
- Las Deformaciones
- De Lugares Comunes
Quien no depende de las estructuras partidistas para sobrevivir en la vorágine de la política, ni pretende postularse a cargo público alguno, ni observa al poder gubernamental como tabla salvadora para paliar angustias financieras y traumas de estatus, difícilmente puede sentirse representado por alguna de las opciones partidistas del crispado escenario mexicano. Salvo si ha caído en las redes de la redituable manipulación y forma parte de los incondicionales que nutren el paisaje de los mítines para luego reclamar privilegios si se encaraman al sector público.
Para colmo los partidos están en crisis aun cuando no sean pocos los beneficios y prerrogativas a los que tienen derecho por gracia generosa del sistema. Lo mismo podría haberse suscrito durante las antiguas autocracias que estimulaban a sus seguidores con bondadosas canonjías que debían agradecerse, profusamente y de por vida, a la suprema voluntad. Cada instituto político recibe millones suficientes para promoverse y extenderse… siempre y cuando hayan crecido en la medida de sus propias ambiciones. En cambio, los partidos pequeños, limitados en coberturas y presupuestos, anclan como empresas familiares que equivalen a la percepción de los “changarros” felices ante los consorcios dominantes.
De esta manera apreciamos un panorama poco estimulante para las mayorías: tres organismos fuertes se reparten el oro y dejan sólo migajas a quienes se animan a estructurar su propia organización para resolver los afanes y ambiciones gregarias. Por ello, claro, surgió en el palenque político la deplorable figura del “verde” Jorge Emilio González Martínez, nieto del célebre diazordacista Emilio Martínez Manatou –quien fue señalado, en su momento, como presunto precandidato presidencial en una contienda que se dio y resolvió sólo en la mente de Don Gustavo-, un junior imberbe que escaló posiciones en el Legislativo al calor de las concesiones y las alianzas oportunistas y sin mediar carrera alguna, salvo la personal.
Para infortunio general los vagos intentos por ampliar la oferta partidista, reduciendo los espacios para la especulación barata al mismo tiempo, se han estrellado en la estructura de las simulaciones. Además, la postulación de “independientes” con larga “cola” hacia dentro de los apartados oficiales eleva sospechas y exhibe los férreos candados que cierran cualquier posibilidad de desfogue colectivo a través de las pretendidas nuevas opciones. ¡Y luego se alega que el abstencionismo es una demostración de irresponsabilidad y hasta cobardía! No se intenta analizar siquiera un contexto dominado por las viejas mafias y los nuevos simuladores.
Pongamos como muestra la mentalidad dominante en cuestiones electorales. ¡Tanto se habla de limpieza y tan poco de la eficiencia para obtener resultados honestos! El PRD, por ejemplo, se ha postulado como un defensor de los comicios abiertos para elegir hasta a los porteros de sus sedes. Pese a ello, su andamiaje y sus tantos recursos financieros no han sido suficientes para honrar sus principios con buenas maneras a la hora de colectar los votos. Y todo a la vera del dirigente, Andrés Manuel López Obrador, que exalta a la democracia al tiempo que concentra, a su alrededor, todas las candilejas y sentencia, de manera lapidaria, a cualquiera que no se pronuncie a su favor. Y no se diga a quienes, irreverentes, osen criticarlo porque entonces la mofa llega al deplorable terreno de los pleitos de verduleras tratando de provocar reacciones similares. Tal vicio se da hacia fuera –con quienes ejercen el periodismo pero cuestionan al PRD, si bien algunos son sólo mercenarios a quienes la opinión pública bien conoce- y hacia dentro –como ocurrió recientemente con la diputada Ruth Zavaleta a quien se injurió de manera grotesca desde las alturas del Frente Amplio y en la voz del propio Andrés Manuel-. El reparto de descalificaciones es tan amplio como los rencores acumulados a través de los largos años de campaña.
Dijéramos que en, cada caso, las herencias malignas del priísmo hegemónico, específicamente en el campo electoral, exhiben la evolución de las grandes deformaciones políticas y, sobre todo, las penosas desviaciones morales y conceptuales de quienes van de partido en partido, sacando y metiendo la cabeza, siempre justificándose de manera sumaria. No se trata de ponderar a las izquierdas o las derechas sino a la clase política mexicana tan veleidosa y acomodaticia. Por eso, claro, cuesta a los mexicanos aceptar ser representados por ella.
Debate
La realidad de los partidos políticos exhibe la crisis estructural de la democracia en México. Basta con hacer una revisión de los cuadros, ya ni siquiera de los conceptos, para establecer que los únicos hilos conductores prevalecientes son los de la complicidad. Tal condición inhibe cualquier fidelidad a los principios y causas para exaltar las ambiciones personales de quienes forman las dirigencias y se consideran, siempre, infalibles hasta que se asfixian.
Las sacudidas son menores, en apariencia, en el PRI aun cuando, en los sótanos de este instituto, el combate entre los ex presidentes y sus testaferros copan a la militancia y la obligan a replegarse en la línea de la vieja disciplina incontestable a la vera del presidencialismo. La competencia malsana es abierta y se proyecta a las coordinaciones camarales en las que los hilos conductores son, claro, las facturas pendientes de pago. Esta ha sido una tradición entre los priístas cuyas fidelidades están en permanente cotización. Y se ha extendido al PAN, visto como sucedáneo del PRI en el ejercicio del poder, en donde la incorporación de personajes, subordinados a sus apetencias por encima de sus ideologías, tiene el mismo sello. Como en el caso de la poderosa Elba Esther, la “novia de Chucky”, quien insiste en no perdonar siquiera los intereses por sus aportaciones amorales en cuanto a procesos electorales se refiere.
En el PAN, claro, se mantiene el pulso entre los calderonistas, que arrebataron la presidencia con uso de la parafernalia presidencial, y los foxistas, apiñados en la “fundación” con ribetes faraónicos que devienen de cuanto se desprende del “trabajo de toda la vida” de Vicente. ¡Y eso que ha debido mantener los gustos “muy caros” de la señora Marta!
Lo anterior perfila, igualmente, la limitada capacidad de liderazgo de Felipe Calderón quien tardó un año en tomar las riendas del partido que le postuló y del que fue presidente nacional entre 1996 y 1999. Aún así persisten las resistencias de quienes, inducidos desde el rancho San Cristóbal, asumen que es necesario asegurar la autonomía del organismo frente a cuantos ejercen el poder central. Exactamente la posición contraria a la que sostenían durante e sexenio anterior con ellos a la cabeza del gobierno.
De una manera u otra se destaca que la influencia de los ex presidentes –incluso de aquel que funciona sólo en pareja-, es determinante todavía en la vida interior de dos partidos con evidentes vasos comunicantes entre ellos. Y tal no es una crítica sino un diagnóstico basado en la observación directa, sin prejuicios, de la realidad. Si el pasado mando, el presente se convulsiona. Así de sencillo.
No puede crecer la democracia si los partidos que la sostienen, en cuanto a la generación de alternativas para conquistar el poder, están en crisis permanentes. El PRI no sabe andar sin la guía de una voluntad superior; y el PAN no se adapta a su condición de partido en el gobierno… ¡a siete años de distancia de la asunción presidencial de Vicente! Son bastante tardaditos… lo mismo que Fox para entender cuáles eran sus funciones cuando deambuló por Los Pinos. Con ello se explica la conflictiva actual.
El Reto
En 1999, no lo olvidemos, el PRD fue incapaz de hacer llegar a buen término sus elecciones internas destinadas a encontrar al relevo de López Obrador en el liderazgo nacional del partido. Los contendientes, Amalia García y Jesús Ortega, acabaron desbordándose por los cauces de los viejos vicios defraudadores. La única salida fue anular el proceso, dar pie al interinato de Pablo Gómez Álvarez y llamar a nuevos comicios que, al fin, ganó la actual gobernadora de Zacatecas. Por cierto, Amalia cedió un periodo atrás esta posición, la candidatura al gobierno de su entidad, para asegurar la cooptación del fogoso priísta Ricardo Monreal Ávila, de nuevo disidente ya en su condición de perredista.
No extraña, en tal contexto, la repetición de los escenarios turbulentos. Al contrario: los hechos explican, por sí, la resistencia de los vicios y la propensión de la militancia a seguir inmersos en sus atávicas deformaciones. Por algo, claro, el priísta lagunero, Humberto Roque Villanueva, consideró al PRD “el primo hermano” del PRI. Y con ello se completó la ruta de identidades soterradas entre los partidos que hoy negocian las posiciones claves con base a los intereses gremiales y no a los colectivos. ¿Acaso ello no resuelve la controversia sobre las sostenidas afectaciones ilegales de los procesos falsamente “democráticos” del PRD?
Una y otra vez se tropieza con la misma piedra. ¿Y que dice el refranero popular acerca de quienes no son capaces de corregir su andar encontrándose ante el mismo obstáculo que los remite, de manera irremisible, al suelo?
La Anécdota
Las tres sentencias más socorridas sobre la integridad de los partidos políticos son, sin duda:
- “El PRI es un traje cortado a la medida de los mexicanos” –dijo un día Alfonso Martínez Domínguez, ex presidente nacional de este instituto-.
- “El PAN debe aprender a ser gobierno en parte”, se pronunció Luis Héctor Álvarez, en 1989, con motivo de la victoria panista en Baja California, la primera gubernatura por ellos conquistada.
- “En el PRD caben todos”, aseveró López Obrador en 1999 para saludar el advenimiento de algunos de los tránsfugas que hoy se han apoderado de este partido.
Frente a tales pronunciamientos, los mexicanos clamamos en el desierto. Abundaremos.















