El próximo 24 de Septiembre sale a la luz en Colombia EL HIJO DEL AJEDRECISTA, libro autobiográfico de Fernando Rodríguez Mondragón, vástago del capo de la droga Gilberto Rodríguez Orejuela “El Ajedrecista” llamado así porque siempre se mantenía una jugada delante de la policía de su país y de la DEA.
Publicado por Oveja Negra y Quintero Editores promete dar en sus 205 páginas pelos y señales de las entrañas del Cártel de Cali y el narcotráfico en Colombia, sus conexiones con el futbol, el mundo artístico y de los negocios en su país y en México.
Gilberto al lado de su hermano Miguel alias “El Maestro” y José “Chepe” Santacruz-Londono funda el cártel de Cali en los años 70 y opone su poder al de Pablo Escobar Gaviria, jefe del cártel de Medellín.
Sobreviviente nato, es finalmente atrapado en 1995 acurrucado en el closet de su lujoso apartamento y dado que en esos momentos Colombia no contaba con acuerdo de extradición con los Estados Unidos, cumple la sentencia en su país y es liberado en el 2002 sólo para ser recapturado cuatro meses después por los mismos cargos de tráfico de drogas y lavado de dinero sólo que esta vez la extradición aplica y es enviado a la Unión Américana, convirtiéndose así en el narcotraficante de más alto perfil jamás sometido a este proceso, toda vez que Pablo Escobar Gaviria, José Gonzalo Rodríguez Gacha “El Mexicano” y el propio Santacruz-Londono ya habían muerto.
Inteligente, zagaz y astuto llega a manejar en sus buenos tiempos el 80% de toda la cocaína que ingresa a los Estados Unidos y a mover fondos por más de ocho mil millones de dólares pero a diferencia de Escobar Gaviria tiene la visión empresarial de disfrazar estos monumentales ingresos mediante cadenas de farmacias llamadas La Rebaja, fábricas de medicamentos para surtirlas , cadenas de taxis y otras empresas de fachada lìcita que le permitieron ingresar al mundo del deporte al manejar a través de su hermano y socio Miguel, el equipo América de Colombia, lo que le dio un inmenso poder en el fútbol colombiano.
Dice Fernando Rodríguez Mondragón que su tío llegó a imponer directivos y orientar las políticas a seguir en cada torneo.
“Ese poder también se extendía a la Federación Colombiana de Fútbol cuando fue manejada por León Londoño Tamayo, amigo personal de los hermanos Rodríguez; Juan José Bellini, quien fue la mano derecha de Miguel Rodríguez; y Álvaro Fina, quien fue incondicional con los capos. Miguel llegó a tener cupos fijos en las selecciones Colombia, esto es que tenía derecho a sugerir jugadores, técnicos y médico”.
“Pero el verdadero poder de los capos se podía apreciar cuando para fin de año se sorteaban las fechas del octogonal final. Un día antes cogían una de las ocho balotas del sorteo y la metían en un congelador. La persona encargada de escoger ‘al azar’ las balotas sabía que la ‘fría’ era la del América. Por ello se vio el equipo de Cali muchas veces beneficiado con los rivales”.
Gilberto Rodríguez Orijuela , no era un capo común. Hombre sofisticado, afecto a la poesía , amante de las modelos bellas, los coches elegantes y las residencias espectaculares, pudo darse el lujo de codearse con la crema y nata de la sociedad latinoamericana y amenizar sus fiestas con figuras como Juan Gabriel y Chespirito, contratados a precio de oro.
Pocos ámbitos del quehacer de Colombia estuvieron a salvo de su influencia y financio a más de un político para asegurar su permanencia e incluso el ex presidente Ernesto Samper fue en su momento investigado ante la posibilidad de que el dinero de Rodríguez Orejuela hubiese financiado su campaña rumbo al poder, investigación que cobró como víctimas a su jefe de campaña y al Ministro de Defensa, acusados formalmente de lavado de dinero.
A Gilberto y Miguel se les acusa también de haber formado el grupo paramilitar de los PEPES (Pueblo en contra de Pablo Escobar) que mató al menos 60 miembros del Cártel de Medellín en su guerra por el control de la droga.
Miguel sería capturado en 1996 y su hijo William Rodríguez Abadía en el 2002. Ambos cumplen sentencias de cientos de años en los Estados Unidos.
Apresado por narcotráfico también a diferencia de su padre, tío y primo, Fernando Rodríguez Mondragón está ya libre y hoy levanta la tapa de la Caja de Pandora al soltar la sopa sobre asuntos que Colombia y México creían olvidados.
Su libro El Hijo del Ajedrecista expone la vida de un junior de la droga, educado en colegios y universidades de prestigio, derrochando dinero al lado de lo más granado de la sociedad que ansiaba codearse con él y ¿porqué no? endilgarle a alguna hija para novia, esposa o de perdida, amiguita , de esas que tan ampliamente describe Gustavo Bolívar en su controvertida novela “Sin tetas no hay paraíso”.
En este libro, Fernando describe así a su padre Gilberto:
“Yo nunca tuve un papá de planta, porque siempre estaba viajando. Cuando llegaba, lo hacía siempre de mal genio y cansado, uno esperaba que lo abrazara y le entregara regalos por el viaje, pero lo que nos daba era encierro en el cuarto, viendo televisión, y con la prohibición de hacer ruido. Mi padre, en su omnipotencia, nunca creyó que un hijo le fuese a salir igual o mejor bandido que él.
Por eso cada vez que me hacía sentir menos que los demás, me esforzaba para demostrarle que era más malo que él. Pero nunca hice lo que él le hizo a su padre, a mi abuelo Carlos Rodríguez Rendón. yo recuerdo que había llegado a sacar a mi abuelo de su casa porque no le servía, porque no le llevaba dinero y cuando enfermó ni siquiera fue a verlo”.
Fernando tiene un medio hermano, José Alejandro, adoptado legalmente por Miriam Ramírez y Gilberto Rodríguez a las dos horas de nacido através del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar Ramírez y que pasó su niñez haciéndole compañía a su padre adoptivo en la cárcel.
De su tío Miguel, quien le permitíó en una época dorada convivir con las estrellas del equipo de futbol América de Colombia dice:
“Con la llegada de los extranjeros al América llegaron las mañas para estar a tono en los partidos.
Era normal que se prepararan unas bebidas que los jugadores consumían. Brebajes que los ponía eléctricos durante todo el juego y lo tomaban con toda libertad porque no existían los controles antidopaje o eran manipulados. En el camerino ponían dos termos, uno era azul, que sólo los jugadores titulares sabían que contenía; estaba otro de color rojo, que era para el técnico y demás integrantes del plantel. En una ocasión el técnico Ochoa Uribe se sirvió una taza del termo equivocado y demoró tres días sin dormir. Los jugadores encargados de traer, desde Argentina, las pastillas, que maceraban para hacer el brebaje eran las estrellas Falcioni y Gareca.”
Sin embargo ni el poder o dinero de su tío Miguel sirvieron para llevar al América a coronarse campeón de la Copa Libertadores porque a decir de Fernando la Confederación Sudamericana jamás habría permitido que un equipo del narcotráfico fuera campeón y en las tres veces que se quedó en la final, el capo, duro como el acero, lloró públicamente su derrota.
Pero el tío Miguel nunca pierde el estilo ni aún en prisión. Comenta Fernando su experiencia en la cárcel de Cómbita, en la que irónicamente pudo compartir con su padre y su tío, Miguel Rodríguez, de quien dice era “el amo y señor” de todos los pabellones.
“Miguel tenía una nómina que costaba 15 millones al mes: de ella hacían parte cabos, sargentos y el jefe de seguridad del penal, el capitán Toledo. La mayor mesada era para el ‘Capi’, quien recibía 5 grandes. Al director de la cárcel, mayor retirado Orlando Buenaventura, se le ofrecieron 20 millones para que ‘aflojara’ un poco el régimen, pero el ex oficial no aceptó”.
Dentro de estas revelaciones hay un capítulo dedicado a los artistas en una época contratados habitualmente desde México entre los que figuran Chespirio y Juan Gabriel.
De éste último relata una anécdota cuando el cantautor le hizo una broma a su padre por insinuación de José ‘Chepe’ Santacruz, otro de los capos del cartel:
“Juan Gabriel al finalizar la canción se acercó de a poco a donde estaba mi padre, quien lo observaba atentamente, igualmente extasiado por su talento.
De pronto Juan Gabriel queda junto a mi padre le coloca una mano en su hombro, toma aire y remata con todos sus pulmones la emotiva canción, y cuando la sala se cubría de sonoros aplausos y vivas, incluidos los de mi padre, Juan Gabriel se agacha y le clava un sentido beso, quien sumamente sorprendido y confundido la emprende contra el mexicano, ante la risa de ‘Chepe’ Santacruz”.
Cuenta, luego, que Juan Gabriel tuvo que ser sacado directo al aeropuerto porque su padre lo quería matar.
Y si estas declaraciones han empezado a levantar ámpula, las afirmaciones de que hasta hace muy poco Gilberto y Miguel Rodríguez Orejuela controlaban las telecomunicaciones, incluyendo la telefónica han echado a temblar a más de un empresario cuando afirma que “A mi papá le enviaban todos los días los listados completos de las llamadas que se habían hecho el día anterior de Cali a Medellín y viceversa. También el cartel controlaba todos los vuelos que venían a diario de Medellín a Cali, pues mi papá tenía más de 300 taxis que estaban al servicio de ellos; y cuando aterrizaba un vuelo de Medellín, sólo los taxis de mi papá podían hacer fila para transportar a los pasajeros que provenían de Medellín.
“En el camino escuchaban las conversaciones de los pasajeros y verificaban si iban a hoteles y pasaban los datos a mi papá. Cuando eran algunos gomelitos sin oficio definido, les caían al hotel, se los llevaban y no volvían a aparecer”.
Fernando Rodríguez Mondragón omite algunos nombres y pruebas para evitar demandas y quizá hasta perder la vida y sin embargo este libro ya comienza a dar que hablar porque acerca verdades a otras latitudes donde las historias se vuelven muy conocidas y obra como imagen de espejo para quien tenga cargos en la conciencia, llámese empresarios, deportistas o artistas que casual o intencionalmente han sido en forma recurrente ligados al narcotráfico.
En México las historias de narcotráficantes han recibido a últimas fechas material fresco: la bizarra historia del chino-mexicano, rey de la pseudoefedrina Zhenli Ye Gon del cual conocemos la punta del iceberg y si alguna vez descubrimos la verdad completa, muy seguramente estos “cuentos chinos” sobrepasarán con creces las memorias del Ajedrecista.
Foto: El Tiempo














