La Guerra del Maíz

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  • Los Buenos Señores
  • Nuestras Tortillas

A mediados de la década de los setenta, el gobierno de Yucatán se vio envuelto en un serio dilema: debía proteger la industria panificadora local, generadora de miles de empleos y de enorme tradición, situada en la encrucijada de competir con una empresa de enorme capacidad económica y con enorme influencia en los medios masivos de comunicación, la Bimbo de los señores Servitje, vistos por lo general como altruistas por sus dedicados empeños a las causas sociales.

Para colmo, los poderosos inversionistas escogieron Campeche, en donde entonces se fincaba un cacicazgo, el de Carlos Sansores Pérez, a costa de extender complicidades y cobrar “comisiones” por todo, desde permisos hasta reservas territoriales malbaratadas –de cuanto expongo tengo pruebas, por si alguien duda-, para instalar allí la planta principal aun cuando el mercado a conquistar era el yucateco al que todavía no llegaban sus productos. Por supuesto, ello entrañaba no sólo uno sino dos golpes arteros contra la economía de aquella entidad basada en los subterfugios de los acuerdos soterrados entre la fuerza económica y el poder político.

Obvio es decir que, por otra parte, el gobierno yucateco debía respetar el modelo de la libre empresa, siempre y cuando ello no significara afectar intereses de terceros, en este caso de toda una comunidad, con el basamento de una expansión empresarial apoyada por los predadores del sistema, siempre listos a obtener beneficios detrás de bambalinas. Y por ello exigió que, cuando menos, se edificara en tierra yucateca, puesto que allí se destinaría el mayor caudal de productos, la inmensa fábrica de pan. Con ello no se alterarían los derechos empresariales, aun cuando las desventajas fueran abismales con los productores locales, y se protegería, las fuentes de empleo pese a que no sería factible recontratar a todos los afectados directos por la expansión.

El diálogo incipiente se interrumpió cuando se hizo visible el contubernio y el propósito de asestar un severo golpe ala industria yucateca. Fue entonces cuando el gobernador de aquella entidad determinó un bloqueo, obviamente en ejercicio de la soberanía estatal pero contrario al modelo federal, para impedir el paso de las furgonetas cargadas con los envoltorios “del osito”. Fue un escándalo, naturalmente, que los accionistas principales resolvieron atacar, furibundos, al mandatario peninsular qe los exhibía hasta fraguar, con su cómplice Sansores -¡ay, mi querida Campeche, cómo te han saqueado!-, una tremenda campaña global de desprestigio y hasta una celada abominable –tengo documentos también- para hacer rodar la cabeza de quien les había hecho frente en Yucatán. Pero las panificadoras regionales se salvaron entonces aun cuando, poco a poco, fue imposible mantener cerradas las puertas del gran mercado del sureste para los poderosos con ánimo de desplazar a los competidores sin recursos publicitarios, porque sus expectativas eran locales además, ni redes políticas para intrigar y cooptar voluntades.

Así entró la Bimbo a Yucatán sobre la senda de las complicidades más notorias de la época durante el régimen del populista Echeverría. Luego, los señores Servitje, sin la menor sensibilidad social a pesar de su fama, han sido de los más connotados servidores del establishment para resolver, en petí comité, varias de las cuestiones y no pocos de los conflictos más turbulentos. Al buen entendedor, pocas palabras.

Toda esta historia sale a colación al constatar que, en buena medida, la guerra por el maíz, que ha disparado los precios de la tortilla a la vista de un gobierno impotente y temeroso de afectar los intereses amafiados, deviene del mismo punto afectado. Porque, los mismos personajes insisten en su derecho de comprar maíz, aunque lo arrebaten a los molineros, para competir con los productores que, obviamente, no cuentan con el capital ni las influencias para contrarrestar al poderoso consorcio de la tierna imagen. Y, como lo hicieron en Yucatán, el alegato se funda en la libre empresa sin detenerse un ápice en la importancia del producto básico en la alimentación de los mexicanos, en muchos casos el único, y que es tan sabio, por sus proteínas, que ha tenido, a través de los años, una función estabilizadora además al paliar el hambre colectiva en una nación de profundas desigualdades sociales.

En todo ello no ha reparado, sea por ingenuidad o complicidad, Felipe Calderón, quien insistió en que la carestía se debía a la escasez cuando sucede, nada más, que han entrado a la subasta, y con privilegios, los grandes industriales, entre ellos las panificadoras más relevantes, multinacionales además como suelen ser ahora las mafias, marginando a los productores tradicionales. Por eso, explicablemente, estos no han tenido más opción que radicalizarse aun cuando los llamen irresponsables y provocadores. Defienden, en buena medida, cuanto es suyo y nada más. ¿No dicen que la tierra es de quien la trabaja, siguiendo la máxima zapatista? De la misma manera podría exaltarse que el maíz es de quien más lo requiere para sobrevivir y no para los ambiciosos que aumentan sus caudales a costa de provocar el caos entre los de menos recursos.

¿Sabe todo esto el señor Calderón? Estoy seguro que sí. Y, sin embargo, su actitud es francamente desdeñosa bajo el pretexto de la incontrolable violencia que le obliga a ir de un sitio a otro para mostrarse histriónicamente sereno. La música la lleva por dentro.

Debate

La historia de la carestía del maíz y la tortilla coincide con la geopolítica de las complicidades. Como en casi todos los renglones de la vida productiva nacional. Pero, además, en este caso es relevante el hecho de que sea garante para el pago de facturas electorales en un escenario contaminado por la resistencia del presidencialismo caciquil y, al mismo tiempo, paradójicamente, la vulnerabilidad de la propia figura acotada por sus pecados de origen.

Durante el régimen de Adolfo Ruiz Cortines, cuya veteranía le impulsaba a preguntar si los mexicanos querían tener en el poder a un presidente o a un semental, éste exaltó a la tortilla como punto de equilibrio y decía que un mandatario se devaluaba si ésta se encarecía. Y había razón para ello por el papel del producto como gran contenedor de irritaciones públicas. Sin el maíz, desde luego, los estallidos habrían llegado con excepcional fuerza a los escenarios de la demagogia populista y a los de la supuesta renovación tecnocrática que depauperó a los mexicanos.

Por ello, muy en su papel, Echeverría ubicó a la industria de manera preferencial y como elemento sustantivo de “interés social” para preservar precios y coberturas manteniendo los mercados estables. Desde luego los subsidios sirvieron para atemperar presiones políticas y electorales tras los actos de barbarie, en 1968 y 1971, que desmadejaron a varias generaciones de jóvenes mexicanos deseosos de modificar los escenarios.

Pero llegaron los niños de Harvard, al impulso de los sabios del neoliberalismo que se desentendieron de las cargas sociales, y Carlos Salinas derogó los decretos proteccionistas destinados a garantizar los precios del maíz y la distribución del mismo. Alegó que así se combatían monopolios y subsidios en aras de una economía más sana… para los grandes consorcios privados. Y, desde luego, elevó la simulación al manejar la llamada “canasta básica”, supuestamente manteniendo los llamados precios de garantía cuando en realidad se trataba de eliminar de ella los productos en alza y expandir los espejismos. Esto es si el bolillo subía de costo, sencillamente desaparecía de los anaqueles y aparecían teleras, con dos gramos más, a un precio “más acorde” con la especulación. Una burda maniobra para intentar ocultar la verdad sobre carestía e inflación al tiempo que se anunciaba la reestructuración de la deuda externa y el consiguiente saneamiento de la economía nacional.

El punto final lo puso el gran simulador Zedillo, quien, de plano, desmanteló a la CONASUPO, retiró todos los subsidios y canceló el acuerdo de control de precios, precisamente en 1999, en vísperas de su gran traición a favor de la derecha política que todavía le sigue rindiendo la pleitesía de la impunidad. Otra vez, a buen entendedor…

El Reto

Con Calderón las presiones se recrudecieron. Por ello afirmó, ante la Cámara Nacional de la Industria de la masa y la Tortilla, que había escasez de maíz y que contaba con “miles de puntos de ventas” para contrarrestar lo que él considero un chantaje de los productores de toda la vida. Sí, desde luego: las coberturas eran las que la poderosa e intocable Bimbo, de los “altruistas” Servitje, podría ofrecerle con tal de entrar a este mercado, desplazando a la infraestructura popular y fijando los precios a su albedrío sin importar las carencias de quienes menos tienen.

Si a lo anterior aunamos la considerable reducción de las remesas de los indocumentados, que se estiman bajarán en más de un diez por ciento, algo así como en dos mil 500 millones de dólares, no se requiere ser un analista experto para augurar un severo sacudimiento social bajo el peso, además, de la crisis recesiva mundial. Los estallidos por hambre, no lo olvidemos, suelen ser los más complejos y prolongados. Ojalá que los señores del Palacio Nacional leyeran un poco más sobre la historia de las revoluciones.

La guerra del maíz sólo puede perderla la comunidad nacional si, por desinformación, pereza o hastío, se dejan las cosas en el nivel, insisto, del pago de facturas. Los Servitje, entonces, tendrán más recursos y los mexicanos contarán con menos tortillas sobre sus mesas.

Hasta este punto nos está arrojando la demagogia.

La Anécdota

Hace poco en San Sebastián, en el corazón del País Vasco, le preguntaron al cineasta genial Woody Allen, sobre si en el paraíso de la gastronomía vasca se había dado el lujo de comer uno de los platillos esenciales de la cocina española: la tortilla de patatas. En nuestro país podríamos llamarle “omelette con papas” pero mis amigos hispanos no lo perdonarían jamás.

Woody, muy en su papel de agasajado, levantó las cejas desproporcionadamente y replicó con el esbozo de una mueca que aparentaba sorpresa:

–Pero, ¿acaso las tortillas no son mexicanas?

Y lo son, sin duda alguna, al grado que deberían patentarse como parte del patrimonio culinario nacional. Lo curioso es que algunos europeos no les encuentran sabor hasta se permiten ponerles azúcar para endulzarlas y comerlas como si de un postre se tratara. Absurdo, pero mejor. Así no tenemos el riesgo de compartirlas como sucede ya con el jamón serrano que los chinos reclaman para ellos. ¡Los lamentos son cada vez más sonoros entre los españoles que siguen las rutas del olfato!

WEB: www.rafaelloretdemola.com

Foto: Gustavo Guillermo Perez Alias Madgus

Esta anotación fue escrita el Thursday 09 de October, 2008 a las 2:28 pm por Rafael Loret de Mola y está clasificada dentro de: Desafío, Nacional, Política.

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