- Nuevas “Brigadas”
- Celibato Costoso
La integración de las mujeres, en igualdad de condiciones, a la vida política es siempre compleja y hasta polémica. ¿La razón? El abanico de posibilidades que marcan, desde los extremos, los complejos misóginos, por una parte, y la manipulación femenina, por la otra. En los puntos medios, los de la normalidad, se quedan las buenas intenciones. Este columnista sostiene que no debiera siquiera discutirse el derecho de ellas a la participación igualitaria porque el mero debate, al proponerse salidas para combatir lo que se considera discriminatorio, exhibe la aceptación implícita de las diferencias. Para bien y para mal.
Los extremos se tocan. Observemos la perspectiva universal para exaltar a dos damas de relevante presencia política en los escenarios actuales. Una, la primera dama de Francia, Carla Bruni, a quien se compara ya con Jacqueline Kennedy por su propensión a la elegancia recatada, crece en los medios informativos a golpes de fotografías en las que aparece desnuda en sus días de modelo cotizada. Otra, Cristina Fernández ¿de Kirchner?, la presidenta de Argentina por efecto del estatus reflejo, exhibe un comportamiento visceral al enfrentar la crisis de los agricultores en su país y asegura que no se dejará chantajear por quienes exigen una salida a la asfixia económica. Una y otra son, sin duda, dos polos opuestos.
La señora Bruni, esposa de Nicolas Sarkozy quien se incorporó a las luminarias internacionales apenas hace unos meses con motivo de su asunción a la Presidencia de Francia –antes era sólo conocido en su propio entorno y por los observadores acuciosos de la política europea-, ha sido más bien un instrumento de su marido para atemperar la humillación que le infringió la mujer que le acompañó en su asunción, Cecilia, quien optó por dejarlo y volverse a casar. La bella estrella, de largo andar detrás de las bambalinas del glamour y una extensa lista de amantes, era más bien partidaria de la socialista Segolene Royal antes de ser “adquirida” por el político que quiere poner su sello a la época.
La señora Kirchner es exactamente lo contrario. Fue ella quien, ambiciosa, se encaramó a poder con la seducción calculada de las ambiciosas aun cuando tuviera aliento propio al conocer a quien sería su marido y es ahora, además, su complaciente antecesor. Desde luego no se despeja aún la duda de cuantos años lleva ella mandando porque es claro que Néstor, su consorte, no lo hace ahora al realizar tareas honorarias lejos de la Casa Rosada. El de Cristina es un ejemplo evidente de la moderna enfermedad que asola a las damas de los mandatarios por todo el mundo y cuyos efectos se dan al calor de las ambiciones sin cuento y de la ilusión por convertir al compañero, contra el machismo que aún subyace en las sociedades, en una especie de promotor sin sueldo, cambiando los papeles y también de lado en el lecho matrimonial. Bien sabemos que en México tal experimento no le salió del todo bien a la señora Marta; sus incondicionales dicen que le faltó tiempo y le sobró López Obrador.
Y fue Andrés Manuel quien recobró, para la enferma interrelación entre la oposición callejera y el poder público que se alivia desdeñando a quienes gritan, la “fórmula de damas”, esto es el mecanismo para utilizar a las mujeres, sólo a ellas, como invulnerables escudos humanos… o carnes de cañón, como quiera interpretarse. Resulta que serán mujeres las llamadas a integrar las nuevas brigadas para la defensa del petróleo. Cuando menos ya están registrados veinte grupos de quinientas señoras dispuestas a realizar bloqueos o servir de parapetos para inhibir la represión habitual de los cuerpos de seguridad contra las manifestaciones en las que se hombres y mujeres participan. Ante las faldas, acaso por naturaleza, los genízaros suelen replegarse, no así si están revueltas con los pantalones. Quizá sea ésta una de las deformaciones del machismo que en la intimidad se desborda en agresiones.
Las convocadas, por supuesto, están de plácemes porque perciben que se les está considerando para un combate de aristas profundas. No caen en cuenta de que, al hacerlo en exclusiva, esto es sin hombres, se les está aplicando un mecanismo discriminatorio, encasillándolas en las brigadas vanguardistas con sus papeles de combatientes que pueden observarse como símiles de las “verduleras” intratables que provocan con su altanería y anulan a quienes las confrontan. No hay nada más complejo que intentar dialogar con una señora fuera de sí o en plan de guerra. Imposible diríamos aunque nos situemos en el mismo apartado que exhibimos en estas líneas.
De allí la eficacia de los escudos, o de las brigadas, que reaparecieron de la mano del izquierdista López Obrador y su Frente Amplio con la bendición de un puñado de intelectuales siempre ávidos de darse importancia y publicitarse gracias al eco de los estribillos que exaltan el fervor de la concentraciones masivas.
Debate
La “fórmula” para usar damas como cinturones de protección no es innovación de la izquierda, ni del “intocable” López Obrador cuya piel sensible se espina con la crítica sin acertar a responderla con buen juicio y sin descalificaciones viscerales. Fíjense, amables lectores, que no hay signo partidista exclusivista en la materia aun cuando se insista en que la derecha suele atemperar más a las mujeres en cuanto a sus pretensiones políticas acaso por el viejo cartabón de las amas de casa cuyos deberes primigenios deben quedarse allí.
Hace un tiempo, en el “día de gracias” de 2003 –una celebración estadounidense que se extiende a la frontera-, una dama excepcional, María Asunción Gutiérrez de Anda, me confió en Ciudad Juárez que ella había sido parte muy activa, diez años atrás, en los bloqueos de los puestos fronterizos para protestar por el “fraude electoral” en contra del panista Francisco Barrio Terrazas, llamado entonces “el ayatola”, quien llegaría al gobierno de Chihuahua un periodo después, arrollando.
–Creíamos en él –subrayó María Asunción-, como un acto de fe que no admite réplica. (“Ciudad Juárez”, Océano, 2005).
–¿Y ahora?
–Nadie le seguiría. Por lo menos ninguno de quienes conozco y estuvieron con él. No se puede engañar al pueblo dos veces.
Ella me contó, también, que las mujeres formaban las cadenas y encaraban a los policías que no podían siquiera sostenerles las miradas. Éstos quedaban desarmados con la fuerza verbal y corporal de las bravas féminas que reclamaban sus derechos en un escenario minado por el desaseo comicial y las componendas soterradas del poder público con un puñado de empresarios que desconfiaban, debajo de la mesa, de las intenciones del personaje central.
–Era muy vergonzosa la manera como los panistas, los varones, nos veían a lo lejos sin meterse en la línea de fuego –abundó la señora Gutiérrez de Anda-. Nosotras éramos el escudo y ellos, claro, intentaban negociar. Es obvio que eso no lo supimos sino hasta mucho después.
El hecho es que la estratagema funcionó porque se elevó la figura de Barrio a los planos nacionales. Al mismo tiempo, no lo olvidemos, los Obispos de Chihuahua, monseñor Alberto Almeida Merino, de Ciudad Juárez, el excepcional patriarca Manuel Talamás Camandari, y de la Tarahumara, monseñor José Sánchez Llaguno, optaron por decretar la suspensión de cultos, en la misma línea de la rebelión contra el fraude, contraviniendo las instrucciones del Delegado Apostólico de la Santa Sede en México. Sólo volvieron al redil cuando El Vaticano, obviamente por orden directa del Papa Juan Pablo II, intervino con energía, esto es mediando sutiles advertencias.
Del relato de María Asunción, por supuesto, se desprenden varias lecturas. Una de ellas la que deviene de la sesgada participación de las mujeres, usadas como carnadas en una fórmula con indiscutible misoginia, y otra la actitud de los varones que, contra las reglas no escritas de la virilidad, optaron por exponer a las señoras a los mayores riesgos acaso a sabiendas de que la gendarmería no cargaría sobre ellas. Pero tal era una hipótesis que no distendía los peligros latentes. Y aún así procedieron para clamar por justicia avalando el “protagonismo” de las damas valerosas. Los papeles cambiados como en el celebrado matriarcado de Argentina.
Por cierto, sobre el particular, Barrio Terrazas me explicó que María Asunción se pronunció así porque “estaba dolida” contra él por no haber avalado su designación como secretaria general del Ayuntamiento juarense.
–¿Cuál fue la razón? –inquirí a Barrio-.
–Mire: es una mujer inteligente pero no tenía experiencia. El cargo iba a rebasarla.
Pero, en cambio, ella sí tuvo arrestos para enfrentar a los grupos oficiales represivos. Cuestión de pareces confrontados.
El Reto
Y a todas éstas, ¿cuál es la razón para que sólo sean mujeres las brigadistas contra la pretensión de privatizar el petróleo?¿Acaso los varones, como en las antiguas celebraciones del Medio Oriente, deben sentarse en otra mesa para establecer distancias y diferencias con evidentes sesgos discriminatorios? Porque, si se trata de honrar la igualdad, la tal segregación anula cualquier buen propósito.
Lo he dicho varias veces ya: la manera de honrar a la mujer es no utilizarla políticamente, por ejemplo estableciendo cuotas de género por las que pueden acceder a cargos superiores sin honrar capacidades y merecimientos. Lo digno, en todo caso, es el reconocimiento a sus cualidades sin el menor prejuicio. Sólo entonces podremos considerarnos demócratas… y civilizados.
La Anécdota
Las mujeres ganan espacios, pero no todavía entre las jerarquías eclesiásticas. Un baldón, sin duda, para los ministros de culto.
No hace mucho, un sacerdote amigo, allá por el corazón mismo de la patria mexicana, me expresó su profundo escozor:
–Me dicen que ya se está estudiando la posibilidad de abatir el celibato sacerdotal. ¡Qué barbaridad!
–Al fin –ironicé- la modernidad les está llegando…
–Pero no se vale –exclamó el religioso, setentón-. Si se autoriza el matrimonio de los curas cuando yo ya estoy a estas alturas de mi vida, viejo y cansado, ¡cuando menos exijo una indemnización!















