Trauma Antropológico

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  • El Síndrome Ibarrola
  • Del Fantasma Burlón

Lo del saneamiento de las corporaciones policíacas es un propósito tan viejo como el de la capacitación deportiva basada en la “excelencia” y destinada a ganar medallas olímpicas, sobre todo desde 1968 cuando la ciudad de México fue sede de los juegos XIX de la era moderna y se requería, cuando menos, no hacer el ridículo ante las demás delegaciones obviamente mucho menos numerosas. Se obtuvieron entonces nueve preseas que se festinaron como si se hubiera encabezado el ranking. Pero, eso sí, la publicidad oficial nos hizo sentir bien por haber sido “campeones de la amistad”.

Lo mismo sucedió con motivo de sendos campeonatos mundiales de fútbol con el marco principal del Estadio Azteca –único con este honor en la geografía del balompié que es, en sí, todo el universo-, en 1970 y 1986: nuestras precarias selecciones sucumbieron, apenas pasaron la primera ronda salvándose así del ridículo, al tiempo que se ponderaba la calidez de nuestro pueblo y su generosidad como anfitrión de “todos los pueblos de la tierra”. A falta de logros, sentirse centro de la atención global resulta, desde luego, confortante. Y México, sin duda, es experto en el renglón.

¿Por qué obtenemos siempre frutos exiguos en el medallero olímpico en los torneos deportivos sobresalientes? Recuerdo que hace cuatro años, en Grecia, la medalla de plata obtenida por Ana Gabriela Guevara, impulsada como ninguna otra en el mundo por gobierno e iniciativa privada –Televisa no escatimó coberturas y la entonces pareja presidencial la convirtió en uno de los iconos de la revaloración femenina-, se celebró como si hubiese tratado de una victoria con rasgos de epopeya y no un segundo lugar, muy justo y valioso sin duda pero segundo, que en otros territorios hubiera sido decepcionante.

De igual manera, cada cierto tiempo –no ahora cuando los bonos están muy a la baja-, nuestra siempre inflada selección futbolera –“ratones verdes” les calificó el extinto Fernando Marcos quien tampoco pudo, como entrenador que fue, generar en sus huestes el espíritu vencedor-, es colocada entre las primeras por decisión discrecional de la FIFA –una de las mafias legalizadas más exitosas del orbe-, aun cuando jamás haya alcanzado alguno de los títulos sobresalientes –la Copa del Mundo, la de América-, y su currículo se centre en el dominio de Centroamérica en donde, cada año, se crecen nuestros adversarios aun cuando, en lo general, carezcan de los recursos, los mimos, la capacitación e incluso las canonjías económicas y publicitarias de los futbolistas mexicanos. Para colmo, el dormido gigante estadounidense despertó ya de su letargo y ha desplazado a los nuestros bajo el peso de los malditos atavismos. A la cola.

Cuarenta años exactos después de nuestra Olimpíada, los supervivientes –como este columnista que tuvo la suerte de asistir a las ceremonias de inauguración y de clausura así como algunos otros eventos de atletismo-, observamos que nada ha cambiado, ni en la mentalidad ni en los resultados mucho menos en los encuadres oficiosos, por no decir oficiales. Seguimos en el mismo punto de las lamentaciones que sólo se subsanan cuando, de repente, surge alguien capaz de romper la fatalidad gracias a una tenacidad sobresaliente de la que muy pocos estaban enterados. Los honores, como la demagogia, se dilapidan entonces si bien algunos de los “campeones” viven después de su fugaz hazaña arropados en el lábaro tricolor y la entonación del Himno Nacional, laureles para el alma nacionalista adormecida.

Por estos pocos excepcionales los vividores se paran el cuello. Como si ellos hubieran sido los de los sacrificios y no quienes son usados como carnadas para catar recursos a favor de la burocracia deportiva cuyo garañón mayor, el ya decrépito Mario Vázquez Raña, se pavonea como si de un “redentor” se tratara, él que llegó de Galicia a la tierra prometida rebosante de “columnas de oro y plata” como las que rodean a la María Blanca de los juegos infantiles, a costa de cimentar complicidades transexenales. Debajo de él, sus adoradores de siempre; y por encima sólo el jefe del clan, Luis Echeverría con todo y sus casi noventa años.

La tolerancia y el conformismo van de la mano. Se nos vende la idea de que en nuestro país se respiran libertades aun cuando estamos atados a las manipulaciones mediáticas de un gobierno integralmente inmoral en donde las vertientes de las mafias organizadas son las que permanecen mientras pasan y se transforman los idealistas que, de vez en vez, se asoman a los balcones del poder. Vicente Fox no era, cuando arribó a la Primera Magistratura, el hombre sin carecer que optó por los amafiamientos gregarios para asegurarse su propio porvenir abandonándose a las circunstancias; ni Felipe Calderón, forjado en una luchadora familia de clase media cuya dignidad jamás les llevó a bajar la cabeza ante las impudicias políticas en su Michoacán natal, es en el ejercicio presidencial el mismo postulante rebosante de optimismo y entonadas loas al cambio democrático; el del presente es sólo un hombre acosado y cohibido ante el acecho.

Por la tolerancia y el conformismo colectivos, igualmente, se propone, cada cierto tiempo, renovar los cuadros policíacos, los políticos y hasta los deportivos sin más preseas de por medio que las anecdóticas. Quizá por ello, una vez más, registremos sólo los contados premios de consolación. Y la sociedad atestigua y hasta aplaude.

Debate

¿Recuerdan, los amables lectores, al general Ramón Mota Sánchez, designado al frente de la Dirección de Seguridad Pública en el Distrito Federal durante el régimen de Miguel de la Madrid y la regencia de Ramón Aguirre? Fue autor de la célebre sentencia para determinar el papel de la sociedad citadina ante las oleadas del hampa:

–No podemos tener a un policía detrás de cada ciudadano. Es necesario que aprendan ¡a cuidarse solos!

El remate vino después, en voz de Aguirre Velásquez, para proteger al militar y refrendar su dicho:

–Si no les gusta esta ciudad –la de México- que se vayan a busca otra.

Fatalismos de la política que, décadas después de haber sido exaltados, no han merecido sanción alguna salvo la del olvido. Pero, en cierta medida, la doctrina pervive. Por ello, claro, el postulante Marcelo Ebrard, en lisa de competir en pos de la Primera Magistratura dándole seguimiento a una estrategia excepcionalmente planeada desde las azarosas jornadas del plantón poselectoral, opta por combatir lo que le ha rebasado, la violencia urbana, mediando el sistema de recompensas, al estilo del viejo oeste.

Curioso: en los Estados Unidos, tras los atentados terroristas en Nueva York, el presidente Bush ideó la manera de asegurar el fervor colectivo inoculando el virus del miedo entre la población. Así, cada vecino se convirtió en policía para sospechar de los movimientos “extraños” de cuantos le rodean, desconfiando hasta del modo de andar. Fascismo o no, el hecho es que la fórmula impulsó al “amigo George”, como le llamaba el cuate Vicente, hacia s reelección muy a pesar del desgaste derivado por sus alientos bélicos incalificables. ¡Y ahora se queja por los excesos de los rusos en Georgia considerándolos desproporcionados! ¿No lo fueron acaso los por él ordenados en la toma de Bagdad incluyendo el artero ataque contra el hotel en donde se hallaba la prensa internacional? Todavía hoy los familiares del camarógrafo español asesinado por los tripulantes de una tanqueta norteamericana se preguntan cuanto habrá alguien que sea capaz de implantar la justicia ante la prepotencia del gigante.

Las distorsiones son permanentes, dolorosas. Y se repiten como muestra de la resistencia operativa de caciques y mandamases. No hay voluntad política de cambio sino afanes protagónicos encaminados a la conquista del poder o la conservación del mismo a costa de una sociedad inducida y, por ende, manipulable.

El Reto

Otro de los ejemplos mayores de la permanencia de los vicios la tenemos en la trayectoria política y diplomática de algunos personajes protegidos por el establishment. Uno de ellos, Eduardo Ibarrola Nicolín, designado en 2007 embajador en Guatemala tras haber ocupado cargos relevantes en la Secretaría de Relaciones Anteriores y la jefatura de la Cancillería en Washington por designación del régimen foxista, acuñó el “síndrome Ibarrola” gracias al cual se empantanaban las extradiciones de personajes de renombre –incluso mafiosos y fugitivos-,hasta que se encontraba una salida ideal: retornarlos acusados por delitos menores y sin posibilidad, de acuerdo a los tratados internacionales, de ser sometidos a otros juicios por sus faltas graves.

Así, por ejemplo, el ex regente Óscar Espinosa Villarreal, uno de las figuras claves del periodo zedillista, fue extraditado para no pisar, ya en México, la prisión luego de haber sido detenido y confinado en Nicaragua acusado por malversar 420 millones de pesos. Pese a ello, al asegurarse su retorno en México, fue absuelto de todos los cargos en su contra a pesar de múltiples auditorías que le hundían. Como este caso hubo otros –por ejemplo el de Ángel Isidoro Rodríguez “El Divino”, liberado también de las acusaciones en su contra apenas llegó a territorio nacional-, fraguados por el intocable “diplomático” Ibarrola.

Tal es, sin duda, una de las pruebas mayores de la continuidad –o el continuismo- que pervive en el sistema político mexicano: la reválida, digamos “institucional”, de quienes han hecho las tareas sucias.

La Anécdota

Hay testimonios suficientes que prueban como se dejó escapar al diputado Manuel Muñoz Rocha, señalado como uno de los autores intelectuales del crimen contra José Francisco Ruiz Massieu en septiembre de 1994, con la complacencia y la complicidad de Ibarrola Nicolín. El entonces cónsul en San Antonio, Humberto Hernández Haddad, explica que tuvo conocimiento de que dos agentes, Juan Martínez y Rodrigo Reyes, aceptaron en tribunales haber detenido a Muñoz Ledo dejándole ir luego de aprehender al abogado Enrique Fuentes León, el 19 de octubre del mismo año, menos de un mes después del homicidio político que cerró el sexenio salinista.

Luego de la aprehensión de Fuentes León –“Confidencias Peligrosas”, Océano, 2002-, Ibarrola Nicolín llamó a Hernández Haddad para amenazarlo:

–El señor secretario –de Relaciones Exteriores, entonces José Ángel Gurría-, te pide emitir un desmentido sobre la supuesta presencia de Muñoz Rocha en San Antonio.
–No puedo hacerlo –respondió Hernández Haddad-. La Corte Federal ya inició las averiguaciones. Tengo los números de los expedientes: SA94-CR516M y SA94-CR777.
–No te estoy pidiendo tu opinión. Es una orden –tronó Ibarrola-.
–Pues entonces, dile al secretario que disponga lo que debe hacer.
–¡Tendrás que atenerte a las consecuencias!

Y hasta hoy, nadie, ni los mutilados priístas ni los panistas falsarios, se han atrevido a dar un paso más. Ibarrola es embajador y Muñoz sigue siendo una especie de espíritu chocarrero. Abundaremos.

WEB: www.rafaelloretdemola.com

Foto: Lo esencial es invisible

Esta anotación fue escrita el Tuesday 19 de August, 2008 a las 2:00 am por Rafael Loret de Mola y está clasificada dentro de: Desafío, Nacional, Política.

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