- De los Muertos
- Duro Encuentro
Cuatro décadas sin justicia. Tan solo la patética exhibición de Luis Echeverría, con el rostro desencajado a la salida de la Fiscalía Especial pero sin haber pisado la cárcel por su edad, es el saldo de una justicia tardía, inoperante y lineal en cuanto al seguimiento de las consignas. Si por antigüedad se trata los “delitos del pasado” habrán de quedarse impunes al tiempo que los predadores recientes, muy orondos, mantienen espacios y presencia dentro de una sociedad amnésica y voluble.
Hace cuarenta años, sí, la matanza de Tlaltelolco no marcó únicamente a una generación de estudiantes mexicanos sino a las que vinieron después y debieron aceptar el estado de cosas para poder cubrir sus carreras académicas. A golpes de tanques y de sostenidas refriegas contra la libertad de expresarse, reiteradas además en el deplorable “Jueves de Corpus” de 1971, millones de jóvenes bajaron las cabezas durante varios lustros, impotentes ante la recreación del presidencialismo autoritario y la pérdida sustantiva de la fuerza de convocatoria que impulsó a un movimiento truncado por la fuerza y difamado por las versiones oficiales.
Pese al tiempo transcurrido no puede precisarse el número de muertos ni los daños sociales derivados del colapso. Todos se lavan las manos en este renglón. Y, curiosamente, algunos de los mayores protagonistas, como el legendario Fernando Gutiérrez Barrios y el ex regente Alfonso Martínez Domínguez, murieron oportunamente, esto es cuando el agua de las denuncias les llegó al cuello. No rindieron testimonios y el segundo no contestó el cuestionario de la Fiscalía tendiente a determinar su grado de responsabilidad en la amarga y cruenta jornada del 10 de junio cuando los “halcones” llegaron al extremo de rematar a los heridos en los hospitales “por órdenes superiores”. Tampoco las evidencias al respecto han merecido el rigor de la justicia.
En 1968, insisto, la represión dejó casi sin alientos a la sociedad. Y lo que quedaba de ellos se diluyó tres años más tarde. Los hechos hablan por sí solos aun cuando se plantee que el golpe fue tremendo contra la estabilidad del viejo régimen. ¡Pero si habrían de pasar treinta años antes de que se produjera la primera alternancia que, además, casi no modificó las fórmulas recurrentes de la impunidad! Han mentido todos, pero especialmente quienes se propusieron como adalides del cambio en 2000 y no han sido siquiera capaces, a ocho años de distancia, de la menor revisión histórica.
Los mismos rostros, los mismos predadores. Como si nada hubiera pasado, ni el genocidio de la Plaza de las Tres Culturas ni la cruzada fervorosa para derribar el carcomido muro priísta. La historia parece detenida en los oscuros pantanos de las complicidades intergremiales que asfixian las buenas intenciones y demuestran que la continuidad en la administración pública es el elemento central de una derecha acotada, temerosas e incapaz. No es que no sepa gobernar; más bien sus representantes no se atreven a hacerlo por miedo.
No es desproporcionado apuntar que la impunidad reinante, resistente, vergonzosa, es el antecedente inevitable de cuanto nos pasa ahora, sobre todo cuando percibimos el avance de la violencia a la par con el deterioro de las instituciones, comenzando con la presidencial, bajo una presión que las rebasa. La impunidad, claro, ha posibilitado la reincidencia porque blinda a los ejecutores y autores intelectuales de la barbarie. Y los “padrinos” de rostros ocultos siguen maniobrando a sus anchas, observando a sus mejores adalides debatirse en el Congreso mientras el titular del Ejecutivo federal se rinde ante el poder militar y saca las manos.
A ocho lustros de distancia, para zozobra de los mexicanos, los escenarios no son mejores. Aquella terrible sentencia de Gustavo Díaz Ordaz cuando, al ser designado embajador de México en España por José López Portillo en 1977, incordió a los reporteros de la fuente, alegando:
–De lo que estoy más orgulloso es del año de 1968 porque me permitió servir a México. Gracias a ello usted, muchachito, puede hacer las preguntas que hace…
Hasta este punto llegamos. Esto es, la defensa de quienes excedieron sus funciones y no se detuvieron en el derramamiento de sangre. A cambio, algunos de los dirigentes del movimiento tuvieron cargos, curules, escaños y partidos para entrar al carril de la madurez política. Otros optaron por salir adelante fuera de los focos del poder. Ninguno olvida si bien no han podido, siquiera, superar las diferencias entre ellos para conocer, de firme, una versión compacta de lo sucedido. Más bien unos y otros, torpemente y haciendo el juego a los relatores oficiales, se lanzan descalificaciones.
Dicen que México es así. Una masa informe de mexicanos que se acomodan a los hechos para sobrevivir con los menores agobios posibles. Y muy olvidadiza, además. A Echeverría, por ejemplo, le encanta llenar sus antesalas con vendedores de antigüedades y otros enseres. Para lucirlas, demostrando que sigue vigente aunque sea hacia dentro de su residencia de San Jerónimo. No quiere hablar más, presionado por la historia. Y, como él, los demás integrantes de batallones y fuerzas paramilitares que se encaramaron sobre los edificios con vista a la Plaza de las Tres Culturas. Ni los vídeos que evidencian los operativos de la muerte han modificado los criterios dominantes. Y ya pasaron cuarenta años.
Debate
Una de las claves para descifrar los supuestos enigmas de la violencia creciente es, sin duda, la preeminencia de la impunidad como gran sostén de las alianzas soterradas y las transiciones políticas. Gracias a ella, los ex mandatarios han gozado sus retiros tan solo incómodos por las intermitentes voces que los denuncian sin la menor esperanza de ser escuchadas. Y también, en la misma línea, los reacomodos pueden darse sin estridencias ni sacudimientos severos apostando siempre por la proverbial amnesia colectiva.
No por otra cosa, pese a la cacareada alternancia, los grandes predadores del pasado no sólo no han sido siquiera molestados a causa de sus sonoras desviaciones sino que se dan el lujo de mantener a algunos de sus más importantes representantes maniobrando políticamente, incluso con fuero constitucional, para asegurar el buen curso del grupo afín. Es la concatenación de estas parcelas dominantes, las mafias como las he llamado mucho antes de que López Obrador las calificara igual, lo que asegura la dolosa perspectiva de la continuidad, el antónimo de cambio.
Cuando Felipe Calderón subrayó su alianza, más bien complicidad, con la poderosa “novia de Chucky”, y colocó a los mandos militares, de los que era ajeno antes del primero de diciembre de 2006, en el ojo del huracán, supuestamente para perseguir a los grandes capos cuando éstos infiltraron desde hace tempo la estructura del ejército, supimos que su pretendida intención de legitimarse había nacido muerta, sin sustento ni futuro. Luego la incorporación de sus incondicionales, de manera caprichosa además, a los altos cargos del gobierno –sobresaliendo la designación de Juan Camilo Mouriño como secretario de Gobernación-, confirmó nuestras sospechas. No podía funcionar un gobierno a golpes de chantajes y facturas por pagar.
Pero ello también es consecuencia de la tremenda descomposición social que derivó del genocidio bajo el peso, claro, de la impunidad. Ni siquiera se ha admitido, de una vez por todas, la historia verdadera de lo sucedido. Hay jirones por aquí y por allá pero sin consistencia ni amalgama. Y es esto lo que no puede admitirse. Soslayar lo ocurrido, por otra parte, alienta la reincidencia de los facinerosos, de ayer y hoy, agolpados en las funciones públicas y dispuestos a derrotar a quienes, de verdad, se proponen modificar las cosas. Colosio fue un ejemplo extremo.
México entero sigue preguntándose por qué estamos sobre los polvorines de la violencia incontrolable. Pensemos en 1968 para comenzar a desenredar la trama.
El Reto
Es curioso, cuando surgió el PRD con el ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas y Porfirio Muñoz Ledo como grandes pivotes, no faltaron quienes señalaron al ex presidente Echeverría como quien movía los hilos por fuera del nuevo partido. El rumor creció como consecuencia de la antigua afinidad de Muñoz Ledo con el ex mandatario, al grado de que, en la década de los setenta, cuando Porfirio se desempeñó como secretario del Trabajo y luego dirigente nacional del PRI, era visto como el alfil del grupo echeverriano.
Cuando menos es curioso el referente histórico cuando ahora, en el PRD, Muñoz Ledo comparte protagonismo con algunas de las figuras del movimiento estudiantil de 1968, por ejemplo Pablo Gómez, gran ideólogo dentro de los grupos parlamentarios perredistas, y asume posiciones distintas a las de otros tiempos. Las mutaciones partidistas, ni duda cabe, sirven perfectamente para adormecer la memoria general y romper con los hilos conductores de los propios traspiés ideológicos.
En esta perspectiva, sería estupendo que los viejos protagonistas, en ejercicio de cargos públicos, se animaran a debatir sobre los roles jugados por cada uno de ellos en aquella época turbulenta. Siquiera eso en ausencia de memoria histórica y de voluntad política para esclarecer cuanto sucedió por efecto del autoritarismo presidencial y sus correlaciones con los mandos militares que cobraron caro por su fidelidad. Abundaremos.
La Anécdota
Siempre recuerdo, en estas fechas, a Sócrates Campos Lemus, uno de los más relevantes miembros del Consejo Nacional de Huelga, a quien han difamado, pese haber estado en la prisión de Lecumberri, no pocos de quienes se escondieron para evitar la represión oficial. Él me confió cómo fue, tiempo después, su encuentro con el ex presidente Gustavo Díaz Ordaz:
–Don Gustavo era asiduo jugador de golf y una tarde coincidí con él –contó Sócrates-. Yo sabía de sus rutinas y quise verle la cara. Cuando llegó, se acercó a mí y me saludó con extremada cortesía: “Me alegro verlo –dijo- y espero que podamos ser amigos”. Me desconcertó por un momento y luego le di la mano, como si nada hubiera pasado entre nosotros.
Tiempo después, el propio Campos Lemus calificó a Don Gustavo:
–Sin Tlaltelolco hubiera sido un gran presidente. Pero la historia no podrá perdonarlo.
WEB: www.rafaelloretdemola.com
Foto: BBC















