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Cuando los niveles aprobatorios de los mandatarios van a la baja, mediando las inefables encuestas que suelen marcar las tendencias previstas por quienes las contratan –no olvidemos este punto trascendental-, por lo general se encuentran justificaciones ligeras, entre ellas las comparaciones con otros territorios y circunstancias, para explicarlos. Pocas, muy pocas veces la autocrítica genera las rectificaciones esperadas porque en la cima del poder es habitual que las lecturas sean siempre optimistas con la consiguiente descalificación a las críticas.
Sería por demás interesante que los panegiristas del presente se dieran un poco de tiempo para analizar algunos hechos incontrovertibles, por ejemplo la confirmación de los apuntes severos apenas terminan las respectivas gestiones de quienes no supieron asimilarlos en su momento preciso. Y peor todavía: los ex mandatarios intentan siempre resolver sus propios juicios históricos al amparo de justificaciones superficiales, como hablar del entorno internacional negativo cuando en su momento se dijeron vacunados contra éste. La apuesta permanente, se entiende, es hacia la amnesia colectiva. Más en una nación, como la nuestra, con una larga y acendrada tradición de olvidos.
Los índices aprobatorios de la gestión de Felipe Calderón van a la baja. Tal coincide con las presiones del sector empresarial ante la vulnerabilidad política manifiesta de un régimen que se exhibe acorralado a la menor provocación externa. Y todo porque, tras un año y medio de gestión, no ha sido capaz de encontrar una vía expedita hacia los acuerdos sustantivos con una oposición a la que, hasta ahora, le sienta bien la radicalización con todas sus secuelas incendiarias. Tendrían que preguntarse por qué los tantos sabios consejeros de la oficina presidencial.
La respuesta, desde luego, no puede ser otra: la ausencia de consensos y el inevitable desgaste de la figura presidencial. Pero tales elementos, desde luego, no son reconocidos por quienes miden, desde el poder, las tendencias globales y asumen que basta el registro de los resultados comiciales, por cierto cuestionados y desaseados –aun cuando se niegue la versión del fraude generalizado-, para justificar las decisiones tomadas desde Los Pinos en representación de “los mexicanos”, dicho tal como si no tuvieran esta condición los disidentes, los extremistas incluidos, y solo contaran los simpatizantes de la derecha en este caso. Y lo mismo se asume del bando contrario que insiste en creerse respaldado por la mayoría cuando es evidente que la suma de quienes no concuerdan con este rebasa, con mucho, a los incondicionales que cubren los escenarios de manifestaciones y mítines o suscriben sus apoyos sin exhibirse en las calles.
La soberbia pesa más que la objetividad. Y cuando tal ocurre la democracia enferma y parece encaminarse a su desahucio. Es, desde luego, sumamente peligroso para las comunidades, más para aquellas en pleno y gradual procesote madurez, porque detiene la marcha general en ausencia de salidas laterales. Sin opciones, la dirigencia no tiene otro remedio que empeñarse en mantener la línea propuesta aun cuando ésta concite a la protesta y extienda la impopularidad de un régimen en franca depresión política.
Para situarnos en la perspectiva actual bastaría con suscribir una pregunta: ¿cómo procedería el gobierno de Calderón si la reforma energética, numen de la discordia colectiva, sencillamente se atora como se ha atorado desde la administración del simulador Ernesto Zedillo? Tal sería la cuestión a resolver como demostración fehaciente de la obcecada conducción gubernamental que resume la democracia a una sola valoración electoral, muy cuestionada para colmo. Por ello se insiste tanto –los panistas de otros tiempos incluidos, lo subrayo, opinaban igual- en que la legitimación política arranca en las urnas pero no se detiene en éstas sino debe validarse con la coherencia y los consensos. Cualquiera otra cosa significa negar el modelo.
Por aquí debiera comenzarse sin más retraso antes de que, a pesar de las inyecciones publicitarias, se manifieste con mayor precisión la escasa confianza del colectivo en su gobierno. Porque, además, suele ocurrir que los tales índices de aprobación no sean sino panaceas. ¿O ya olvidamos que también fueron “beneficiados” por los mismos Salinas, Zedillo y los Fox cuando más se alegaba sobre el evidente deterioro de la confianza popular en ellos?
Debate
Recuerdo, con precisión, la enérgica postura de los empresarios de Acapulco, quienes me invitaron a dialogar con ellos tras la aparición de mi obra “Marta” –Océano, 2003, respecto a que no comprendían las estadísticas reveladoras sobre la aprobación general a la pareja presidencial cuando nadie era capaz de esgrimir defensa alguna a favor de la misma salvo si se trataba de miembros del apretado gabinete. Era aquel un severo choque de percepciones. Hacia dentro, para insistir en la popularidad de un mandatario, dominado por las muchas faldas de su señora, incapaz de ofrecer resoluciones ni respuestas; hacia fuera, un conglomerado que comenzaba a descubrir el engaño. No había manera de conciliar tales visiones.
Suele ocurrir que el ejercicio del poder contradiga buena parte de las ofertas de campaña esgrimidas por quienes alcanzan la gloria del estatus presidencial. Las decepciones se dejan sentir enseguida. Por ejemplo, el francés Sarkozy, atado a la sensiblería íntima por su matrimonio desecho y embarcado en la aventura sentimental con una modelo caracterizada por sus altos honorarios, se derrumbó en las preferencias públicas porque no llenó siquiera las expectativas iniciales. Un año bastó para que la ilusión de un liderazgo firme y serio se diluyera por los efectos mediáticos. Ya veremos si puede, desde este punto, alzar el vuelo de nuevo.
A Calderón le ocurrió lo contrario. Llegó a la Presidencia con el desgaste de una campaña sucia, desproporcionada, y una elección manipulada y, en unas cuantas semanas, logró despejar la ruta, tras su asunción a trompicones, al aglutinar a un amplísimo sector de la población cansado de callejoneadas y posturas pandilleriles, de un extremo a otro del abanico político. Buna parte de los mexicanos –no todos, por favor-, deseaban poner el punto final a la larga y asfixiante querella comicial y, sobre todo, a la parálisis institucional. Y apostaron por aceptar el continuismo como el mal menor.
Sin embargo, año y medio después del inicio de su gestión, Calderón va a la baja y es esto lo que demuestra la vulnerabilidad de su administración. Porque, desde luego, una línea que sube y baja dramáticamente exhibe no sólo la actitud voluble de la sociedad sino también la ausencia patente de liderazgo habida cuenta de que éste sólo se reafirma cuando sabe conducir a quienes representa y no dejarlos al garete, sin rumbo preciso, apenas se suceden las tormentas. Quizá a ello se deba la decepción de una parte del empresariado que comienza a subrayar la baja en los puntos aprobatorios del gobierno en curso. Las encuestas son el espejo.
El caso es que Felipe Calderón aterrizó a mitad de la nada. Ni afianza el presidencialismo, acotado como está, ni confluye hacia un parlamentarismo eficaz que sirva para ampliar coberturas sin las cercas del sectarismo siempre faccioso. Se trata, no se olvide, de asegurar el proyecto democrático y no de volver al pasado con una versión, corregida y aumentada, de la hegemonía priísta que tanto cuestionó el michoacano cuando permanecía sentado al otro lado de la mesa.
Sirva lo anterior para intentar explicar las razones de su caída en el ánimo general más allá de los consabidos lugares comunes.
El Reto
Acaso el último de los mandatarios mexicanos que conservó popularidad al final de su sexenio fue Adolfo López Mateos. En buena medida, la escasa galanura de su sucesor, Gustavo Díaz Ordaz, a quien proponían sus adversarios encerrar en una jaula por feo, le otorgó en el contraste cuanto le faltaba del fervor comunitario. Y ello, subrayo, a pesar de la represión de la que fueron objetos los sindicatos, sobre todo los médicos y ferrocarrileros, durante el lapso.
¿Cuál fue su llave? Sin duda, la cercanía con los sectores populares, su calidez y carisma. Lego se supo que disimulaba sus frecuentes dolores de cabeza, minado como estaba, para sonreír sin parecer que forzaba el gesto. No actuaba, o cuando menos no se percibía así, sino sentía el agobio de quienes acudían ante él en demanda de la esperada justicia.
Pero en la perspectiva actual, el mandatario se sabe impopular en la sede urbana del Ejecutivo federal, la ciudad de México. Más parece un rehén que un líder dispuesto a romper moldes. Y esta imagen, por desgracia, no ha sufrido transformación alguna desde su asunción presidencial en diciembre de 2006.
La Anécdota
La publicidad sigue gobernando a las sociedades. Hace una semana, el domingo 4 para ser precisos, en el coso madrileño de Las Ventas –considerado el de más solera en el mundo-, seis desbordados ecologistas saltaron al ruedo –cuando las mulillas arrastraban al primer toro de la tarde-, para exhibir pancartas solicitando la abolición de la fiesta brava. La afición silbó, incordió, pero se mantuvo en sus localidades con la seguridad de que la policía procedería al desalojo y detención de quienes alteraron el orden. No fue así.
El destacamento de la Guardia Civil permaneció en el callejón sin querer intervenir ante los alevosos. Y fueron los monosabios y los mulilleros quienes debieron arrastrar a los sujetos estos hasta dejar libre el redondel. ¡Y no se detuvo a los manifestantes alegando que eran libres de expresarse! Esto es como si no existieran los derechos de terceros. Una auténtica trampa a golpes de interpretaciones superficiales.
No faltó quien exclamara:
–Vamos a ver si les sueltan un toro si se animan a protegerlo con mimos…
Cuando lo grotesco se impone al debate se pierde la perspectiva de la realidad.



















