- Falsa Democracia
- Templo Faraónico
La peor combinación política de nuestra era es, sin duda, la del populismo con el protagonismo de las primeras damas a quienes se antoja suceder a sus maridos en el poder presidencial. Póngase el acento en que la sentencia anterior no implica, como algunos manipuladores lo pretenden, descalificación alguna hacia las mujeres cuyas dotes en la vida institucional están fuera de discusión aun cuando, como en todo, se evidencien los matices. Nada puede oponerse al derecho a la igualdad de géneros, lo que no implica la exaltación, en todo y para todo, de la paridad en los cargos públicos con soslayo de capacidades y merecimientos. Otra cosa es el chantaje de alcoba basado en la ausencia de carácter de ciertos hombres públicos con propensión al martirologio.
La geopolítica latinoamericana, tan caudalosa como el Amazonas y tan traicionera como el Bravo, está salpicada por mesiánicos y ambiciosas que han copado el primer nivel de decisiones y se solazan mostrándose intocables y, el algunos vasos, invulnerables, el mismo calificativo, sí, que utilizó López Obrador para exaltar en México su capacidad de resistencia en pleno acoso al poder político. Sirva el símil acaso como una advertencia a tiempo cuando México está tan necesitado de liderazgos naturales, casi extintos por obra y gracia del presidencialismo caciquil, y de funcionarios capaces de encontrar en los equilibrios democráticos la proyección que no alcanzan en la obcecación sectaria.
En Venezuela, Hugo Chávez llora al recordar cuando vio frustrado su intento golpista y ya tendrá tiempo para repetir el numerito al recordar el rechazo mayoritario a su pretendida reforma constitucional que sólo alienta la perpetuidad en el mando del personaje. En Argentina, la ex primera dama convertida en presidenta por obra y gracia de la vulnerabilidad electoral está, francamente, desbordada. Ni siquiera los consejos de su marido, el ex presidente Kirchner, le sirven a Cristina Fernández para paliar la crisis de los agricultores en huelga quienes se oponen a la torpe subida tributaria sobre sus productos, discrecional e inoportuna como suelen ser las decisiones de los arribistas y demagogos que se postulan a los cargos públicos alentados por la emoción de alcanzar honores sin saber como desempeñar sus funciones. Digamos como los Fox, ella y él naturalmente. Menos mal que Martita, aunque hizo hasta lo imposible por lograrlo, no se quedó en Los Pinos.
Pero también en Nicaragua el mal ejemplo cunde. Un curtido batallador social, ex guerrillero del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional, digamos el equivalente al extinto Tirofijo colombiano, impenetrable y en apariencia irreductible en cuanto a sus ideas, el ahora presentido reelecto Daniel Ortega, no es capaz de controlar los afanes de su esposa, Rosario Murillo, ni de reprimir sus escondidas tendencias gregarias. ¿El resultado? Un feroz nepotismo muy similar al que cuestionaba cuando asaltaba el Palacio Nacional bajo la dictadura de Somoza. Con Ortega van a todas partes no sólo su ambiciosa mujer, lista a ser lanzada al estrellato de la democracia inducida, sino también sus hijos, yernos y hasta nietos. Y él se disculpa alegando que todos van a trabajar por el bien de la patria escarnecida.
Cuando asumió el poder, Ortega, de manera discrecional, instaló una especie de cogobierno al declarar que transfería el cincuenta por ciento del poder presidencial a su esposa, no electa más que por él, en una tremenda distorsión del principio de igualdad de género. Esto es como si un abogado al casarse contrajera la obligación de colocar en su despacho a su consorte aunque no hubiera ésta terminado la preparatoria. En el caso que nos ocupa, la señora Murillo de Ortega, poetisa, nunca se preparó para ejercer tamaña responsabilidad sino que debe haberle sobrevenido la sabiduría por mutación hormonal. Cosas de la modernidad, digo.
(No olvidemos que México estuvo a punto de entrar en la misma pendiente. Vicente, tras su casorio discreto en Los Pinos al año de la elección que le condujo al Palacio Nacional, no tuvo empacho en afirmar que compartiría con su dama las funciones inherentes al cargo de mayor responsabilidad ejecutiva. Y lo hizo sin rubor alguno, en franco desfogue demagógico, con muy elevados costos para su propia imagen y su propia perspectiva. La historia no le perdonará).
Ante los excesos del mandatario nicaragüense, una ex guerrillera, Dora María Téllez, compañera por tanto del primero durante los años del agobio, ha optado por declararse en huelga de hambre. La luchadora, todo un símbolo de la revolución que ahora traiciona Ortega por la vía de los esfínteres no controlados, alega que si antes luchó contra la dictadura ahora debe hacerse otro tanto contra la que pretende instaurar Ortega con todo su clan familiar a cuestas. Una segunda versión, corregida y aumentada, sobre el rastro de la sangre de quienes buscaron libertades… y encontraron al mesiánico Daniel.
Debate
Los presidentes gregarios nos han dado en la cabeza. Célebre fue José López Portillo sobre todo por su incapacidad para controlar a las féminas de su cerrado entorno, desde su madre, Doña Refugio, y sus hermanas Alicia y especialmente la desubicada Margarita, hasta esposa y amantes cuyos recorridos encendían las tertulias a media voz. Y nadie entonces se animaba a publicar los testimonios ni las fotografías comprometedoras como hubiera ocurrido hoy a la par con la evolución moral y política, aunque sea lenta y gradual, de la sociedad.
Miguel de la Madrid, sucesor de Don José, solía festinar un hecho que, según él mismo, le habría librado del inevitable linchamiento sexenal tan acostumbrado para señalar el fin de los privilegios de cuantos se alejaban del poder consolidando así los de quienes les reemplazaban. Decía de la Madrid:
–López Portillo creció hacia fuera en referencia a las mansiones de Cuajimalpa, la célebre colina del perro-; yo, en cambio, lo hice hacia adentro.
Y es que su residencia en Felipe Sosa, en el corazón de Coyoacán, fue ganando espacios a la medida en que el poder acaparaba las propiedades aledañas, sin importar precios ni abusos especulativos, para darle al mandatario de los ochenta su periodo fue de 1982 a 1988-, el escenario de intimidad que requería para ahogar nostalgias y abandonos naturales. Gregario fraternal, diríamos, que sembró en sus hijos el ansia de conquistar espacios gubernamentales como camuflaje permanente de sus verdaderos intereses, muchas veces inconfesables. Todavía la DEA guarda los expedientes de los vástagos inquietos del señor De la Madrid, con grandes intereses en Colima por cierto, en igualdad de circunstancias con la tolerancia que cobija a los herederos del matrimonio Fox-Sahagún. ¿Quién se atreve a mencionar al cambio como garante de los nuevos tiempos?
Por el nepotismo de López Portillo, evidente y ruinoso, se legisló para colocar candados legales contra la tendencia, supuestamente destinados a evitar que la parentela ambiciosa se apoderara de posiciones estratégicas. Los cruzados del PAN, en ruta hacia la conquista de la tierra santa de la impunidad, satanizaron a los mandatarios priístas que extendieron privilegios a los suyos amparándolos, ilegal e inmoralmente, con jugosas partidas del presupuesto. Y, al fin, se logró que los familiares de primero y segundo grados, cuando menos, fueran excluidos de las listas de colaboradores, aunque no tuvieran connotaciones cercanas, de quienes ejercían el poder ejecutivo.
Los momios cambiaron y el PAN arribó a la Presidencia con su caudal de clanes regionales. Y el nepotismo se reinstaló en proporciones escandalosas, jamás vistas, sobre todo en las entidades bajo gobiernos panistas aun cuando los de filiación perredista no cantan mal las rancheras. Es como un homenaje al viejo régimen al ampliar corregir las versiones sobre la corrupción galopante y los valores entendidos en el uso de la parafernalia del poder. Cada vez son menos cuidadosos porque, faltaba más, dicen ser víctimas de la transparencia, un valor democrático que quienes detentan el mando del país se acreditan con el mayor cinismo. Sólo han cambiado los niveles de la discreción.
El Reto
La señora Murillo, en Nicaragua, domina la escena. Así fue también con Cristinita, la de Argentina, y antes con nuestra inolvidable Marta. No olvidarle risueño rostro de los franciscanos cuando, en Querétaro, uno de ellos me preguntó en pleno frenesí del matriarcado presidencial:
–¿Qué sería lo primero que haría de estar usted en lugar de Vicente Fox?
No dudé un segundo aunque mi pensamiento estuviera muy alejado de esta posibilidad:
–¡Divorciarme! Siquiera para andar mi responsabilidad sin el flagelo de las muchas faldas.
En otra ocasión, un antiguo político me confió en corto:
–A cambio de tantos honores recibidos durante seis años en los que nadie fue capaz de decirles no, los ex presidentes debieran ser remitidos al paredón. Y fusilados, sí, para que no escucharan más los cantos de sirena ni les enloqueciera la nostalgia.
Matriarcado, por efecto del estatus reflejo, y reelección son los ingredientes más explosivos contra la pretendida estabilidad de la democracia en Latinoamérica. Apúntenlo bien los amables lectores porque los predadores merodean muy de cerca, husmeando y calculando las debilidades estructurales de nuestra sociedad.
La Anécdota
Los símiles se extienden. Luis Echeverría, llamado el jerónimo mayor porque su mansión se ubica sobre la avenida san Jerónimo al sur de la ciudad de México, mandó construir en su extenso jardín lo que dio en llamar el salón del sexenio para exhibir los tesoros, obsequios y condecoraciones que su investidura ganó en el periodo de su gestión presidencial. Al otro lado de la calle, asimismo, erigió el fugaz instituto, por él presidido, especializado en la política del tercer mundo con subsidios públicos, naturalmente. Tales prerrogativas cesaron hasta finales del régimen de Carlos Salinas quien decidió enfrentar al fantasma en su madriguera casi dos décadas después de haber cesado como mandatario nacional.
–¿A quién se parece el señor Fox? pregunté a un concurrido auditorio de jóvenes universitarios-.
–Pues a Echeverría respondieron al unísono-. Porque también cuenta con su templo faraónico con todo y un supuesto instituto de investigaciones.
Los extremos siempre acaban por tocarse.














