
- Justicia, Impunidad
- Vacaciones Forzadas
Una vez me dijo Miguel de la Madrid, cuando recorría el país en una intensa campaña proselitista sin riesgo alguno de perder las elecciones presidenciales en 1982, que los mexicanos éramos muy olvidadizos porque nunca contábamos lo bueno imbuidos de un extraño, atávico pesimismo. Contestó así a las interrogantes sobre la corrupción galopante que él pretendió atajar, en sus discursos claro, proponiendo la renovación moral del gobierno y la sociedad. Cuando llegó la hora del finiquito de su régimen los niveles de inmoralidad pública habían rebasado todos los lindes.
En lo que no se equivocó fue en la propensión general a olvidar pronto las mayores afrentas. Alguna vez, Enrique Fernández Martínez, quien fuera dirigente nacional de la CNOP con la anuencia de Manuel Bartlett, el secretario de Gobernación delamadridiano, invitó al ex presidente a visitarlo en San Miguel de Allende. Los dos, sin escoltas, recorrieron la hermosa urbe colonial para comprobar, según me dijo Fernández Martínez, que ninguna animadversión existía contra el personaje a pesar de los tremendos saldos negativos por él legados al país:
–Al contrario: le aplaudían a su paso y había quien le solicitaba tomarse unas fotografías con sus familias. Fueron, todos, muy cálidos.
Pensé entonces en la diferencia abismal con algunas de las reacciones que provocó otro ex mandatario, José López Portillo, en los restaurantes de lujo del Distrito Federal a los que dejó de ir. Los comensales, de muy altos vuelos y con sus carteras repletas, ladraban a su paso para simular la jauría que debió defender al pobre peso de quienes nos saquearon de modo inmisericorde. Luego, la decisión de nacionalizar la banca sacudió a los antiguos oligarcas que jamás le perdonaron. El pueblo, los comunes, son bastante más nobles… y olvidadizos.
¿Cómo explicar, de otra manera, que el PRI se mantuviera siete décadas en el poder e influyera decisivamente a sus oposiciones al grado de asegurar el continuismo aún perdiendo la Presidencia frente a la derecha acomodaticia? Sólo gracias a la proverbial amnesia de los mexicanos o quizá también por efecto de la costumbre que exalta la ignorancia. Los historiadores del mañana tendrán, sin duda, serias dificultades para explicar que en Los Altos de Chiapas, en donde estalló el movimiento neozapatista declarando la guerra al gobierno constituido, siguiera ganando el PRI aun cuando todos los electores fueran también milicianos del ejército clandestino hasta su conversión en la única guerrilla pacifista sobre la tierra y la leyenda.
Contradicciones siempre. Cuando comparecí, el 7 de diciembre de 1998, ante la llamada Comisión de Seguimiento constituida para investigar los crímenes de Colosio y Ruiz Massieu desde sendas Cámaras del Legislativo, apunté que sería imposible desnudar la conjura que precedió al primero mientras estuviera en el poder Ernesto Zedillo:
–Todas las pesquisas comienzan, siempre expuse ante la incomodidad de los diputados-, con una pregunta: ¿quién es el principal beneficiario? Y en este caso quien tiene esta condición está en la Primera Magistratura ocupando el sitio que parecía reservado para la víctima. Lo ganó, además, casi sin hacer campaña sólo de abril a junio- y sin antecedentes políticos de ninguna especie, con el aval de 17 millones de votos, el flujo más cuantioso de la historia (hasta el presente).
Desde luego, tuve un severo error de cálculo porque la oscuridad sigue extendiéndose a casi ocho años de haberse producido la primera alternancia con la exaltación de los propósitos de cambio que, obvio es decirlo, se han quedado en mero esbozo para atraer y concentrar a los ingenuos. Porque ni siquiera ha habido el menor interés por destrabar los candados que mantienen bajo siete llaves los secretos del episodio criminal que modificó los escenarios de la vida institucional de México.
¿O acaso, al haberse producido la derrota priísta seis años después, los mayores beneficiarios de aquel asesinato ominoso fueron quienes, al fin, se quedaron en posesión de la Presidencia simulando que barren los viejos vicios heredados? La interrogante no cabría, desde luego, si constatáramos que existe, cuando menos, cierta vocación por la verdad histórica por parte de quienes insisten en seguir colocando ladrillos sobre los cimientos podridos del viejo régimen, sin solidez alguna digo, sólo habilitando nuevos colapsos. Pero no es así, claro, porque el combate a la violencia, acaso desatado por las mismas complicidades que proveyeron los magnicidios en 1993 y 1994 no olvidemos el caso del Cardenal Juan Jesús Posadas Ocampo-.
Mantener el estado de cosas, una conducta muy propia de los conservadores de todos los tiempos la franja, precisamente, en la que se sitúan quienes se mantienen, políticamente, a la derecha aunque lo nieguen como lo ha hecho recientemente, en Madrid, Felipe Calderón-, nutre a los desmemoriados y asegura mayores coberturas para la impunidad de cuantos extienden complicidades, digamos corporativas, al régimen panista que ha dejado de ser nuevo para convertirse en el cabús de la vieja hegemonía.
Las mismas caras, idénticas conductas. Por eso, naturalmente, no salimos del punto muerto.
Debate
Otra vez el símil resulta útil. Contra la marea de la indiferencia, el gobierno español insiste en aplicar la ley sobre la memoria histórica aun cuando algunos quisieran enviarla, al igual que los miles de milicianos que combatieron en la guerra civil, al enorme mausoleo del Valle de los Caídos al pie de la Sierra del Guadarrama. Pero, además, no cesó en su decisión de juzgar a los autores del bárbaro atentado del 11 de marzo de 2004 en las estaciones colindantes a la estación madrileña de Atocha y en ésta misma, aun cuando eran evidentes los riesgos por la posible reacción de los fundamentalistas. Al final de cuentas, y hasta el momento, nada ha ocurrido y quienes fueron señalados como implicados comienzan a purgar sus sentencias. Un ejemplo, sin duda, para los poderosos que no son capaces de celebrar juicios imparciales y hasta justifican las torturas brutales, como las que infringen los marines a los talibanes en Guantámano, como los consabidos daños colaterales.
Pero también, esta misma semana en Madrid, fueron juzgados los altos mandos del ejército que ordenaron el traslado de medio centenar de militares en un vuelo, conocido como el caso del Yak 42, que no pudo llegar a su destino con saldo muy trágico. Sin miramientos, han pasado por la barandilla generales y hasta ex ministros, como José Bono, el otrora responsable de la Defensa ahora enseñoreado de la presidencia del Congreso de los Diputados, enfrentados al rigor de la fiscalía y sin mella alguna para la administración socialista, ni atemperadas conclusiones por la trascendencia de los cargos que los mismos ocupan en la actualidad.
En México, claro, el fuero habría sido uno de los obstáculos aun cuando los matices políticos como ocurrió en 2005 con el entonces jefe del gobierno defeño defenestrado torpemente-, siguen imponiéndose. Y son éstos los que privan a la hora de intentar consolidar las consignas para resolver las grandes querellas pendientes. Quizá por ello, bajo el rumor de los chantajes inconfesables, no se avanza para ampliar expedientes y pesquisas sobre los acontecimientos que modificaron el perfil histórico del país. Claro, los beneficiarios de hoy no quieren remover el pasado por temor acaso a ser exhibidos así sea por sus costosas omisiones de entonces.
La rutina de la impunidad perfila, de cuerpo entero, a nuestro singular sistema y a la pobre democracia que se basa en la exaltación de la primera minoría, ayuna por antonomasia del aval de la mayor parte de los mexicanos, y en su capacidad de mantener el poder a contrapelo de una sociedad crispada pero, sobre todo, sectorizada y, por ende, pulverizada. Sea esta la explicación sobre los graves rezagos que anulan las buenas intenciones y amplían, nada más, las coberturas de los acuerdos soterrados.
El Reto
Si algún acontecimiento exhibe y demuestra la complicidad latente entre los integrantes del régimen federal actual y quienes le precedieron en la responsabilidad ejecutiva, es la negligencia evidente no hay duda sobre ello- respecto al seguimiento de los casos más escandalosos del final de la década de los noventa, incluyendo también los asesinatos de setenta y cuatro colegas durante el régimen delamadridiano, veinticuatro más a lo largo del salinato, una decena en el lapso zedillista y veintiocho ya bajo la aureola del cambio foxista. No son especulaciones sino hechos los que demandamos esclarecer.
Pero, claro, se trata de aplicar la medicina del tiempo, como la llamó el neoleonés Alfonso Martínez Domínguez, para asegurar la continuidad de la impunidad, sustento de las grandes alianzas subterráneas y elemento toral igualmente para trazar los compromisos a futuro incluyendo, claro, las pretendidas reformas del Ejecutivo en materia energética y en cuanto se proponga. No es una crítica malsana, como estereotipan cuantos no responden a lo planteado, sino una sentencia basada, insisto, en hechos incontrovertibles.
Sobre lo apuntado líneas arriba no caben réplicas ni defensas apasionadas con el calor de los incondicionales enfermos de sectarismo.
La Anécdota
Bien es conocido el motivo del primer desencuentro entre Vicente Fox, cuando comenzaba su andadura hacia la Presidencia, y Felipe Calderón, durante la gestión de éste como presidente nacional del PAN. El primero, insistía en privilegiar la praxis, esto es sin machacar en las ideologías formativas sino en la capacidad de adaptación aunque fuera camaleónica; y el segundo, postulaba que su partido no debía apartarse de la esencia doctrinaria a la que debía su perfil opositor.
Cansado, hastiado de las resistencias de la cúpula dirigente de Acción Nacional, Fox, ya gobernador de Guanajuato y saltimbanqui de la geografía nacional en busca de apoyos, espetó:
–Ya es tiempo de que la doctrina… ¡se vaya de vacaciones!
Al paso de los años, y los sexenios, ni la supuesta acción ni la teoría, ni Fox ni Calderón para decirlo con claridad, han trocado los antiguos vicios del establishment ni han corrido las cortinas de humo que se alzan, nebulosas y grises, para guarecer las grandes complicidades.
Web: www.rafaelloretdemola.com
Imagen: Mario Alberto Garduño (Maral)















