Cambio con Riesgo

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  • Parlamento Eficaz
  • Los Excesos Matan

Resulta una paradoja que el presidencialismo sólo pueda acotarse, en la perspectiva actual, con la intervención y la voluntad política de quien ejerce la titularidad del Ejecutivo. Así ha sido desde 1994 cuando el malogrado candidato priísta a la Presidencia, Luis Donaldo Colosio, ofreció poner coto a los excesos del poder dando cauce a una “reforma integral” del Estado. Esto es: sugería limitar sus propios alcances, dado que se consideraba seguro su arribo a la Primera Magistratura, como elemento sustantivo para evitar el fin de la continuidad política y la estabilidad ofrecida por el partido hegemónico.

Si nos concentramos en este propósito y lo unimos al siguiente episodio de barbarie, el asesinato del aspirante, registrándolo acaso como uno de los detonantes para fracturar el impulso hacia una nueva composición política no determinada por una voluntad suprema que asimila facultades y decisiones, la conclusión no puede ser otra: el crimen habilitó el mantenimiento del estado de cosas en pro, naturalmente, de quienes se benefician del mismo… con o sin alternancias de por medio.

Esto es, lo sustantivo no es el relevo sexenal, ni siquiera si se da a favor de otro partido que proclama el advenimiento del cambio como elemento central, sino el propósito de modificar, en serio, la estructura gobernante. Digámoslo claramente: en la praxis política fue mayor el sacudimiento ocasionado por Colosio con su anuncio reformista que, seis años después, la larga cruzada foxista impregnada de lugares comunes y escasa de propuestas concretas para alterar la reciedumbre del establishment. Bien se cuidó Vicente Fox, tras el sexenio del simulador Zedillo, el mayor beneficiario del crimen de Lomas Taurinas, de impulsar en principio la sugerida reforma integral, designando incluso, en el arranque de su administración, compilador de iniciativas variopintas y promotor de la misma al multifacético Porfirio Muñoz Ledo, esto es como si de verdad quisiera impulsarla como uno de los cauces principales del cambio ofrecido, sin que se le diera seguimiento ni se alcanzara resultado alguno. Basta con esta evidencia, sin réplica posible, para calificar al régimen de marras.

También hemos dicho que, en estricto sentido político, la tendencia democrática, por la que se privilegia la soberanía popular, sólo puede darse si se acota al presidencialismo, visto como el gran garante de la institucionalidad y el mayor legislador además por efecto del acaparamiento de funciones, con los contrapesos efectivos. Para infortunio general apenas comenzó a funcionar el Congreso fuera de las líneas de Los Pinos, así fuese con sentido sectario, el mandatario en funciones, es decir el señor Fox, clamó a los cielos señalando que los legisladores opositores constituían “el freno” al cambio prometido y destinando sus mejores empeños, durante los primeros tres años del periodo, a recobrar la “mayoría” incondicional perdida por la nueva composición plural de las Cámaras. El obcecado ponente del cambio se asustó con el primer esbozo del mismo. Sencillamente grotesco.

Pues bien, a estas alturas, luego de una segunda elección presidencial a favor de la derecha, desaseada por decir lo menos, poco se ha hecho para intentar transformar el andamiaje del presidencialismo, reduciendo la influencia del mismo y posibilitando la creación de nuevos escenarios en los que la colectividad funcione y crezca sin requerir del sello del mandante en turno. De eso se trataría, por supuesto, una tendencia democrática no basada en las interpretaciones palaciegas ni en los festinados discursos oficiales. A mayor presidencialismo, menor democracia y viceversa.

Desde luego, porque no se ha inventado otro modelo que habilite igualmente a la soberanía popular, la opción no puede ser otra que el sistema parlamentario basado en una mayor representación de la sociedad, en permanente debate de pros y contras, con una jefatura de gobierno dependiente, en todo momento y lugar, de los acuerdos básicos con las distintas corrientes partidistas, incluidas las contrapuestas, sin merma de los valores intrínsecos al Estado ni de la idiosincrasia nacional. Es decir, sin poner a discusión la esencia que identifica al conglomerado por encima de los desacuerdos naturales entre ideologías diversas: patria, libertad, justicia, progreso, patrimonio general y seguridad.

Toda administración que cancele, de manera unilateral, cualquiera de estos valores evidencia no sólo incapacidad sino además una pobre solvencia histórica. Sin memoria se niega el raciocinio y sin éste no puede gobernarse a la humanidad.

Mirador

Es interesante corroborar que las naciones líderes en el ejercicio parlamentario requieran sostener a sendas monarquías, con privilegios bastante más significativos que los simbólicos, para asegurar en ellas la representación del Estado y su solvencia. Aun cuando las cabezas coronadas se concentren en el encendido protocolo insustituible, como en Gran Bretaña, o jueguen a la igualdad con sus vasallos dejándose ver y hasta tocar, tal sucede en España, es obvio que se mantienen como elementos aglutinadores en sociedades con vertientes múltiples y formaciones heterogéneas que alimentan constantes convulsiones. Las historias dolorosas, empapadas con la sangre derramada por las guerras fratricidas, son flagelos recurrentes.

A los mexicanos cuesta trabajo entender, por ejemplo, como la investidura de un presidente de gobierno no depende sólo del pronunciamiento popular en las urnas sino igualmente del aval mayoritario de sus pares. Hace una semana, en España, el socialista José Luis Rodríguez Zapatero, avalado por la mayor parte de los sufragantes, esto es el 43.65 por ciento de quienes cumplieron con su deber cívico, requirió de dos “vueltas” en el Congreso de los Diputados para ser reconocido. Durante la primera le fue imposible alcanzar la mayoría absoluta, esto es el voto de 176 diputados de los 350 que pueblan la sede legislativa –se quedó a ocho curules de distancia-, y en la segunda venció, como está contemplado, por mayoría simple requiriendo sólo el aval de sus propios compañeros de partido.

El procedimiento es un tanto oficioso puesto que, desde el inicio, se conocía el desenlace. El ungido no quiso pactar con las oposiciones minoritarias –mucho menos con el Partido Popular que obtuvo el 40.13 de los sufragios generales y representa su mayor contrapeso-, para asegurar, dijo, el desarrollo del proyecto del PSOE, su instituto político, votado por menos de la mitad de los españoles y por tanto no mayoritario en sentido literal. Es decir, impone un programa, sin el consenso de quienes en conjunto representan al 56,35 por ciento de los votantes, librándose del molesto chantaje soterrado. Y por ello, claro, debió esperar dos jornadas para alcanzar el objetivo. Un traspié que duró cuarenta y ocho horas sin la menor alteración institucional.

Pero Rodríguez Zapatero mantendrá el contrapeso, molesto por insistente, de su dos veces adversario principal: Mariano Rajoy Brey, perdedor ante las urnas pero ganador de un sitio principalísimo en el Parlamento: el de jefe de la bancada del primer partido de la oposición. Fue él quien, consumado el requisito de la investidura presidencial, inició el rito de la salutación y felicitación al vencedor, su acérrimo rival, luego de haber desglosado, una vez más –lleva haciéndolo desde la campaña de 2004 cuando iniciaron juntos su andadura alrededor de la presidencia-, el largo listado de faltas, omisiones y desviaciones que le adjudica al mismo. Y Rodríguez Zapatero, aunque a veces se crispa, no tiene otro remedio que seguir respondiéndole.

Polémica

Tal es, desde luego, un panorama que nos parece insólito en un país en donde quien obtuvo, de acuerdo a las cuestionadas cifras oficiales, una votación casi emparejada a la atribuida a quien se erigió ganador, debe permanecer en las trincheras callejeras, presentado como poco menos que un agitador de masas si bien igualmente intransigente que cuantos lo fustigan, con acreditaciones políticas –lo de la “presidencia legítima”-, más histriónicas que efectivas y valederas. Nuestra democracia no se da a través de las instituciones sino mediando golpes mediáticos de alguna efectividad.

Situados como observadores, en dos planos distintos de un lado y otro del océano, es obvio que nos parece más adecuado y sano, con todo y sus defectos conceptuales y operativos, el escenario parlamentario en el cual los desfogues no son vistos como incitaciones a la rebelión o la violencia sino como parte, así sea molesta, del ejercicio democrático cuya plenitud se alcanza con los acuerdos entre grupos y organismos disconformes. La pluralidad tiene voz y voto y no sólo provee de acentos demagógicos y encuentros furtivos a quienes encabezan las corrientes partidistas y sus camarillas. La diferencia es evidente.

Porque lo que no tiene sentido es continuar a la mitad de la nada. Entre el presidencialismo acotado –más por torpeza operativa que por ausencia de facultades- y el parlamentarismo belicoso y torpe, más bien sectario. Así estamos ya desde hace más de una década, digamos desde 1997 cando el PRI, al fin, dejó de ser mayoría absoluta en la Cámara baja y pareció arrear velas. Y permanecemos anclados en los arrecifes de la simulación.

Por las Alcobas

Hace tiempo conversé largo con Diego Fernández de Cevallos, ahora con pocas apariciones pública -¿será éste el cambio prometido?-, sobre el imperativo de nadar hacia un sistema parlamentario para dejar atrás, en serio, el cacicazgo presidencial. Creí, en principio, que la posibilidad le atraería por su condición innata de tribuno incansable. No fue así. Al contrario, me respondió con un dejo de hastío:

–No, por favor. Si ahora mismo no somos capaces de acordar nada y nos pasamos días y noches discutiendo hasta lo más simple, ¡el exceso de “asambleísmo” nos liquidaría!

Medité al respecto. Lo que nos detiene no es el modelo sino la vocación sectaria, una deformación del presidencialismo hegemónico, que maniata y cancela no sólo iniciativas sino la capacidad de raciocinio. Por ello tenemos legisladores tan vergonzosamente incultos e inútiles y funcionarios tan soberbios como incapaces.

¿Cuándo seremos capaces de superar los usos facciosos del poder? Abundaremos.

Web: www.rafaelloretdemola.com

Esta anotación fue escrita el Sunday 20 de April, 2008 a las 12:00 am por Rafael Loret de Mola y está clasificada dentro de: Veneno Puro, Nacional, Política.
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