
- En Tierra de Nadie
- Canciones y Narcos
A finales del deplorable sexenio de Ernesto Zedillo, el gran simulador, la Secretaría de la Defensa Nacional contaba con el registro de, al menos, cien bandas armadas distribuidas sobre veinte entidades del territorio nacional. Con la aparición del Ejército Popular Revolucionario (EPR), de perfil radical y separado del conocido EZLN por algo más que el color de las máscaras –negros los pasamontañas de los neozapatistas y rojas las pañoletas de la banda afincada en Oaxaca y Guerrero originalmente-, las precauciones se extremaron e incluso el mandatario en ejercicio temió por su vida cuando apenas cumplía su primer aniversario tras su asunción presidencial.
Recuérdese que el propio Zedillo apenas tuvo tiempo para hacer campaña proselitista –tres meses-, sobre la sangre política derramada en Lomas Taurinas. No obstante insisto en una condición peculiar de este intocable que retrata al sistema y devela las tremendas inducciones desde el poder: es, hasta ahora, el mexicano más votado de la historia con más de 17 millones de sufragios en su bagaje. Ni el carismático Fox, catapultado por el clamor por el cambio y convertido en un auténtico fenómeno de masas, pudo siquiera acercarse al caudal comicial de su predecesor y luego protegido ex mandatario. A trueque de vaivenes y traiciones, el personaje ganó la impunidad con el aval de la derecha triunfante.
Mientras ello ocurrió los grupos delincuenciales con mayor penetración pudieron consolidarse, incluso infiltrándose en la estructura militar, para operar hasta con cierto sosiego y no parecieron incomodarse gran cosa al producirse la primera alternancia. Prácticamente, Fox los dejó tranquilos cuando apuró a su gobierno a dejar que “las mafias” se fueran solas del país sopesando que ya no había espacios para ellas. La calculada torpeza del ex gobernador de Guanajuato fue como una reválida para los operadores de los cárteles que, sencillamente, se reacomodaron a sus anchas sin mayores sobresaltos. Y así, claro, la transición más compleja de la historia reciente, tras setenta y un años de hegemonía priísta, pudo realizarse sin contratiempo alguno. Nada es obra de la casualidad o de la madurez cívica de un conglomerado atado por la desinformación y las inducciones tendenciosas desde el poder.
Los antecedentes explican la versión oficial sobre los costos del combate contra el narcotráfico y otros grupos delincuenciales pertrechados fuertemente, incluso mejor que el ejército según alegan los mandos medios, planteada en términos de daños colaterales e inevitables por efecto de las reacciones de los afectados. No suena bien pero el gobierno de Felipe Calderón ha hecho de las víctimas su mejor parapeto en los foros internacionales, subrayando con ello la voluntad de no dar tregua cuando, al mismo tiempo, los reacomodos siguen dándose. Las facturas políticas pendientes de pago obnubilan las buenas intenciones de un mandatario acotado, también temeroso, ante el acoso permanente de capos y supuestos cabecillas de movimientos extremistas que extienden la industria de los secuestros y amplían con ella sus botines de “guerra”.
Cada vez me convenzo más de la pobre información que al respecto tenía el señor Calderón a la hora de iniciar su turbulenta marcha hacia Los Pinos partiendo de una incómoda tercera posición entre los aspirantes a la Primera Magistratura en el complejo entorno de 2005. Las explicaciones dadas a posteriori del desenlace conocido no son suficientes para zanjar las sospechas sobre los valores entendidos y los lugares comunes acerca de las correlaciones del poder político y los grandes padrinos cuyos rastros se pierden al otro lado del Bravo. Como están las cosas podría ser una ingenuidad creer que puede llegarse a la silla presidencial sin el menor contacto.
Desde luego, 1994 fue el año del no retorno. Colosio fue sacrificado y el panista Diego Fernández de Cevallos, durante varios meses a la vanguardia de las preferencias generales, optó por reducir actividades –aunque él lo niega con vehemencia aduciendo que sólo se le negaron coberturas informativas-, en la recta final de la desbordada contienda electoral. Si el crimen de Lomas Taurinas puede dar lugar a diversas lecturas, entre ellas la manida tesis del asesino solitario en busca de relevancia, si lo sumamos a la claudicación del abanderado blanquiazul, cuando más le arropaban lo sondeos de opinión, tal confirma la relevancia de una mano oculta dispuesta para modificar el perfil histórico del país habilitándose a un mandatario sucedáneo, el doctor Zedillo, moldeable a los requerimientos de las mafias en pugna.
Por lo anterior, no tenemos dudas, falló también el pronóstico del ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas quien, a la vista de la torpeza operativa y política de Zedillo apenas un año después de su llegada a Los Pinos, señaló:
–Quien a cada rato sufre por los traspiés acaba por caerse definitivamente.
No obstante, contra esta estimación, el doctor de marras pudo culminar su sexenio y, además, logró la protección de una derecha lisonjera que no se atrevió a romper la cadena de la impunidad pese a sus múltiples señalamientos sobre corrupción. ¿O se limpió alguna cloaca a fondo? Salvo algunas molestias infringidas al anciano Luis Echeverría, la fiscalía creada para analizar y perseguir los crímenes “del pasado” está como el día de su fundación: con los arcones vacíos de voluntad política para cumplir con las funciones que demagógicamente le fueron asignadas.
No puede extrañarnos, en contexto así, que la operatividad de las mafias vaya en aumento.
Debate
Michoacán debe verse desde un doble contexto. Impera allí el cardenismo casi como un sello de identidad y, a la vez, es cuna del actual titular del Ejecutivo federal aun cuando éste no pudo ser gobernador de su entidad –cuanto lo intentó, como abanderado del PAN, quedó en tercera posición en la lid electoral- y ni siquiera venció en los comicios que le ungieron, desaseos al canto, mandatario nacional. Felipe Calderón, sin duda, debe llevar en el alma estos reveses como Andrés Manuel López Obrador –el símil da pauta para la polémica- se subleva ante los episodios que le privaron, dos veces, de la gubernatura de Tabasco. Los extremos siempre se tocan.
El hecho es que los michoacanos han visto extenderse la violencia en los últimos años aun cuando más atrás servía de cobijo a algunas de las ramas del narcotráfico perfectamente camufladas. Sucede ahora que las vendettas, desarrolladas en todo territorio nacional, parecen haber tocado fondo en la entrañable tierra del Tata erosionando los cauces políticos, incluso comprometiéndolos, desplazando de los escenarios a los funcionarios copados. No puede descartarse, de modo alguno, una o varias interrelaciones entre el poder público y las mafias en fase de ampliar coberturas. Las ejecuciones plantean el dilema.
La importancia de la llamada “Familia”, uno de los brazos ejecutores del narcotráfico como los deplorables “zetas” lo son en otras regiones, sobre todo en el norte, recala precisamente en las conexiones soterradas entre los grandes padrinos y sus ramificaciones hacia la estructura gubernamental. Y no hablamos precisamente del contexto nacional sino de las vertientes regionales habida cuenta la resistencia de no pocos cacicazgos aldeanos que acaso son reflejo de la condición caciquil general, aun cuando se insista en que sólo se cierne a lo político, bajo el dominio de los Cárdenas.
No se trata, por supuesto, de infamar la figura histórica del Tata y sus descendientes aun cuando hay enormes diferencias entre éstos. El general está en su nicho, el ingeniero Cuauhtémoc forma parte medular de la transición hacia la democracia, y Lazarito, debutante reciente como ex gobernador, no puede aducir tener la altura ni el talento de sus antecesores. Es, precisamente, el tercer punto y el tercer personaje el que nos preocupa en el contexto reseñado sobre todo porque, para mantener ciertos equilibrios, optó por no perseguir a los mandamases locales sino aglutinarlos.
El mandatario recién iniciado, Leonel Godoy Rangel, antiguo servidor fiel de los Cárdenas, apenas exhibe talante e intenciones. Pero, lamentablemente, ya demuestra algunos síntomas de la intolerancia con la cual quienes negocian soterradamente pretenden poner distancia de por medio extendiendo sus propias cortinas de humo.
El Reto
“Familia”, “zetas”, EPR y tantos otros grupos anarquistas más, con vínculos entre sí y comunicaciones con organizaciones de largo historial criminal, como las FARC colombianas y el ETA vasco –me niego a considerar cualquier referente revolucionario en quienes basan sus estrategias en atentar contra inocentes, la sociedad misma que debiera ser intocable para cuantos proponen la democracia como salida-, siguen evolucionando a sus anchas, sin apenas presiones por parte de las autoridades sorprendidas y, digámoslo, evidentemente rebasadas.
Por hoy me detengo en “la familia” que, se insiste, ha sido mermada por algunas aprehensiones recientes. No es así, para infortunio de los demagogos. Cuando los capos caen es porque los relevos se han consumado en la mayor parte de los casos. Y, desde luego, esta organización afincada en Michoacán, casi a la par con la bellísima mariposa monarca, dice mucho de los vínculos infectados de la estructura gubernamental. No es posible soslayar las evidencias ni tapar el sol con un dedo.
Con la capacidad operativa de los Cárdenas, quienes han controlado la región durante varias décadas, ¿acaso los fieles a los descendientes del Tata no tienen forma de señalar, siquiera, los hilos conductores del tenebroso origen de los ejecutores? Concluir otra cosa sería atentar contra la inteligencia colectiva.
Ya va siendo hora de que los funcionarios estatales también aporten lo suyo sin lavarse las manos en la vasija de las ignominias. Abundaremos.
La Anécdota
Me lo contó “El Memo” –sólo el nombre es ficticio para situar a uno de los distribuidores de droga con mayor peso en la frontera-, cuando elaboraba “Ciudad Juárez” –Océano, 2005-, en una bodega de El Paso, Texas:
–La verdad es que no me interesa lo que escriban de mí. A lo mejor me gustaría que, al final de todo, me hicieran un “corrido”, como el de “Jefe de Jefes”. Sería a toda madre, ¿no?
El personaje, intocable hasta hoy, define su destino:
–A mí me matan o me “estancan”. Y mientras llega la hora, disfruto.
Palabra de narco en el México de las interpretaciones. ¿Cantamos?
WEB: www.rafaelloretdemola.com
Foto: Cinépatas














