jamás investigado por la vía judicial, el personaje sólo pudo ser condenado por la historia mucho tiempo después de su deplorable actuación que modificó diametralmente la perspectiva política de nuestro país.
Por cierto, la figura de Madero es la que más atrae, de cuantas intervinieron en la Revolución Mexicana, a la derecha en el poder. Los panistas, y con ellos sus abanderados de mayor renombre, manifiestan, una y otra vez, la limpieza de miras del obcecado coahuilense quien ofrendó bienes y ranchos en persecución del ideal de cambio cuando más apretaba la dictadura porfiriana. Pese a ello, no se han animado a resolver algunos de los enigmas que mantienen la oscuridad no sólo en cuanto a su sacrificio sino, sobre todo, respecto a los efectos posteriores marcados por los caudillajes golpistas y los magnicidios. Los hilos conductores de tales hechos abominables nos permitirían desatar los nudos más enredados de nuestro singular sistema político.
Uno de ellos, sin duda, tiene que ver con los puentes entre la clase gobernante mexicana y la Casa Blanca a través de las décadas más críticas. Por ejemplo, para nadie es un secreto que, en lo general, los priístas le han apostado siempre a los republicanos mientras los panistas se acercan a los demócratas. Para infortunio de los hombres del poder ya se llevan muchos años a contracorriente, esto es con intermitentes forcejeos entre los mandatarios de ambas naciones. Podríamos situar el inicio de esta etapa infecunda cuando Carlos Salinas, a quien no pocos consideraban un genio en el renglón financiero, apostó de lleno por la reelección de George Bush en 1992 tras firmar con él y el primer ministro canadiense, con todo bombo, el Tratado de Libre Comercio para América del Norte desdeñando las tremendas asimetrías entre las potencias del continente y un país, el nuestro, obligado a hipotecarse para financiar, se supone, su desarrollo. La ingente corrupción, por supuesto, determinó otra cosa.
Se equivocó, pues, Salinas y la consecuencia fue la animadversión de Bill Clinton, del Partido Demócrata y ex gobernador de Arkansas, una entidad de poco peso global en la perspectiva estadounidense. Sin los privilegios informativos del clan Bush -George padre, además, fue durante varios años director de la CIA-, Clinton se sorprendió, en principio, con ciertos informes que exhibían las vinculaciones evidentes entre las mafias y algunos de los más encumbrados personajes incrustados en las instituciones mexicanas y con sello de impunidad.
No es casual, y esto debemos subrayarlo, que el esperado inicio de la vigencia del TLC, en enero de 1994, coincidiera con varios hechos incontrovertibles: el alzamiento zapatista que obligó al ejército a guerrear, sin mucha experiencia al respecto, durante once días de enero hasta que unilateralmente Salinas decretó el cese al fuego para iniciar la etapa de los vaivenes negociadores que se extiende ya a más de catorce años entre acercamientos, inercias, rupturas y paseos cívicos de los rostros envueltos en sus pasamontañas; la escalada de barbarie que remató con los asesinatos de Colosio y Ruiz Massieu y el consiguiente relevo del sucedáneo presidencial, Ernesto Zedillo; y, finalmente, la crisis económica desatada en diciembre como efecto de una grave falta de liquidez en el gobierno mexicano con todo y la pretendida reordenación del ’sabio’ Salinas.
Las turbulencias financieras que saludaron el arranque de la administración de Zedillo, sobre el cadáver de Luis Donaldo insisto, fueron controladas, precisamente, gracias ala intervención directa de Clinton quien, de plano, abrió su cajón para enviar a México una inyección de varios miles de millones de dólares destinados a equilibrar los desajustes. ¿Cuáles fueron las condiciones soterradas para ello luego del refrendo popular, por miedo si se quiere, a continuismo priísta a pesar de la sangre derramada?
Sabemos, por supuesto, que seis años después el doctor Zedillo, el gran simulador, fue factor determinante para, primero, provocar las condiciones adecuadas, anulando prestaciones sociales y elevando con ello la irritabilidad general, para exaltar el imperativo de un cambio político drástico tras setenta y un años de dictadura priísta ‘casi perfecta’ y, después, asegurar la tersura de la transición enfrentando a las presiones de su propio partido, el maniatado PRI, desde donde incluso surgieron denuncias sobre lo que comenzó a calificarse como ‘un fraude al revés’, prohijado para asegurar la alternancia. Desde luego nadie pudo insinuar siquiera que el candidato panista vencedor no fuera legítimo, sobre todo porque hasta la izquierda se sumó al júbilo general tras haberse logrado el milagro que parecía imposible: la caída del ‘muro’ priísta.
El cambio, desde luego, se quedó en propuesta. Y Fox fue visto como un ‘aliado natural’ de los Estados Unidos. Por ello, claro, el republicano Bush junior, vencedor a zancadillas del vicepresidente en funciones Al Gore, le obsequió con su primera visita como jefe de Estado al exterior, precisamente en febrero de 2001, cuando ya se preparaba para bombardear Bagdad. Y por esta misma causa no asimiló el único gesto de dignidad del entonces mandatario mexicano cuando, con la representación del gobierno mexicano presidiendo el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, no secundó la invasión norteamericana a Irak. Los costos fueron tremendos: se dejó en la parálisis al gobierno de México obligándose a los diplomáticos a buscar, lastimosamente, un reencuentro entre sendos presidentes.
De aquel estigma no hemos podido recuperarnos.
Debate
El hecho es que cuando, al fin, el derechista PAN llegó a la Presidencia, acaso con el soterrado apoyo de la Casa Blanca y de Clinton, el atildado miembro del Partido Demócrata quien llegó al grado de dejar esperando en la antesala de la alba mansión de Washington al simulador Zedillo mientras fumaba en un salón contiguo los habanos humedecidos con los flujos vaginales de Mónica Lewinsky, la alternancia también se dio en el gobierno de los Estados Unidos a favor de los republicanos. Ni siquiera las coincidencias, incluso hasta culinarias -los dos detestaban el brócoli según puntualización de Laura Bush-, en cuanto a ranchos y sillas de montar sobre todo, matizaron los disgustos y desaires que comenzaron en septiembre de 2001 con una inoportuna y frívola llamada de Fox al ‘amigo George’ tras los atentados terroristas en Nueva York.
Y, desde luego, hasta hoy, Felipe Calderón, quien peca de discreto -digámoslo así para no insistir en su medianía que lo inhibe-, heredó tales condiciones aun cuando, por eliminación, se convirtiera en la única carta para asegurar, al costo que fuera, la continuidad política contra los barruntos de tormenta que llegaban desde la izquierda. Las facturas le siguen lloviendo sin que pueda siquiera desprenderse de ellas.
Sí, hasta hoy, los puentes han sido más bien negros y por supuesto desarticulados pese a la inalterable posición de nación satélite a la que nuestras tremendas dependencias obligan. Hasta los voceros más acuciosos de la izquierda, sobre todo el ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas cuya autoridad moral en el camino hacia la democracia es incuestionable, debieron reclamar una mayor apertura en el TLC para que la competitividad fluyera en todos los renglones y no sólo en aquellos en donde los norteños dominan los mercados, sobre todo los agrarios. No se hizo así y las asfixias crecieron.
Calderón, finalmente, tiene una excepcional oportunidad para intentar modificar ciertas formas aun cuando no se olviden los quistes de la verborrea foxista y aquella sentencia sobre el desempeño de los trabajos de los mexicanos en donde ‘ni los negros’ se animan a realizarlos. Bien haría el actual depositario del Ejecutivo federal en deslindarse, de una vez por todas, de manera drástica y definitoria, de un antecesor cuya sombra nada le trae de bueno… a menos que apueste por el retorno de los brujos bajo las ‘muchas faldas’, escobas también, de las ambiciones materializadas.
Ya es hora de que el señor Calderón, ante los derroteros que se avecinan, defina su verdadera dimensión histórica.
El Reto
No son pocos los observadores, situados a ambos lados del Atlántico, que igualmente sitúan a Calderón en un momento de grande importancia y trascendencia. Incluso se le observa, de cara a la inminente cumbre de los ‘veinte’ en Washington en donde se esperan las definiciones financieras para la próxima década cuando menos, como una especie de puerta para que accedan a ella algunos de los ‘no invitados’ con destacada presencia en los mercados.
Por ejemplo, el presidente del gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero, miembro del Partido Socialista Obrero Español y reacio a apoyar las injerencias bélicas ideadas por el clan Bush, buscó a Calderón para que le ayudara a encontrar sitio en la mesa dado el indiscutible peso específico de la economía de su país no sólo en Europa sino también en Latinoamérica. Dicho de otra manera, en fase de reconquista, los hispanos debieron utilizar el puente mexicano, tan dependiente de los banqueros especuladores y otros empresarios de origen ibérico, para asegurar presencia y voz en la ronda de negociaciones claves.
De rebote le llegó la representación a Felipe Calderón cuando es evidente que, por lo visto en otros foros internacionales, su figura apocada le ayuda poco para elevar el tono. Las circunstancias, sin embargo, vuelven a favorecer la posibilidad de que se anime a ejercer un liderazgo. Que sea para bien. Veremos.
La Anécdota
Cuando le pregunté a Héctor Berreyes, ex agente de la DEA por muchos años instalado en el famoso grupo ‘Leyenda’ que operó en México “Confidencias Peligrosas”, Océano, 2002 por qué, si decía contar con todos los elementos en la mano como me comunicaba frecuentemente, no procedía de lleno contra los personajes del ‘primer nivel’, dentro de la estructura gubernamental mexicana, infiltrados por las grandes mafias, sobre todo la del narcotráfico, me respondió con un aparente dejo de impotencia:
–Ésas son cosas de la política, de arriba. ¡Qué más quisiéramos que echarle mano a tantos perversos que tenemos plenamente localizados! Pero, maldita sea, la decisión es diplomática y no depende de nosotros.
Histriónico o no, ladino o no, el elemento citado demostró tener lago más que especulaciones a mano. Y así lo expuse en su momento. Por ello cada que cae un ‘capo’ célebre volteo hacia los cuadros en donde, política de por medio, surgen los reacomodos y se amplían los camuflajes.
WEB: www.rafaelloretdemola.com
Foto: The New York Times















