Planes de Rescate

Se destacó Culiacán con una “guerra” sin precedentes a través de mantas

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Se habla de nuevo del célebre “plan Mérida” signado entre los mandatarios de México y los Estados Unidos con el propósito de paliar, por la vía mediática cuando menos, los tremendos y negativos efectos de la aprobada edificación del muro de la ignominia en la frontera norte, la más transitada del orbe, como sello de la doble moral norteamericana: precisamente la clandestinidad laboral de los emigrantes indocumentados es un elemento que tiende a abaratar la mano de obra con el consiguiente ahorro de los productos finales destinados, entre otras cosas, a ganar los mercados del sur. Se persigue a los otrora llamados “espaldas mojadas”, a veces como fieras, para cerrar el círculo del proteccionismo estadounidense. Una paradoja en los escenarios de la falsa libertad.

La nueva carga demagógica, al amparo de las precampañas de demócratas y republicanos en la poderosa nación vecina, exhibe hasta que punto las minorías cuentan en la ruta hacia la mudanza del menaje político en la Casa Blanca. Ahora sí se repara en la conflictiva mexicana tras muchos meses de irrefrenable violencia con los consiguientes sacudimientos sociales. Si éstos se agravan es, en buena medida, como consecuencia de la depauperación colectiva y la ausencia de alternativas para resolver crisis y nuevos desafíos. No quiero ni imaginarme lo que podría suceder en nuestro entorno si, de pronto, las rutas hacia la Unión Americana se cerraran definitivamente y fuera obligado encontrar fuentes de empleos para cuantos buscaban oportunidades fuera de nuestro territorio. El colapso sería brutal. También en la perspectiva política.

Es necesario ampliar la historia, situándonos en diciembre de 1994. Como culminación del año de la barbarie nuestro gobierno nos colocó, tras consumarse la transición del Ejecutivo federal, en emergencia económica por la falta de liquidez y de previsión de los sabios administradores al servicio del salinismo. El incipiente mandato del gran simulador, el doctor Zedillo, se vio afectado seriamente, vulnerado diríamos, por la imposibilidad de ser operativo en términos financieros y debió mirar, en demanda casi de compasión, hacia la oficina aval de Washington en demanda de rescate. Fue entonces cuando Bill Clinton –de nuevo en campaña ahora en pro de su obcecada mujer-, abrió el cajón para enviar a México los millones de dólares necesarios, desde su propia “caja chica” insisto, para frenar la emergencia. Y el régimen zedillista respiró ahorrándose las explicaciones y las querellas. Esto es como si se hubiera tratado de un punto final.

Por eso cada que se habla de planes de auxilio, como se supone es el llamado “Mérida” para honrar a la sede de algunos de los encuentros claves entre los mandatarios de las dos naciones, es necesario sopesar los antecedentes y las intenciones de fondo. En 1994, me queda muy claro, el gobierno estadounidense amplió su injerentismo sobre México para amagar en pro de la alternancia como única salida a la convulsa situación nacional.

Los antecedentes, sobre todo los del año trágico, exaltaban el imperativo de atemperar el clima subversivo –incluyendo también el marco en el que se desenvuelve y tolera el narcotráfico-, con la caída del “muro priísta” que ya no resultaba eficiente para medrar con el paternalismo de Estado cuando el neoliberalismo había optado por desconocer las banderas sociales tradicionales. Tal fue el auténtico punto crítico.

Las condiciones del presente son otras pero se parecen a las reseñadas líneas arriba en un aspecto incontrovertible: tienden a justificar el auxilio estadounidense que, en cada ocasión, lleva implícito una mayor dependencia y una más abierta intervención del gran poder en el ejercicio de las rectorías claves que, en términos reales, confirman la soberanía nacional: la económica –perdida hace ya varios lustros bajo la égida del FMI-, la social –que depende en buena medida de los “equilibrios” generados por la permanente emigración hacia el norte y las remesas enviadas desde allí para constituir la segunda fuente de ingresos para México-, y la política –que pasó a manos de la Casa Blanca en 2000 al determinase la alternancia como fundamento de renovación ineludible-. Ya no puede hablarse, en estos términos, de soberanía plena sino de jirones que la simulan.

Al gobierno de Washington, naturalmente, le conviene la vulnerabilidad del régimen de Felipe Calderón. El acotado presidencialismo, más por torpeza operativa que por transformaciones estructurales, obliga a demandar el auxilio que nos venden, cada vez, más caro. Lo sabe, de sobra, el llamado “primer mandatario”. Y, sin embargo, no tiene otro remedio que acceder al mismo para salvarse no sólo de la ruina política, que arrastra desde el origen, sino también de la financiera con todo y los falsos blindajes. Como en los casinos va ganando la casa… blanca.

Debate

El recuento, insisto, no puede ser más desafortunado. ¡Y luego preguntan por qué los índices de aprobación hacia el gobierno y el presidente en funciones van a la baja! La violencia, objetivo prioritario de la administración federal desde la trompicada asunción de diciembre de 2006, se ha recrudecido en fechas recientes con una secuela de ejecuciones y vendettas sin solución previsible. Y la pobreza aumenta aun cuando se hayan modificado los parámetros para medirla, una de las proezas del foxismo demagógico como aportación al cambio prometido y traicionado. Además ni un ápice se ha avanzado hacia el imperativo de la conciliación nacional aun cuando este factor, desde luego, no sólo depende de la estructura oficial.

Las anunciadas treguas negociadas con el Ejército Popular Revolucionario, caracterizado por secuestrar a empresarios de peso en distintas entidades del país sin seguimiento mediático como condición para no entorpecer los acuerdos ni las pruebas “de vida”, tienen más de impunidad que de tolerancia. No se avanza sino se retrocede en la defensa de los derechos de la colectividad porque, desde luego, una sociedad rehén de anarquistas y delincuentes no puede ni podrá considerarse sana.

Tampoco hay buenos frutos en el campo. No olvido el recorrido del candidato Calderón por Guanajuato, en abril de 2006, cuando observó que a sus mítines acudían únicamente mujeres y ancianos porque los varones en edad productiva ya estaban labrando la tierra… del sur estadounidense en ausencia de opciones en su patria. Les dijo que, de ganar, el proveería de soluciones para evitar la concatenación de adioses en el seno de cada familia empobrecida. Las únicas aportaciones han sido palabras, impregnadas de buenos deseos, sin sustento en la praxis en donde predominan los intereses corporativos. La contrarreforma agraria del salinato trágico hace tiempo echó raíces.

No se alivia la crispación ni se atemperan las discordancias partidistas. Esto es como si México permaneciera dividido en dos partes en las que no caben sino los incondicionales de cada causa. Porque, entiéndase bien, estamos seguros de que de haber alcanzado la presidencia el señor López obrador éste habría erradicado igualmente a sus contrarios, marginándolos. Los antecedentes así lo confirman.

No es de extrañar, en estos términos, la llamada de auxilio ni el valor asumido para los próximos años bajo el manto protector, asfixiante, del Tío Sam. La derecha no ha sido capaz de encontrar otro camino como tampoco lo han hecho los tantos empresarios mexicanos que optaron por convertirse en prestanombres de los grandes consorcios que les compraron, incluso banqueros de alcurnia, para asegurarse comodidades eternas sin el menor esfuerzo y sin detenerse en los intereses patrios. La salvaguarda de las fortunas y los estatus es superior a cualquier arraigo nacionalista. Tal no es sorpresa para nadie.

El Reto

Acaso lo más preocupante para quienes invirtieron en la continuidad es la ausencia de liderazgo y la falta de elementos del mismo grupo proclives a tomar las riendas en el futuro inmediato, incluso antes de finalizado el periodo constitucional en curso. Para colmo las escasas figuras que han surgido ni siquiera han podido defender sus posturas cuestionables ni sus orígenes controvertidos. Para decirlo con claridad, el señor Calderón no parece aglutinar ni a los dispersos miembros de su partido. Quizá por ello al foxismo todavía se le mueve el pie.

Ni modo que el “delfín” –obviamente Juan Camilo Mouriño-, llegue a buen puerto con el lastre no sólo de su nacionalidad cuestionada sino, sobre todo, de sus vínculos con las grandes compañías petroleras estadounidenses que obviamente oscurecen el quehacer político al hacerlo dependiente de otros propósitos digamos más comerciales.

Para algunos si Mouriño se convierte en candidato, en su momento claro, podría hacerse un símil con los conservadores del siglo XIX que ofrecieron el trono de México al Habsburgo enajenado de Miramar. Digo, para confirmar la reconquista en los tiempos de la modernidad. Abundaremos, claro.

La Anécdota

En la fase final de sus respectivos periodos, cuando arreciaba la cruzada contra el narcotráfico acaso para proteger a un bando respecto del otro, Ernesto Zedillo y William Clinton se reunieron en Yucatán gozando de la anfitriona, nada menos, del cacique Víctor Cervera, ahora extinto y entonces señalado como uno de los elementos clavas en la geografía de los cárteles intocables. No se olvide que uno de los empeños de la gestión gubernativa de éste consistió en realizar y luego proteger más de cuarenta pistas clandestinas de aviación para facilitar el tránsito de los “capos” hacia el gran mercado de consumo estadounidense.

Aquel encuentro en Yucatán es antecedente del “plan Mérida”, éste signado por Bush junior y Calderón, sin que se haya dado revisión alguna sobre las muchas vertientes oscuras en la interrelación de la clase política peninsular y los mayores mafiosos del mismo entorno. ¿Sólo casualidades?

Web: www.rafaelloretdemola.com

Esta anotación fue escrita el Tuesday 13 de May, 2008 a las 9:30 am por Rafael Loret de Mola y está clasificada dentro de: Desafío, Nacional, Política, Noticias.

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