
- Petróleo en Juego
- Niños Perniciosos
Siempre he sostenido que la crítica es contrapeso para frenar los excesos del poder. Bajo la autocracia es además un necesario desfogue que, en buena medida, alivia ciertas tensiones. Digamos que hace los efectos de un analgésico, los que atemperan molestias y dolor aun cuando el mal persista, en espera de los antibióticos administrados con el propósito de combatir la enfermedad y, en su caso, superarla.
En la democracia no puede persistir el modelo sin el debate que obliga a la reflexión y convoca y alienta la participación cívica en las tareas del gobierno. Como los funcionarios públicos son servidores de la soberanía popular, se entiende que ésta sólo puede expresarse a través de los consensos obtenidos tras la necesaria discusión de las cuestiones torales, sobre todo cuantas estriban los proyectos de futuro y el imperativo de asegurar coincidencias rechazando egoísmos y criterios facciosos, es decir aquellos que concentran en el grupo afín todas las bondades imaginables a cambio de descalificar las expresiones y juicios de los demás.
En 2006 la polarización política partió por mitad al país. Recuérdese: ninguno de los postulantes, aun cuando se insista en las irregularidades del proceso –si las hubo se debió a que las distancias entre los contendientes fueron tan estrechas que posibilitaron la confusión y el manipuleo de los escrutinios-, obtuvo una mayoría amplia como para considerarse avalado por “los mexicanos”, esto es como si los del bando contrario sencillamente no existieran. Y en este punto están buena parte de los mismos, querámoslo o no, atrapados por un sectarismo galopante que no permite siquiera ponderar correctamente cuanto deviene de los adversarios.
No se trata de si López Obrador reconoce o no a Calderón como mandatario, un hecho consumado por lo demás aun cuando su legitimidad esté bajo sospecha, ni si éste no tolera aquel ni quiere saber nada sobre sus disonantes discursos. Lo medular de la cuestión es que el buen gobierno, desde el punto de vista democrático naturalmente, requiere exaltar el diálogo para alcanzar la conciliación aun cuando se mantengan posturas ideológicas equidistantes. Otra cosa es caer en los extremos de la beligerancia sin sentido que, de manera irremisible, nos lleva a la anarquía y después a la violencia y al caos, los escenarios indeseables en todo tiempo y lugar.
No son pocos quienes, refugiados en una pírrica victoria electoral, esto es con más aristas que definiciones, adelantaron el final de las controversias tras la asunción presidencial a trompicones de Felipe Calderón. El mero transcurrir del tiempo ha demostrado lo contrario. La crispación está latente aun cuando se estime el desgaste de los bandos en pugna y se señale, sin mediciones confiables, que muchos han abandonado el barco atrapado por las turbulencias poselectorales sin final previsible. Y ello puede demostrarse con un hecho incontrovertible: la capacidad de la disidencia para concentrarse, expresarse y decirse dispuesta a boicotear las posiciones gubernamentales desde la resistencia civil organizada. Puede ampliarse el abanico de las interpretaciones sobre esta circunstancia pero no puede negarse que el país sigue partido por mitad.
De allí que, con cualquier motivo, reaparezcan los juicios sumarios, las ofuscaciones y las intolerancias como justificantes de conductas y posiciones extremas. De entrada, para unos las nuevas convocatorias masivas del llamado Frente Amplio no son sino expresiones terminales de un movimiento frustrado; para otros, en cambio, demuestran la vitalidad del mismo a pesar de los innumerables intentos para apagar el fuego sin la menor posibilidad de aprovechar la fuerza y el vigor de la disidencia asimilando criterios y ampliándolos con auténtica vocación democrática. Al contrario: se opta por intentar aislar los pronunciamientos, así sean masivos, con la torpe intención de verlos morir sin siquiera aplicar la eutanasia.
No avizoro en ninguna de las tendencias políticas vigentes la menor intención democrática. No hay capacidad para aceptar nada que provenga del bando contrario ni ara instrumentar proyecto alguno con los debidos consensos. Todo se cierne a la dicotomía fatal entre el bien y el mal, sin puntos intermedios. Y de esta manera seguimos atrapados, todos, en los extremismos radicales, de derechas o izquierdas, como si de dos México se tratara sin posibilidad alguna de una convivencia civilizada y productiva.
El peor de los muros infamantes no es el que pretende construir la mayor potencia de todos los tiempos en el norte de nuestro país como infamante sello de suficiencia; más bien, lo creo de firme, es el de las intolerancias mutuas que se elevan hasta los fanatismos cuyos saldos negativos –y sangrientos- es sencillo encontrar en las páginas de una historia turbulenta que sólo se resuelve con las luchas fratricidas.
Debate
Llegan a mi correo electrónico tres mensajes cortados con la misma tijera: me acusan de ser oficialista, nada menos, por cuestionar la intervención de López Obrador en la elección interna de su partido, ahora también dividido por mitad. Desde hace tiempo se hizo evidente que el personaje y sus amigos de ahora –muchos no lo eran antes por estar acomodados a la estructura gubernamental, éstos sí- no toleran crítica alguna salvo las que ellas hacen hacia sus adversarios. No se conceden el menor acto de contrición ni estiman sano que se les encuentre en flagrancia mintiendo o manipulando aviesamente al colectivo. Sólo valen los elogios. No faltan también quienes alegan si los periodistas, los insolentes se entiende, nunca yerran. Y yo les respondo que, cuando quieran, como lo he hecho en otras ocasiones, les extiendo mi propia lista de pecados. ¡Son tantos! Creo, de firme, que no perderemos el pulso de la realidad mientras tengamos la capacidad de sopesar nuestras equivocaciones sin temor.
El alegato ahora versa sobre la defensa del patrimonio energético de los mexicanos. Quienes me escribieron, desde los escenarios lópezobradoristas, insisten en que debemos centrar nuestros juicios sólo en el propósito de integrar, bajo la égida del tabasqueño por supuesto, un tremendo bloque para detener la aviesa intención de ofertar la paraestatal del petróleo a favor de los consabidos consorcios internacionales y de los habituales cómplices de la casta gobernante… desde los Hank hasta los Mouriño. Y temerariamente se subraya que este columnista pierde de vista lo fundamental por ocuparse de criticar al intocable. Bien saben los lectores asiduos que tal no es sino una falacia por cuanto hemos dicho sobre el tema y su fondo.
Felipe Calderón expresó que no es su intención privatizar PEMEX si bien se guarda de señalar los desprendimientos de empresas de la petroquímica laterales, mismos que comenzaron al final del salinato y prosiguieron con el doctor Zedillo quien fue el primero en hablar de una reforma en el sector con el propósito de posibilitar la inversión privada y evitar los quebrantos oficiales sobre todo en el rubro del mantenimiento de las instalaciones. En realidad desde la confrontación entre el sindicato petrolero y el régimen de Salinas, en 1989 para ser precisos, el renglón se descuidó porque dependía, en buena medida, de los jugosos remanentes, esto es de desperdicios comerciables, que se distribuían entre los dirigentes sindicales. Al cesar el acuerdo no escrito, una concesión en toda forma al cacicazgo, se interrumpieron también las labores de conservación. Así de simple.
Tal ha sido, desde entonces, el pretexto para alimentar la idea de que es necesaria la presencia de inversionistas privados porque, se entiende, de otra manera la empresa colapsaría. Al hacerla menos eficiente, como ocurre igualmente con la energía eléctrica, se posibilita e incluso se estimula el consiguiente “rescate” por parte de los grandes especuladores, muy sabios a la hora de comprar barato. La misma estrategia se ha seguido con otras paraestatales productivas; recuérdese, entre otros, el caso de Telmex.
Lo anterior explica el escepticismo sobre los postulados gubernamentales en la materia a pesar de la negativa expresa a la privatización que cubrió los escenarios de la efeméride anual sobre la expropiación cardenista en 1938. Es explicable que se dude de las buenas intenciones cuando se mantienen las complicidades más aviesas para la concesión de contratos viciados por las componendas del poder. Sobre todo cuando el escándalo exhibe los vínculos políticamente incorrectos, como en el caso de los Mouriño bendecidos por Calderón, pero no determina la aplicación de los necesarios correctivos.
El Reto
Vamos al meollo del asunto: si el Ejecutivo federal en funciones hubiera procedido con energía ante la exhibición de las concesiones otorgadas a la familia de su hombre de confianza, procediendo a separar de su actual cargo oficial al beneficiario directo de las mismas, podría creerse en la intencionalidad generosa de Felipe Calderón cuando asegura que el patrimonio energético de los mexicanos no sufrirá mella alguna porque PEMEX seguirá siendo una paraestatal productiva. En sentido contrario, el ruido de las falacias sólo genera nuevos escándalos.
Por otra parte, la utilización de brigadas femeninas destinadas al “bloqueo” en defensa de los bienes petroleros de la nación, con el aval de intelectuales enfermos igualmente de sectarismo agudo, parece reducir la conflictiva a la rispidez previsible, por ello el refugio de las faldas, y no alienta la puesta de acuerdo entre bandos encontrados. Mañana mismo hablaremos de la “fórmula de damas”, extendiéndonos sobre el particular.
En fin, estoy convencido de que, sin crispación de por medio, podrían encontrarse salidas. Bastaría con que cada quien, incluyendo al columnista, se decidiera hacer una reflexión profunda, esto es una compilación de buenas y malas intenciones, antes de caer en el garlito de los exaltados o en la comodidad de la inercia oficial. Abundaremos también.
La Anécdota
Hace poco más de dos décadas, en 1986, pregunté al entonces poderoso “guía moral” de los petroleros, Joaquín Hernández Galicia, “La Quina”, en donde estaba el candado mayor que impedía el aprovechamiento adecuado de los recursos provenientes del petróleo en un mercado al alza. Y me respondió:
–¡Los niños de Harvard! Ellos son el gran candado porque no quieren ni entienden a México, sólo quieren administrarlo.
Aquellos infantes, junto a los de Yale que llegaron después, son ahora hombres prósperos e intocables dentro del gabinete presidencial: Luis Téllez Kuenzler, Jesús Reyes Heroles González-Garza, entre otros. Y a ellos se han unido nuevos imberbes que gozan de la protección presidencial. Los vicios se repiten y, claro, seguimos tropezando con la misma piedra.














