- Grave Complicidad
- Denuncia Riesgosa
La mayor prueba de que el continuismo en la política mexicana es una realidad insoslayable, esto es en sentido contrario al cambio prometido, deviene de la amplia, evidente e incluso escandalosa recuperación de los Salinas de Gortari en la sociedad mexicana aun cuando no se han disipado las sospechas sobre la presumible intervención del mandatario en los crímenes de Estado perpetrados entre 1993 y 1994 ni cuanto toca a sus alianzas estratégicas personales a favor de los intereses multinacionales y con el patrimonio nacional convertido en rehén de los grandes especuladores.
Diez años de cárcel y tres desde su liberación fueron suficientes para que las autoridades de Suiza -¿recuerdan los constantes periplos de la procuradora Carla de Ponte a México buscando elementos para confiscar los millonarios depósitos de mexicanos amafiados en su país?-, resolvieran el destino de 74 millones de dólares, cuyo origen jamás ha quedado claro como tantas otras cosas relacionadas con las inversiones del poderoso clan de Agualegüas-, depositados por Raúl Salinas, el hermano incómodo, y los miembros de su familia directa, específicamente su mujer Paulina Castañón Romo quien fuera esposa primero de uno de los hijos de Gustavo Díaz Ordaz, Alfonso, ya extinto, amparándose en el privilegio de la discreción que solía caracterizar a las instituciones financieras helvéticas aun cuando tras la Segunda Guerra Mundial hicieran el papel de agiotistas con las fortunas de la comunidad judía. El estigma les acompañará permanentemente.
Paulina Castañón, no lo olvidemos, es uno de los enlaces más curiosos de lo que suelo llamar farándula política. Desde luego sirvió de puente, aunque fuera por el cauce de la separación matrimonial, entre los Díaz Ordaz y los Salinas cuyos elementos de identidad son siempre evidentes. Y después la familia intentó extender redes: la singular María de los Ángeles Moreno, en sus días de dirigente mayor del PRI, anunció que se casaría con Bob sólo eso dijo-, entre otras cosas para silenciar los rumores malintencionados. El tal Bob resultó ser Roberto Castañón, hermano de Paulina, en esa época secretario de servicios académicos de la UNAM. Una especie de carambola pintada con el colorido de la complicidad.
A Paulina la detuvieron en noviembre de 1995, el año terrible para los Salinas el 25 de febrero Raúl había pasado por lo mismo-, cuando intentó retirar 84 millones de dólares diez millones más de los que ahora regresa Suiza-, de las cuentas privadas de su consorte en los bancos helvéticos. Procedió, además, con un pasaporte falso, como los de Raúl, lo que posibilitó la celeridad de la policía dada la irregular situación migratoria de los depositantes. Lo demás fue hilar hebras finas.
Naturalmente, mientras Raúl, quien no asimila el calvario carcelario de una década, se apresta a disfrutar de la congelada fortuna con destino claro, a diferencia de su origen jamás ha podido resolverse el enigma de la procedencia de aquellos fondos que pasaron por la residencia oficial de Los Pinos y acabaron al otro lado del océano-, no existe la menor intención de aclarar, por ejemplo, su participación, como socio e inversionista, en Televisión Azteca, cuyo accionista mayor, Ricardo Salinas Pliego, debió explicar que su desordenada oferta, con la cual obtuvo el privilegio de la concesión en una subasta francamente amañada existen pruebas suficientes para calificarla así-, se determinó gracias a la aportación de, cuando menos, diez millones de dólares que Raúl, el hermano del presidente de México entre 1988 y 1994, le había hecho.
Y a partir de este punto, el diluvio, nada menos. Con los Fox se fundó Banco Azteca y se desarrollaron más los entendimientos cordiales. Primero, a través de Elektra, la firma comercial de los Salinas Pliego, cuajó uno de los mayores negocios soterrados del consorcio: el cambio de divisas, específicamente de las remesas de los indocumentados en el exterior incluyendo aquellas que se destinan a la moderna tienda de rayas mediante ardides incalificables: se decía a quienes las recibían que el dinero sólo podrían utilizarlo si adquirían determinados aparatos eléctricos a su disposición en los grandes almacenes de la complicidad.
Todos unidos por los intereses subterráneos. Por ello, claro, pudo armarse la historia de Raúl Salinas, el sacrificado, recluido primero en el penal de alta seguridad de Almoloya y después llevado a Almoloyita en donde fue encargado de los jardines de la prisión estatal. Y Carlos, desde lontananza, insistió en que defendería su honor situándose fuera del alcance de las autoridades mexicanas aun cuando los emisarios de la Procuraduría General viajaron a Dublín para tomarle declaración ministerial al ex presidente sin que se divulgara una sola línea de la misma. Eso sí, el personaje no cesó de llamar al primero de los procuradores de Zedillo, el panista Antonio Lozano, para inquirirle:
–¿Van a venir por mí? Dígamelo de una vez…
Una y otra vez, Lozano negó que hubiera elementos para ellos aun cuando, en declaración que me formuló en 1995, insistió:
–Estoy seguro de que el asesinato de Colosio fue un crimen desde el poder… pero no necesariamente imputable al ex presidente Salinas.
¿Y a quién más si, como sabemos, el ex mandatario de referencia ejerció el presidencialismo autoritario sin otro símil que el de Díaz Ordaz?
Debate
Las indefiniciones patológicas de las administraciones panistas ya tienen carga histórica. No se puede habla del pasado para referirse al priísmo hegemónico cuando es necesario, primero, hacer cuentas de los rezagos de los regímenes de la derecha. Hay entidades en donde el PAN ha gobernado por más de tres lustros y en las que ya no cabe la cantaleta del pernicioso pretérito como estigma contra el antiguo partido hegemónico. En Jalisco lo tienen muy claro: allí dicen los observadores-, el PAN comenzó a actuar como el viejo PRI, corruptor y mafioso, y éste asumió el papel del antiguo PAN, rebelde y perspicaz. Sólo es cuestión de reordenar las siglas para tasar las atávicas costumbres del poder en una interrelación francamente perniciosas.
Y tal se evidencia todavía más cuando los clanes del pasado, como el de los Salinas, vuelven por sus fueros sin haberse siquiera deslindado de sospecha alguna pero asegurándose la efectividad de la amnesia colectiva al amparo de ciertos medios de comunicación digamos afines al grupo en cuestión o definitivamente a las órdenes del mismo. No olvidemos que en este renglón, Echeverría y Salinas cobraron auge atrincherándose uno contra el otro en una batalla intestina del priísmo infectado por la penetración de mafias, cárteles y otros grupos delincuenciales.
En este contexto es menester registrar la generosa devolución de los fondos del escándalo, desde Suiza nada menos, sin que se haya resuelto el fondo de la cuestión que dio origen al tremendo diferendo político. Pongámoslo de manea más clara: si Raúl Salinas fue siempre inocente, ¿cuándo comienzan las pesquisas para determinar las responsabilidades de Zedillo quien ordenó lincharlo acaso para evadirse de las dudas sobre la presunta conjura para asesinar a Colosio, primero, y a Ruiz Massieu, después?; y si no lo es, ¿entonces por qué se le facilitan las cosas cuando el gobierno de Felipe Calderón, todavía seriamente cuestionado, requiere de apoyos corporativos mayores como sólo pueden dárselos los clanes de referencia?
En cualquiera de los escenarios planteados se percibe un olor a podrido inaguantable. Y, sobre todo, se confirma el peso relevante del continuismo en los escenarios contemporáneos con todo y la bien vendida no bienvenida- alternancia, en 2000, que sirvió para maldita la cosa. Porque, en términos de cambios, no podría explicarse la espléndida disposición del régimen en curso por brindarle garantías a los grandes predadores a quienes fustigó mientras duró su asunción al poder con todos los consabidos sacudimientos, electorales e institucionales, conocidos.
Desde luego, a siete años y siete meses del arranque panista en la Presidencia, el país sigue siendo rehén de las mismas mafias. Las pruebas, a la vista. Entonces, no hablemos nada más del pasado.
El Reto
Una vez un sabio de la política mexicana me sugirió:
–Hay siempre dos rutas para llegar al meollo de las cuestiones más álgidas: la primera es la del dinero; la segunda la de los ascensos en el organigrama del sistema. Sigue una de ellas y llegarás al fondo… aunque no sé si en buen estado.
La sentencia se confirma a cada rato porque las mayores complicidades se traducen en prerrogativas inmensas en el orden económico o político o en ambos. Díganlo si no algunos de los grandes supervivientes del pasado, con fuero constitucional muchos de ellos, quienes se solazan al referirse a la devolución de los millones al incómodo Raúl que jamás explicó, convincentemente se entiende, cómo pudo obtenerlos y sacarlos del país con intervención de los operadores de Los Pinos y del Citigroup, el mismo que fue premiado con la adquisición de Banamex en términos de oferta escandalosos también. Una jugada de varias bandas con la bendición del establishment. Amén.
¿Y el cambio prometido?¿Qué puede decir al respecto el rancherito de San Cristóbal que convirtió en su aliado a quien se benefició de las inversiones sucias de Raúl, el hermano? Me refiero, claro, al principal accionista del segundo gran consorcio de televisión privada. ¿Y de Don Felipe Calderón quien validó su cuestionada jerarquía de la mano de la poderosa Elba, la novia de Chucky, a cambio de pagar innumerables facturas políticas? No es éste, desde luego, el México que nos merecemos, señor Calderón.
La Anécdota
Corría la década de los ochenta cuando, en Washington, el diarista Jack Anderson publicó en más de cuarenta cotidianos de la Unión Americana una columna en la que informaba sobre la apertura de una cuenta millonaria, en Suiza naturalmente, a nombre del entonces presidente mexicano Miguel de la Madrid Hurtado.
Para responder un grupo de periodistas, encabezados por Margarita Michelena y Carlos Loret de Mola Mediz, idearon una estratagema destinada a exhibir al mandatario: viajarían a Washington para presentar una querella contra el columnista y así obligarlo a develar sus fuentes, comprometiendo al funcionario que se decía impoluto. Por desgracia, diversas dificultades impidieron a los distinguidos colegas realizar su propósito y el gobierno mexicano únicamente exigió una disculpa, que se convirtió solo en una nota aclaratoria, para deslindarse del grave incidente.
Muerto Jack Anderson, al parecer, se puso el punto final… porque ninguno de los regímenes posteriores se ha atrevido a indagar sobre el desfalco a la nación. Cambios, dicen, pero no realidades.














