Quizá no es hora de ponernos a discutir acerca de uno más de los errores de Guillermo Ortiz, el actual Gobernador reelecto del Banco de México, ni del sopapo técnico que le propinó Carlos Slim Helu, el mexicano más rico del mundo, o según Forbes, el tercer hombre más rico del mundo.
Mal andamos cuando el Director del Banco Central cuyas chambas consiguió por su amistad con Ernesto Zedillo, se pone a pelear con uno de los poquísimos banqueros mexicanos que todavía nos quedan. Pero ese asunto, que es muy importante de suyo, palidece ante uno de los grandes errores que hemos venido cometiendo en los años recientes y particularmente en este sexenio. Antes, en tiempo de los Aztecas, de los Toltecas, de los Mayas o incluso antes, cuando los Olmecas, se acostumbraba quemar la basura. Esto no era tan malo en esas épocas porque había poca gente y los desperdicios también eran escasos y predominantemente orgánicos. Esto es, pedazos de tortilla, cáscaras frutales, trozos de carne o piel de los animales e incluso huesos, pero de hace mucho tiempo acá las cosas han cambiado. Ahora somos más de cien millones de habitantes en solamente dos millones de kilómetros cuadrados y la mayoría de estos pobladores, casi setenta millones, nos hacinamos o, para que nos entendamos bien, usted y yo que somos paisanos, nos amontonamos en unas cuantas ciudades a lo largo y ancho del territorio como reza la trillada frase.
Esto quiere decir que es precisamente en las ciudades donde generamos más basura y donde mas daño hacemos con esa basura, tanto al medio ambiente en general como a cada uno de nosotros y a nuestros hijos. No somos tontitos para no darnos cuenta de que hoy generamos más desechos que nuestros antepasados y que esos desperdicios son más agresivos o dañinos que los de nuestros prehispánicos.
Es obvio que le hace más daño a la naturaleza el polietileno o el plástico con el que hoy envolvemos las cosas que la piel del maguey o la hoja de plátano o cualquier material parecido que se utilizara hace siglos, pero antes, además, no producíamos esos aceites vehiculares o industriales con el que hoy torturamos al suelo, ni tampoco las pilas o baterías ni las jeringas o los pañales desechables o los fertilizantes, plaguicidas y todo tipo de agroquímicos, mucho menos producíamos la ropa de poliéster o las famosas medias nylon o los millones y millones de llantas que lo mismo tienen hule que acero o asbestos cancerígenos.
Es por ello que el seguir tirando la basura al descampado, a cielo abierto, al aire libre o en cualquier hoyo, barranca, socavón, o espacio donde más temprano que tarde se dañan los mantos freáticos o aguas subterráneas, el suelo y su cubierta vegetal, la flora o el aire, y que generan además lo mismo moscas que ratas, cucarachas, arañas o alacranes, al igual que todo tipo de insectos y fauna nociva, por todo eso, insisto, hemos cometido el grave error de hacer lo que llamamos basureros, tiraderos, vertederos, e incluso lo que pomposamente hemos denominado rellenos sanitarios, eso, a estas alturas es inadecuado. Es una barbaridad.
Hay ya otras tecnologías mucho más ambientalmente amigables que incinerar la basura o enterrarla, incluso después de la pepena o de la selección tecnificada. Hay tecnologías o procesos científicos modernos para reducir eso que llamamos basura y para que los desechos últimos después de extraer todo lo que podamos reciclar, lo convirtamos o transformemos en materia prima para la construcción, para la pavimentación, para hacer bloques o tejas, ladrillos o aglomerados y, por supuesto, modificando lo orgánico para que sirva de abono o de composta de enriquecimiento edafológico.
Hemos visto en todo el país que los errores en materia de basura no sólo se cometen una vez, sino que se repiten de manera descarada. Basta sobrevolar el estado de Veracruz, el de Guanajuato, las ciudades de Nuevo León o de Yucatán, los puertos de Guerrero o de Sinaloa, por donde usted quiera, para encontrar esas tropelías ambientales llamadas basureros. Hay una Norma llamada la 083 que nos dice cómo sanear esos sitios. Está desbordada. Los basureros, a la basura, tengamos la humildad de reconocer que ya hay nuevas formas, nuevos procesos para atender el flagelo ambiental de los residuos sólidos urbanos.
El que no entienda que la sociedad ya cambió y que tenemos más información lo mismo en Internet que en las universidades, se va a llevar un susto en sus cargos políticos o en sus empresas privadas o en su explotación inicua de los espacios naturales. En aire, en agua y en suelo, la naturaleza ya no da más.
Foto: ITESM















