Pasado Pernicioso

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  • Grandes Predadores
  • Puentes Infectados

Los líderes, por lo general, retratan a sus pueblos. Las excepciones son quienes ofenden el espíritu colectivo sea perpetuándose en el poder o asumiendo conductas dictatoriales que acaban por derrumbarlos tarde o temprano. Los tiranos, tarde o temprano, siempre pierden el juicio de la historia aunque hayan muerto bajo el cálido cobijo de la impunidad. Los pueblos, en no pocas ocasiones, soportan los yugos por miedo a perder las pobres “ventajas” de la sumisión: la paz, por ejemplo, que deviene del conformismo y no de la libertad. Esto es por efecto de la represión y no de la conciliación colectiva.

Fijémonos en el entorno de la dictadura franquista que tanto se parece a la hegemonía priísta con una diferencia notoria: en México la renovación sexenal del Ejecutivo cuando menos maquillaba un poco el rostro del sistema aunque no variaran los controles ni las ventajas del grupo dominante. A los españoles de hoy, quienes ya crecieron con la democracia, les incomoda hablar del pasado y del “caudillo”. Cuando indagué sobre ello me encontré con un complejo sentimiento de culpa por no haberse provocado la caída del tirano dejándole consumirse en su cama, esto es sin ceder un ápice de su poder. La tremenda imagen de su heredero, el rey Juan Carlos, designado por Franco haciendo a un lado los derechos dinásticos del padre del monarca, inclinando reverente la cabeza ante el ataúd del dictador, repetida de manera recurrente por la televisión hispana, sigue siendo un pesado lastre para las conciencias libres. Pero siquiera hubo un punto final tras el intento golpista de febrero de 1981 y el refrendo de la democracia bajo una testa coronada que conserva la representación del Estado sin apenas involucrarse en las cuestiones del gobierno.

A los mexicanos, en cambio, nos da la impresión de que nada en nuestro entorno es diferente desde hace ya muchos lustros. La alternancia sólo abanicó las ilusiones generales sin determinar una transformación drástica, la prometida y jamás cumplida, de la vida institucional del país. El agobio no es por haber dejado morir al dictador en su lecho sino, más bien, por no ser capaces de construir otros escenarios políticos viables, esto es que no impliquen la ingobernabilidad. Y es que, sencillamente, el modelo presidencialista, aunque acotado por las torpezas operativas –es decir no por la vocación democrática de los mandatarios de la derecha-, sigue funcionando.

En España siquiera se enterró al régimen repudiado aun cuando se tardaran en ello siete años, desde 1975 a 1982, el lapso que sirvió para que los electores avalaran al socialista Felipe González superando con ello a la resistente derecha incapaz de desprenderse de la nostalgia por el franquismo. En México, el derrumbe del muro priísta, en 2000, no ha significado, hasta hoy, el finiquito del arraigado corporativismo cuyo ejemplo mayor es la insondable Elba Esther Gordillo que maniata a los maestros y los convierte en reos de la continuidad por la vía de las cooptaciones deshonrosas.

Nos han rebasado. Los escenarios del pasado, aquella España oscurantista, se convirtieron en espejos del futuro porque los mexicanos dejamos a un lado la evolución política para optar por el conformismo silente sólo roto, de vez en vez, para creernos que nuestros votos valen con los mil candados cerrados por los árbitros electorales amañados. Es esto, entiéndase bien, lo que extiende el malestar y posibilita el auge de la protesta callejera como desfogue de frustraciones. Peligroso, sí, pero comprensible aunque lo nieguen, con insolencia barata, los servidores del gobierno cuestionado.

No hay evidencia mayor del éxito del continuismo que la permanencia, dentro y fuera del andamiaje oficial, de quienes representan el pasado político. El gabinete de Felipe Calderón, como hemos dicho en reiteradas ocasiones, exhibe a algunas de las figuras claves en la fase terminal del priísmo hegemónico, incluyendo a quienes proveyeron, desde el régimen de Ernesto Zedillo, de los elementos necesarios ara asegurar la reforma energética que mantiene ahora en vilo a la nación, entre ellos, claro, Luis Téllez y Jesús Reyes Heroles González-Garza. Por su parte, la oposición intransigente exhibe entre sus abanderados a algunos de los personajes notables del salinismo, Manuel Camacho y Marcelo Ebrard sobre todo, en pleno pulso de altas simulaciones.

Cuando algunos de los operarios del presente nos expliquen la relevancia de tales elementos viciados de origen, con algo más que muletillas superficiales y lugares comunes, encontraremos entonces algún sentido a la recurrente fraseología sobre el cambio de uno y otro lados de la mesa.

Polémica

Las memorias de los ex presidentes les pintan de cuerpo entero. Son raras, casi extravagantes, las citas sobre desaciertos y cuentas pendientes, y muy frecuentes, por supuesto, los autoelogios impregnados de egocentrismos. Lo mismo en distintas latitudes. Por lo general, quienes se alejan del poder, o simulan hacerlo sin dejar de entrometerse en todo, desbordan sus ansias para justificarse pretendiendo con ello asegurarse un nicho entre los próceres de la historia. Y acaban generando exactamente lo contrario al habilitar elementos, por ellos aportados, que les exhiben.

De los ex presidentes mexicanos el único que se mantiene reacio a testimoniar su paso por Los Pinos es Ernesto Zedillo, a quien he nombrado el “gran simulador” por sus excepcionales dotes como tal incluso cuando surgió sobre la sangre política derramada. Quizá por ello prefiere callar mientras sirve a los innumerables consejos de administración en los que ganó canonjías por la vía de la servidumbre “institucional”, esto es concediéndoles desde la Primera Magistratura cuanto le fue posible y de manera siempre soterrada.

En cambio, los demás han sido especialmente locuaces al reseñar sus historias. Echeverría se dejó querer pero trasladó los relatos a Luis Suárez “rompiendo el silencio” y planteando sus supuestos sufrimientos para enderezar el rumbo a pesar de las emboscadas, incluso militares, contra la estabilidad. En el mismo tono, Miguel de la Madrid esgrime su defensa sumando páginas, a falta de ideas concisas y precisas, con marcado acento fariseo y suponiendo que la verdad histórica es la por él construida. Hay mucho de grotesco en sendos textos por la lejanía evidente entre la visión tendenciosa de quien presume estar libre de pecado y la realidad llana y terrible.

Lo de Carlos Salinas es patológico. Cuando apareció su verde mamotreto con la pretensión de modificar las malquerencias colectivas, no logró el objetivo de inducir como antaño a la opinión pública pese a su insistencia en acudir a entrevistas en los medios masivos. Y ahora exhibe su talante belicoso al subrayar que las administraciones de sus sucesores, Zedillo y los Fox –ella y él, no se nos olvide-, conforman la “década pérdida”, una sentencia que lo mismo se impune al populismo precedente –esto es, el de los sexenios de Echeverría y López Portillo-, que para el inicio de la tecnocracia galopante –es decir, los “tiempos” de Don José y De la Madrid-. Esto es como si el periodo de Salinas fuera algo así como un paréntesis caracterizado por su remanso. ¿Y la barbarie final a la que condujo la intolerancia exacerbada y los usos descocados del presidencialismo autoritario?

Sumando, en realidad lo perdido suma cuatro décadas. Desde 1968 cuando la “mano extendida” de Gustavo Díaz Ordaz no frenó el genocidio de Tlatelolco sino impulsó el odio generacional. Y con inclusión, naturalmente, del sexenio salinista cuando el maquillaje de la “recuperación” fue más bien una panacea de la mano de la especulación petrolera y la venta de las paraestatales –de garage, diríamos- que desembocó en el festinad superávit que se esfumó, con el “encanto” de la demagogia, en el fatal diciembre de 1994, el del “error” y la descomposición. ¿Tiene Salinas, entonces, alguna autoridad moral?

Mirador

Hace una semana, en Madrid, murió Leopoldo Calvo- Sotelo, ex presidente del gobierno español durante casi dos años –de febrero de 1981 a finales de 1982 cuando se consumó la victoria electoral de los socialistas-, y quien debió sobreponerse a la intentona de golpe de Estado encabezada por una fracción de la Guardia Civil y algún destacamento militar que no se animó a salir a la calle contrarrestado por la voz del Rey y su acto de fe democrático.

Pues bien, el personaje fue objeto de un funeral de Estado como el que no se observaba en España… desde la muerte de Franco en 1975. Sin importar signos partidistas ni posiciones circunstanciales, la clase política honró a uno de los pilares de la llamada transición aun cuando fuera muy reducido el tiempo de su mandato. En el fondo, la alegoría fue para exaltar al modelo vigente que le permitió a la “madre patria” saltar del pasado al futuro.

Esta es la clave: en México nuestros ex presidentes nos han atado al pasado. Por ello cuando mueren, y ya vienen otros funerales, el pueblo los desprecia y deja que la elite cerrada entierre a los suyos. La historia tiene, desde luego, otro contexto.

Por las Alcobas

Detrás de los ex presidentes dos figuras mantienen relieve y presencia: Joseph-Marie Córdoba Montoya y Liébana Sáenz Ortiz. El primero incluso permaneció cerca de los Fox aun cuando debió ser discreto por las suspicacias que levantó al retirarse de Guadalajara, en donde cuenta con residencia, para acercarse, otra vez, a la mansión de Los Pinos.

En cuanto a Sáenz, no olvido lo que divulgué en “Los Cómplices” –Océano, 2001-:

“La DEA solicitó a Colosio (unas semanas antes de su sacrificio) separar de su equipo a varios elementos sospechosos, sobre todo a uno: el chihuahuense Liébana Sáenz Ortiz. El aspirante presidencial respondió que lo haría. Días después, ya en febrero de 1994, la DEA le remitió una lista de presuntos candidatos a diputados y senadores con vínculos con el narcotráfico…”

La relación, al parecer, nunca llegó a manos de Luis Donaldo. Y el hecho es que Sáenz en vez de ser separado del equipo triunfador se sumó al de Zedillo para ocupar la secretaría privada del presidente con toda la inmunidad que tal posición brinda.

Los vasos comunicantes que unen a los ex presidentes, sin importar filiaciones, confirman que no caben los homenajes mientras no se dilucide y escriba la verdadera historia de México.

Web: www.rafaelloretdemola.com

Foto: Reforma

Esta anotación fue escrita el Sunday 11 de May, 2008 a las 7:00 am por Rafael Loret de Mola y está clasificada dentro de: Veneno Puro, Nacional, Política.

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