Capítulo XLIX
William Somerset Maugham *
Con su habitual estilo claro y agudo, Somerset Maugham describe en este relato lo que sucede después del suicido de una pobre estudiante de arte en París… el director del estudio y el hermano de la difunta se encargan del entierro. El autor, sin contemplaciones, retrata la crudeza de la historia…
La historia que Philip descubre era terrible de una y de otra forma. Una de las quejas de las mujeres estudiantes era que Fanny Price nunca compartía sus alegres comidas en restaurantes, y la razón era obvia: ella había estado oprimida por una pobreza extrema. Él recordó la comida que habían compartido cuando él recién llegó a Paris y ella mostró un apetito morboso que a él le había disgustado: ahora se daba cuenta que ella comía en esa forma porque estaba famélica.
El conserje le dijo de qué había consistido su comida. Cada día se le dejaba una botella de leche y ella traía su propia barra de pan; comía la mitad del pan y bebía la mitad de la leche a medio día cuando volvía de la escuela, y consumía el resto en la tarde. Era lo mismo día tras día. Philip pensó con angustia en lo que ella debió de haber aguantado. Ella nunca le dio a entender a nadie que era más pobre que el resto, pero era claro que su dinero se había terminado, y al final no pudo permitirse el lujo de volver más al estudio. El pequeño cuarto estaba casi vacío de muebles, y no había más prenda que el gastado vestido café que ella siempre vestía. Philip buscó entre sus cosas por la dirección de algún amigo con el que se pudiera comunicar.
Encontró una pieza de papel en la cual su propio nombre estaba escrito una veintena de veces. Esto le causo un shock peculiar. Se imaginó que era cierto que ella lo había amado; pensó en su cuerpo demacrado, en el vestido café, colgando del clavo en el techo; y se estremeció. ¿Pero si él le había importado tanto a ella, por qué no le permitió ayudarla? Él hubiera hecho con gusto todo lo que hubiera podido. Se sintió culpable porque se negó a ver que ella lo buscaba con un sentimiento particular, y ahora estas palabras en su letra eran infinitamente patéticas: Odio pensar que alguien debió haberme tocado. Ella había muerto de hambre.
Philip finalmente encontró una carta firmada: tu querido hermano, Albert. Era de hace dos o tres semanas, venía de algún camino en Surbiton, y negó un préstamo de cinco libras. El escritor tenía su esposa y familia en que pensar, él no encontraba justificación para prestar dinero, y su consejo era que Fanny debería regresar a Londres y tratar de arreglar su situación. Philip envió un telegrama a Albert Price, y en poco tiempo tuvo una respuesta:
“Profundamente afligido. Muy difícil dejar mis negocios. Es esencial mi presencia. Price”
Philip telegrafió una concisa afirmación, y en la siguiente mañana un extraño se presento en el estudio.
“Mi nombre es Price,” dijo, cuando Philip abrió la puerta.
Era un hombre común vestido de negro con una cinta alrededor de su bombín; tenía algo del look descuidado de Fanny; usaba un bigote de tres días, y tenía un acento de los barrios obreros de Londres. Philip lo invito a pasar. Él hecho un vistazo alrededor del estudio mientras Philip le dio detalles del accidente y le dijo lo que había hecho.
“¿No necesito verla, o sí? Preguntó Albert Price. “Mis nervios no son muy fuertes, y toma muy poco afectarme”.
Comenzó a hablar libremente. Era un comerciante de caucho, y tenía una esposa y tres hijos. Fanny era una institutriz, y él no podía imaginarse por qué no se había mantenido con eso en ves de venir a París.
“La señora Price y yo le dijimos que París no era un lugar para una chica. Y que no hay dinero en el arte – nunca lo ha habido.” Era suficientemente evidente que él nunca había estado en términos amigables con su hermana, y que él sentía su suicidio como el último insulto que ella le había hecho. No le gustaba la idea que ella se hubiera visto forzada a la pobreza; eso parecía reflejarse en la familia. La idea lo llevó a pensar que posiblemente había una razón más respetable para su acto.
“Supongo que ella no tuvo ningún problema con un hombre, ¿o sí? Usted sabe lo que quiero decir, París y todo eso. Ella pudo haber hecho eso para no deshonrarse.”
Philip se sentía enrojecer y maldijo su debilidad. Los pequeños ojos afilados de Price parecían sospechar de una intriga en él.
“Creo que su hermana ha sido perfectamente virtuosa,” contestó ácidamente. “Se mato porque estaba muerta de hambre.”
“Bueno, es muy duro con su familia, Sr. Carey. Ella sólo tenía que escribirme. Yo no habría abandonado a mi hermana.”
Philip había encontrado la dirección del hermano sólo por leer la carta en la que él se negó a un préstamo; pero levantó sus hombros: no había sentido en la recriminación. Odio al pequeño hombre y quiso terminar con él tan pronto como fuera posible. Albert Price también deseaba hacer los asuntos necesarios rápidamente para que pudiera regresar a Londres. Fueron al pequeño cuarto en que la pobre Fanny había vivido. Albert Price miro las pinturas y los muebles.
“No pretendo saber mucho acerca de arte,” dijo. “¿Supongo que estas pinturas se podrían vender por algo?” “Por nada,” dijo Philip.
“El mobiliario no vale diez centavos.”
Albert Price no sabía francés y Philip tuvo que hacer todo. Parecía que era un proceso interminable para lograr que el pobre cuerpo estuviera escondido y seguro bajo tierra: los papeles tenían que obtenerse en un lugar y firmarse en otro; tenían que verse oficiales. Por tres días Philip estuvo ocupado desde la mañana hasta la noche. Al fin él y Albert Price siguieron el coche fúnebre al cementerio en Montparnasse.
“Quiero hacer las cosas decentemente,” dijo Albert Price, “pero no hay necesidad de malgastar dinero.”
La corta ceremonia fue infinitamente atroz en la mañana helada y gris. Media docena de personas que habían trabajado con Fanny Price en el estudio vinieron al funeral, la Sra. Otter porque pensó que era su deber, Ruth Chalice porque tenía un corazón amable, Lawson, Clutton, y Flanagan. A todos ellos les había desagradado durante su vida. Philip, observando el cementerio de un extremo a otro, atestado de monumentos, algunos pobres y simples, otros vulgares, pretenciosos, y horribles, se estremeció. Era horriblemente sórdido. Cuando salieron Albert Price invitó a Philip a comer con él. Philip ahora lo detestaba y estaba cansado; no había dormido bien, porque soñaba constantemente en Fanny Price en su desgarrado vestido café, colgando del clavo en el techo; pero no pudo pensar en una excusa.
“Me llevas a algún lugar donde podamos conseguir una comilona regular. Todo esto es de lo peor para mis nervios.”
“Lavenue’s es el mejor lugar por aquí,” contestó Philip.
Albert Price se acomodó en un asiento de terciopelo con un gesto de alivio. Ordenó una comida substanciosa y una botella de vino.
“Bueno, me da gusto que esto ha terminado,” dijo.
Lanzó unas cuantas preguntas ladinas, y Philip descubrió que estaba hambriento de escuchar acerca de la vida de pintores en París. La presentó como deplorable, pero estaba ansioso de los detalles de las orgías que su imaginación le sugería. Con discretos guiños y riendo discretamente le dijo que sabía muy bien que existía mucho más de lo que Philip había confesado. Era un hombre de mundo, y sabía una cosa o dos. Le preguntó a Philip si había ido a alguno de esos lugares en Montmarthe que son celebres desde el Bar Temple hasta el Royal Exchange. Le gustaría decir que había ido al Moulin Rouge. La comida estuvo muy buena y el vino excelente. Albert Price se ensanchó mientras el proceso de digestión avanzaba satisfactoriamente.
“Tomemos un poco de brandy,” dijo cuando trajeron el café, “y que no importe el costo.”
Se frotó sus manos.
“Sabes, tengo en mente quedarme esta noche y regresar mañana. ¿Que dirías de pasar la tarde juntos?” “Si quiere decir que desea que lo lleve a Montmartre esta noche, ya lo veo preso,” dijo Philip. “Supongo que las cosas no serían así.” La respuesta fue hecha tan seriamente que Philip sintió un cosquilleo.
“Además esto sería muy malo para sus nervios,” dijo con gravedad.
Albert Price comprendió que mejor regresaría a Londres en el tren de las cuatro en punto, y que dentro de poco dejaría a Philip.
“Bueno, adiós, viejo” dijo. “Te diré qué, trataré de venir a París de nuevo uno de estos días y te busco. Entonces no habrá problema para irnos de juerga.”
Philip estaba muy agitado para trabajar esa tarde, así que salto en un autobús y cruzó el río para ver si había algunos cuadros de la vista en Durand-Ruel’s. Después se dio un paseo por el buoulevard. Había frío y viento. La gente se apuraba envuelta en sus abrigos, contraídos en un esfuerzo de alejar el frío, y sus rostros lucían pellizcados y ansiosos. Helaba en el subterráneo del cementerio de Montparnasse entre todos esos blancos sepulcros. Philip se sentía solo en el mundo y extrañamente nostálgico.
Deseó compañía. A esa hora Cronshaw estaría trabajando, y Clutton nunca recibía visitantes; Lawson estaba pintando otro retrato de Ruth Chalice y no le importaría ser interrumpido. Se hizo a la idea de ir a ver a Flanagan. Lo encontró pintando, pero encantado de dejar a un lado su trabajo y charlar. El estudio era cómodo, ya que el americano tenía más dinero que la mayoría de ellos, y caliente; Flanagan se dispuso a hacer té. Philip observo a las dos cabezas que enviaba al salón.
“Es terrible que este enviando algo”, dijo Flanagan, “pero no importa, voy a enviarlo. ¿No crees que están fatales?”
“No tan fatales como hubiera esperado,” dijo Philip.
De hecho mostraban una asombrosa inteligencia. Las dificultades habían sido evitadas con habilidad, y había un estilo en la forma en la cual la pintura fue puesta que era sorprendente e incluso atractiva. Flanagan, sin conocimiento ni técnica, pintaba con el pincel suelto de un hombre que ha pasado una vida en la práctica del arte.
“Si a uno le prohibieran mirar a cualquier pintura por más de treinta segundos, usted sería un gran maestro, Flanagan,” dijo Philip sonriendo.
Estos jóvenes no tenían la costumbre de arruinar al otro con adulación excesiva.
“No hemos tenido tiempo en América para pasar más de treinta segundos viendo ninguna pintura”, dijo el otro riendo.
Flanagan, aunque era la persona más dispersa del mundo, tenía una ternura de corazón que era inesperada y encantadora. Siempre que alguien estaba enfermo él se instalaba como enfermero. Su alegría era mejor que cualquier medicina. Como muchos de sus compatriotas no tenia el pavor inglés al sentimentalismo que sujeta duramente las emociones; y, sin encontrar nada absurdo en la demostración de los sentimientos, podía ofrecer una simpatía exuberante que a menudo era agradecida por sus amigos en desgracia. Noto que Philip estaba deprimido por lo que había pasado y se dedico a animarlo sin exagerada amabilidad. Exageró los americanismos que sabía siempre habían hecho reír a los ingleses y animo un vapor de conversación sin aliento, alegre y festiva. A su debido tiempo salieron a cenar y luego al Gaite Montparnasse, que era el lugar favorito de Flanagan para divertirse.
Para el final de la tarde estaba de un humor extravagante. Había bebido mucho, pero su embriagues se debía más a su propia vivacidad que al alcohol. Propuso que deberían ir a Bal Bullier, y Philip, sintiéndose muy cansado para irse a la cama, estuvo suficientemente de acuerdo. Se sentaron en una mesa con la pista al lado, la levantaron un poco del nivel del piso para que pudieran ver el baile, y bebieron.
Al poco tiempo Flanagan vio a un amigo y con un grito salvaje saltó sobre la barrera al espacio donde bailaban. Philip observaba a la gente. Bullier no era el icono de la moda. Era jueves por la noche y el lugar estaba atestado. Había un número de estudiantes de las diversas facultades, pero la mayoría de los hombres eran vendedores o asistentes de tiendas; vestían sus ropas cotidianas, suéteres de fabrica o abrigos de corte extravagante, y sus sombreros, que habían traído con ellos, y cuando bailaban no había lugar para ponerlos más que en sus cabezas.
Algunas de las mujeres parecían dedicarse al servicio, y algunas eran libertinas pintadas, pero la mayoría eran chicas de tiendas. Estaban pobremente vestidas en imitaciones baratas de la moda del otro lado del río.
Las libertinas se levantaron para parecerse a las artistas de musicales o las bailarinas que tenían notoriedad en el momento; sus ojos tenían pesado maquillaje negro y sus mejillas eran impúdicamente escarlata. El pasillo se encendió con grandes luces blancas, dirigidas hacía abajo, que acentuaban las sombras de sus rostros; todas las líneas se endurecían, y los colores eran más crudos. Era una escena sórdida. Philip se inclino sobre la pista, mirando al suelo, y dejo de escuchar la música. Bailaban furiosamente. Bailaban alrededor del cuardo, despacio, hablando muy poco, con toda su atención dirigida a la danza. El cuarto estaba caliente, y sus caras brillaban en sudor. Le pareció a Philip que habían arrojado el guardia que la gente usa en su expresión, el homenaje a las convenciones, y ahora los veía como realmente eran.
En ese momento de abandono eran extrañamente animales: algunos eran astutos y otros eran como lobos; y otros tenían la cara larga, estúpida de ovejas. Sus pieles eran amarillentas debido a la vida malsana y la pobre comida. Sus características se condicionaban por intereses del medio, y sus pequeños ojos eran cambiantes y astutos. No había nada de nobleza en su ser, y sentía por ellos que la vida era una larga sucesión de acontecimientos tristes y pensamientos sórdidos. El aire estaba pesado con el mohoso olor de humanidad. Pero bailaban furiosamente como impelidos por algún extraño poder entre ellos, y a Philip le pareció que eran conducidos hacia delante por una furia para el disfrute. Estaban buscando desesperadamente escapar de un mundo de horror.
El deseo por el placer que Cronshaw dijo que era el único motivo de la acción humana los impulsó ciegamente, y la misma vehemencia del deseo parecía robar todo el placer. Fueron apresurados por un gran viento, desamparadamente, no sabían por qué y no sabían a dónde. El destino parecía erigirse sobre ellos, y bailaban como si la eterna oscuridad estuviera debajo de sus pies. Su silencio era vagamente alarmante. Era como si la vida los aterrorizara y les robara el poder del habla para que el chillido que estaba en sus cabezas muriera en sus gargantas. De mirada ojerosa y severa; y a pesar de la salvaje lujuria que los desfiguró, y del sin sentido de sus rostros, y de la crueldad, a pesar de la estupidez que era lo peor de todo, la angustia de esos ojos fijos hizo a esa multitud terrible y patética. Philip los detestó, pero su corazón le dolió con la infinita compasión que lo inundó.
*Texto tomado de “The Literature Network”
http://www.online-literature.com/maugham/
Traducción inglés-español: Iris Mexico
De “Lengua Lengua”, Boletín electrónico de arte contemporáneo
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