- Democracia Criticada
- Duquesa y Caravanas
En la perspectiva actual no pocos observadores asumen que las monarquías operantes son más simbólicas que efectivas considerando el incontrovertible hecho de que el peso de los gobiernos lo tienen, en la mayor parte de los casos, los presidentes y los primeros ministros aunque a veces se confunden las funciones de éstos.
Por cierto, hace unos días, con motivo del primero de los debates entre los aspirantes a la Casa Blanca, el demócrata Obama resbaló al referirse “al primer ministro español”, cuando en realidad se trata del presidente del gobierno, para exhibir la torpeza de su adversario McCain al no definir si era o no su aliado. En cualquier caso es evidente la supina ignorancia de sendos personajes en materia de política exterior.
En la misma línea, los Príncipes de Asturias, los simpáticos Letizia y Felipe –los coloco en ese orden por caballerosidad aunque se contradigan los formatos protocolarios-, visitaron México y recibieron “honores de jefe de Estado”. Desde Madrid, la casa real manifestó que los herederos al trono llevaban la representatividad del Estado español y por ello debía dispensárseles el trato señalado lo que equivaldría a suponer que si el presidente de México designa a la señora Canciller, Patricia Espinosa Cantellano, o a cualquier otro funcionario, para alguna misión oficial en el exterior, la dama en cuestión debe ser recibida con los honres dispuestos para la investidura de los jefes de Estado. Como no es así, la pregunta es por qué entonces se privilegian a las monarquías y sus usos a costa de discriminar a las repúblicas.
Los protocolos, cabe agregar, no pueden imponerse de manera unilateral, esto es por parte de una nación para que otra los acepte. Sin embargo, suele ocurrir que la vulnerabilidad extrema de los países no integrados al triunfante “primer mundo” obligue a asimilar algunas costumbres ajenas de los poderosos aun cuando ello conlleve una actitud sumisa que contradice el concepto fundamental de soberanía nacional, esto es del poder que no reconoce a ningún otro superior.
Defender lo anterior, mediando por ejemplo la célebre Doctrina Estrada a favor de la autodeterminación de los pueblos y el principio de no intervención, ha sido uno de los pilares sustentables de la política exterior mexicana, sobre todo antes de lo desplazamientos del neoliberalismo faccioso empeñado en la globalización para asegurar con ello la preeminencia del gran poder universal, el de la Casa Blanca, desde donde se dispone hasta el tratamiento de las crisis universales generadas desde Washington y Wall Street.
Cuando el presidente Bush señaló a México como escenario para su primera visita de Estado, en febrero del convulso 2001 al que dio sello el terrorismo islámico, su intratable séquito dispuso una serie de medidas para garantizar la seguridad del personaje sobre nuestro territorio desde su aterrizaje, en León, Guanajuato, luego de haber iniciado la primera de las operaciones destinadas a mermar al “enemigo número uno”, entonces Saddam Hussein, a costa de bombardear Bagdad. Todo cuanto sucedió en el rancho de los Fox –cuando él todavía no coronaba a ella-, fue simple escenografía para retratar a un belicista mandatario ansioso de invadir y retomar la senda guerrera de su padre.
Además de ello, fue notorio que los custodios de Bush impusieran al presidente mexicano, en su jurisdicción, vamos y en su casa, condiciones ofensivas para la jerarquía institucional tales como la exigencia de que, tras decepcionar a su invitado, se transportara en el automóvil de Bush, traído ex professo, y utilizara la parafernalia de la Casa Blanca. Gracias a ella, por supuesto, tuvo pretexto para dotar a su rancho de San Cristóbal de los sistemas más sofisticados… aun cuando no podría precisar si tales proveyeron también al calculador espionaje de los norteños vecinos. Con los antecedentes conocidos ésta es más que una especulación febril.
En la misma línea, aun cuando sea más discreta la operatividad, el gobierno mexicano reconoció a los Príncipes, muy corteses y comedidos siempre además de sencillos –la conducta impecable de ellos no está a discusión-, como si se tratara de jefes de Estado aun cuando tal jerarquía recae en los Reyes, los padres de Felipe y suegros de Letizia, quienes no han abdicado ni piensan hacerlo en el corto lapso. No hay ninguna noticia al respecto ni siquiera por los rumores acerca de algunas desavenencias de la pareja real tapadas por el talento y magistral conducción de la soberana, Doña Sofía.
Entonces, ¿por qué se alteran las formas y los sustentos por la sola exigencia, desproporcionada en cuanto a territorialidad, de la casa real española? Insisto, tal no es recriminación a los protagonistas directos sino a quienes fraguaron imponer una representatividad mayor a la que de verdad ostentan los herederos. Y no se trata de comerse el pastel antes de tiempo, en materia de asunciones monárquicas, sino de situar el contexto en su justo medio sin las precipitaciones habituales de los diseñadores de imágenes.
Si no nos parece razonable que al Rey de España, más allá de sus atributos políticos incuestionables, se le otorgue trato preferencial durantes las sostenidas Cumbres Iberoamericanas, cuando sólo ostenta la representación del Estado y no la del gobierno español, esto es la mitad exacta de la jerarquía de los presidentes latinos que comparten mesa, mucho menos que se adelanten los tiempos para exaltar a los Príncipes cuyas misiones son honoríficas aun cuando acudan, él sobre todo, a las unciones de los mandatarios de todos los colores.
No es nada más que una anécdota sino un reclamo por la formalidad jurídica.
Debate
A los monárquicos les encantan las ceremonias y el glamour que suele acompañar las investiduras reales y a las testas coronadas. Y, aunque nos pese, los cuentos de hadas, que siempre incluyen figuras de príncipes galanes y reyes adustos y generosos, contribuyen a dotar a tales personajes de un halo de ensoñación. Los títulos deslumbran tanto que no han sido pocas las controversias históricas provocadas por alcanzarlos como signos del poder terrenal.
A lo largo de la vida independiente de México, desde la proclamación de 1821 a la fecha, dos veces se a intentado dotar a México de la condición de “imperio”: primero, con Agustín de Iturbide, quien perdió el piso apenas encabezó al ejército trigarante que finiquitó al virreinato, y después con Maximiliano de Habsburgo, el enajenado de Miramar, a quien convencieron los traidores a la patria mexicana para que ocupara un trono inexistente con tal de aplastar a la República juarista. No son, desde luego, episodios para enorgullecer a nadie salvo a los obcecados.
No ha sido así en España en donde las dos etapas marcadas por sendas y efímeras Repúblicas se tiñeron con sangre por la imposibilidad de conciliar ánimos exaltados y diferencias ideológicas insuperables en una nación en donde el poder del clero, con brillantes representantes, y la luminosidad de los intelectuales de izquierda contrastan a cada rato. Los autócratas, naturalmente, han basado buena parte de su fuerza en el respaldo de la Santa Sede que extiende la aureola de la devoción hacia sus representantes intocables. Todavía hoy, con motivo de la revisión histórica –la memoria como le llaman-, las altas jerarquías eclesiásticas filtran y sostienen severas acusaciones contra el bando republicano, por sus excesos represivos, para contrarrestar así la cruzada socialista destinada a exhibir las tremendas afrentas de la dictadura.
Con este diferendo se entretienen los españoles de hoy quienes, además, en su mayoría, no niegan el papel trascendente del monarca, Juan Carlos I, en la dura transición que devino a la muerte de Franco en 1975. Sin la cordura de este personaje, que signó la suerte de la democracia a favor de ella, España quizá hubiera vivido una nueva y devastadora guerra civil porque los bandos intransigentes perviven el los corazones de sus hijos, muchos de ellos dolidos por las afrentas recibidas por parte de uno y otro bando.
Y es así como se pudo proclamar la permanencia de una monarquía…democrática. Sin que ello, naturalmente, implique contradicción.
El Reto
En México, en cambio, vivimos atorados… por una democracia que no acaba de nacer. Imaginemos a una mujer preñada que, a los nueve meses de gestación, se le dijera: “aguante usted otro tiempito, no sabemos cuanto, para dar a luz”. Pues así está la sociedad mexicana en estado de indefensión, lo mismo en materia política que en cuanto a la seguridad colectiva. Con la soga al cuello, vamos, mientras el gobierno, acotado, se lava las manos y se deslinda.
En esta línea, el presidente consejero del Instituto Federal Electoral, Leonardo Valdés Zurita, sostiene que el mal, es decir cuanto descompone al modelo vigente, estriba en las descalificaciones de distintos sectores a los procesos electorales. Su confusión es enorme: si las desaprobaciones se dan es porque no se modifican las reglas del juego ni se limpian las galeras de la alquimia. Si se tratara de asegurar la credibilidad en los actores y rectores de los mecanismos, obvio es decir que se estaría buscando una reforma política integral con el mismo ahínco con el que se promueve la energética, cuando menos.
Las críticas, las que son serias y no están contaminadas por los usos facciosos, resultan de la parálisis jurídica y de la negligencia política extrema. No son caprichosas. ¿O acaso alguna evolución razonable se ha dado en pro de recuperar la extraviada voluntad mayoritaria y evitar con ello la preeminencia de los gobiernos avaladas por una decreciente minoría?
Sobran los pretextos, señor Valdés Zurita.
La Anécdota
Las monarquías esconden infinidad de secretos y no sólo de alcoba. Hace poco, en la Universidad de Alcalá de Henares, se discutió sobre algunas figuras relevantes de la aristocracia hispana y se llegó a juicios como éste:
–La Duquesa de Alba, Cayetana, cuenta con títulos nobiliarios superiores a los de los Borbón que mantienen y representan la Corona española. Por ello suelen esquivarla los Reyes porque, de acuerdo al protocolo, tendrían que inclinarse ante ella.
Un absurdo casi tan grande como el de suponer que los herederos ya son jefes del Estado español. Por cierto, de acuerdo a la leyenda, la antepasada de la Duquesa, andaluza y taurina por antonomasia, fue quien sirvió de modelo a Goya para sus célebres cuadros de “Las Majas”, expuestos en el Palacio del Prado, en la capital española.
WEB: www.rafaelloretdemola.com
Foto: Glam.com
















October 6, 2008 a las 3:31 pm
Calderón ha resultado un fiasco.
Entreguista y agachón con los extranjeros e inepto y autoritario con los nacionales.
La doctrina Estrada debía llamarse “La doctrina de la avestruz”.