Jugando con Fuego

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  • Gritos y Desfiles
  • Valle de Víboras

¿Cuándo años tenemos los mexicanos entre el fuego cruzado de las provocaciones sectarias? Se difama a la democracia por ello sin entender que es su antítesis, la demagogia, el modelo aplicable a los sectores en pugna cuyas intolerancias mutuas mantienen la parálisis gubernamental y parecen justificar la intromisión de los cabilderos de fuera listos a proteger y ampliar los intereses multinacionales. Y a ellos les hacen el juego los postulantes de la obcecación partidista, que no ideológica de derecha, izquierda y centro. En medio está la ciudadanía, despeñándose.

Los líderes, o quienes dicen serlo, alegan que sus adversarios son los causantes de todos los males sin establecer siquiera el menor acto de contrición ni autocrítica alguna. Bueno, salvo cuando riñen entre ellos, sea desde bandos distintos o al interior de sus propios grupúsculos sin evitar extender hacia la sociedad las malquerencias que devienen de la soberbia. Unos y otros, cada quien en su circunstancia, estiman ser los redentores merecedores de la credibilidad pública incondicional. Esto es: no se preocupan por convencer sino por reclutar ingenuos.

El colmo es que ahora, cuando los órganos estatales contaminados han sido rebasados, se subraye la responsabilidad de la sociedad en su conjunto en cuanto a la descomposición general pretendiendo con ello aminorar la carga de las condenas contra gobernantes y disidentes incapaces de servir siquiera de contrapeso, ahogados por chantajes mutuos y negociaciones soterradas. Una y otra vez los hemos señalado mereciendo tan solo la desdeñosa aplicación de que somos viscerales. Lo profundo y serio, de acuerdo al criterio oficial en boga, es conservar intacto el sagrado derecho a aplaudir, sin chistar, al dirigente de las preferencias. ¡Pobre de aquel que disienta!

En esta trampa hemos caído, eso sí, a golpes de manipulaciones. Hemos dicho, igualmente, que la mejor arma para quienes inducen conciencias y las reducen al pobre escenario de las disputas sectarias es, desde luego, la desinformación. Una sociedad que se muestra hastiada o ahíta conforma el escenario ideal para el sostenimiento de una clase política especuladora y ruin. La que tenemos, sin eufemismos, por obra y gracia de un sistema cuya tendencia es hacia la exaltación de los mediocres a costa de suplantar el talento. Porque ya hace mucho tiempo, debemos decirlo, que los “mejores hombres” se alejaron de los cargos públicos, acaso repudiados pero también asqueados por la preeminencia de los vicios insondables cuyo asiento es, claro, la complicidad.

Este es el numen del drama mexicano en la perspectiva actual. No hay gobierno, o no la hay cuando menos efectivo, porque la comunidad ha sido capaz de asimilarlo todo, desde saqueos impunes hasta engaños transexenales –no transexuales, por favor, aunque también cabría examinar a los transvestidos políticos que cruzan por todos los partidos y todas las ideologías-, validando, cada vez más, cuanto desconocen a fondo. Así ocurrió durante los comicios de 2006 en los que no hubo un solo prejuicio sin cabida en el palenque de la polarización colectiva. Todavía no asimilamos los daños y ni siquiera se ha hecho un recuento cabal de los mismos.

Los liderazgos se frustran por el excesivo y ponzoñoso protagonismo. Pocos, muy pocos mexicanos han podido sobreponerse al virus de los mesiánicos que se inocula a través del servilismo de quienes medran a la sombra del dirigente. Cuando alrededor de un “líder” no hay nadie capaz de negarse a una instrucción, así sea descocada o torpe, ha llegado la hora de hacer un alto y reflexionar sobre ello.

El presidencialismo autoritario, por cierto, abrevó en las mismas infectadas fuentes: omnipotencia en un polo, disciplina en el otro. Y el mal se extendió a todos los cuadros dirigentes del país. He aquí el origen de los males sin que nadie se atreva a proponer correctivos. Se supone, y no sin acierto por cierto, que la única manera de prosperar en política es la lacayunería de muy baja condición.

Mienten cuantos insisten en que la crispación, generada por el desaseo de los comicios federales de 2006, ya está superada. No es así y salta ello a la vista: con cualquier pretexto, a la mínima oportunidad, vuelve a saltar la liebre para encender los ánimos de los cazadores de deslices y errores. Lo malo es que apuntan hacia la sociedad en estado de indefensión para volcar sobre ella las consecuencias.

Produce un profundo escozor reconocer los hechos en un análisis desapasionado. Esto es, sin inducciones partidistas de por medio. Este columnista, como un ciudadano más, también tiene preferencias políticas y pretende mantener firme sus convicciones. No obstante mantengo, o lo intento, el sentido de la objetividad, pilar del periodismo independiente. Y me dejo al lado del teclado mis propias simpatías. Pueden los lectores amables estar seguros de ello: no encontrarán en mí inducción alguna para reclutarlos a favor de alguna causa; entre otras cosas, claro, porque yo me niego a ser incondicional o servidor rastrero de alguna de ellas.

Para mi fortuna, con el tiempo, he ganado el derecho de expresarme como me da la gana, esto es sin recovecos ni dedicatorias específicas. Por esta razón estas críticas suelen ser terriblemente incómodas para los “juiciosos” adoradores del establishment, de un lado y otro de la mesa. Esta es, de verdad, la única garantía que puedo ofrecerles. (Respondo así a cuantos se preocupan por ponerme sellos y se confunden terriblemente en el empeño).

Mirador

La historia se interpone entre los protagonistas del presente. Y se anuncian dos “gritos” sobre la plancha del zócalo capitalino como si con eso se demarcaran territorios. ¿Para quiénes será el referente de “todos los mexicanos” como si sólo existieran los afines y fueran parias los adversarios? El absurdo mayor se da cuando los voceros de la izquierda aseguran que ellos terminarán “su” ceremonia a tiempo pero no pueden hacerse responsables de cuanto hagan sus partidarios que permanezcan frente al balcón central de Palacio Nacional para escuchar el tañer de la campana de Dolores, la de a de veras dicen, aunque un “usurpador” sea el encargado de hacerla sonar. Sólo felonías.

Una vez más, y ya son muchas desde hace más de dos años, los ánimos se caldean sin que ninguno de los dirigentes políticos sea capaz de amortiguar el peso creciente de la violencia. Al contrario, por soberbia, echan más leña a la hoguera sin el menor agobio de conciencia. Esto es como si quisieran poseer a la historia como igualmente pretenden ser dueños del presente y sus circunstancias.

Me pareció justo, debo decirle, que hace dos años, bajo la crispación y la consiguiente frustración de millones de votantes engañados, se lograra hacer correr al cobarde Vicente Fox de la sede del Palacio Nacional en la víspera misma de la fiesta central de la patria. Con el pretexto, por cierto muy tardío, de honrar a Dolores –a donde no acudió el simulador Zedillo rompiendo una añeja tradición presidencialista-, se fue hasta la cuna de la Independencia para refugiarse del encono colectivo que estimó incontrolable; luego, por la mañana del 16, presidiría el desfile conmemorativo con el abrigo del ejército cuyos mandos dejaron muy claro que jamás arremeterían contra la población civil. El recuerdo ofensivo de 1968 y la matanza de Tlatelolco y el alma en pena de Victoria Huerta volvieron a aparecerse ante los mandos militares.

Fox se alejó de su sede arrastrando el desprestigio del demagogo que traicionó cuanto postulado de cambio ofreció para salirse con la suya: arribar a la Presidencia para cumplir así la cúspide de su apuesta en los días en que se desempeñaba como gerente de Coca-Cola y sopesaba la solidez de las multinacionales. Y cargó con la sentencia histórica inapelable.

Pero, por supuesto, ahora no caben las reincidencias rebosantes de malquerencias. No, desde luego, cuando el país es rehén de las mafias y sus desenfrenados ajustes de cuentas. La incapacidad de los falsos líderes por entender que por encima de sus apuestas políticas hay valores superiores es, sin duda alguna, la pauta que exhibe las ambiciones de los mismos y anula la verborrea de las buenas intenciones.

Para juzgarlos, no me cabe duda, basta con aplicar el sentido común sin detenernos en las torpes descalificaciones de los incondicionales tuertos.

Polémica

La soberbia socava, una vez más, al principal partido de la oposición en México. El presidente interino, Guadalupe Acosta Naranjo, y el veterano Porfirio Muñoz Ledo, quien ahora se ostenta como representante del Frente Amplio a la vera de López Obrador, guerrearon la semana anterior intercambiándose acusaciones sobre cercanías con el poder y la casa presidencial. Porfirio le dijo a Acosta que era un servidor de Calderón y éste le reviró señalando que no ha sido él quien cobrara en la nómina presidencial al servicio de los Fox como sí hizo Muñoz Ledo cuando fue señalado para implementar la “reforma integral del Estado” que fue fulminada por la demagogia.

Como cada quien se acomoda de acuerdo a las circunstancias, extraviada toda posibilidad de revisión histórica –de haberla podría, cuando menos, señalarse a los simuladores-, se vuelca contra la sociedad la acusación recurrente de haber engendrado, por omisión o desidia, a los predadores que ahora la defraudan. Sólo falta que les pidamos perdón por decreto presidencial.

Las celebraciones patrias podrían ser un buen pretexto para descorrer algunos de los velos misteriosos que se extienden sobre los héroes nacionales y sus defensores, mientras los “líderes” se descalifican unos a otros con el mayor indecoro.

Por las Alcobas

En Veracruz, el ejército abrió fuego contra una presunta banda de secuestradores hace unos días. Así se expresó en una nota informativa en pleno revuelo por las ejecuciones sumarias por todo el país, incluyendo a los decapitados en Yucatán.

El 7 de noviembre de 1991 –“Galería del Poder”, Océano, 1996-, siete agentes federales fueron emboscados y acribillados por soldados de la 26ava Zona Militar minutos después de que una aeronave Cessna, cargada de cocaína, aterrizara sobre una pista clandestina en el Llano de las Víboras, en Tlalixcoyan, Veracruz. Las investigaciones posteriores obligaron a encarcelar a los generales Alfredo Morán Acevedo, comandante de la zona referida, y Humberto Martínez López, y a cuatro oficiales más. Los primeros fueron consignados por homicidio e incumplimiento de los deberes militares.

Pese a la aparente acción de la justicia, centrada en la buena fe que demandan los tribunales castrenses, no hubo indagatorias para determinar si la negligencia extrema de los mandos señalados se debía a un contubernio, como es lógico concluir, extendido hacia los más altos niveles de las Fuerzas Armadas. Y hablamos de un hecho concreto que no da cauce para especulación alguna.

¿Hasta cuándo la superioridad política se atreverá a deslindar los serios agravios que derivan de la contaminación de la estructura militar? Hacerlo es imperativo para no seguir colocando a la Iglesia en manos de Lutero.

WEB: www.rafaelloretdemola.com

Esta anotación fue escrita el Sunday 14 de September, 2008 a las 12:00 am por Rafael Loret de Mola y está clasificada dentro de: Veneno Puro, Nacional, Política.

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